Canberra es ese tipo
de ciudad al que se llega con expectativas. Y en el caso de esta
ciudad las expectativas son algo bajas. Todo el mundo dice que
Canberra es una ciudad aburrida donde no pasa mucho. Y en realidad es
algo así la impresión que da al principio. Pero lo que de verdad me
trajo aquí fue una visita familiar. El primer Bohua en misión de
visita en territorio de canguros. Y en es estamos de acuerdo que he
cumplido con honores.
ACT (Australian
Capital Territory) fue creado cuando nació la Commonwealth de
Australia. Es decir, la unificación de los varios estados que
existían en toda la isla, que dependían del Reino Unido, y que
formarían un único país. Estaba claro que Sydney y Melbourne eran
las ciudades más avanzadas. La primera en el estado de New South
Wales y la segunda en el estado de Victoria. Ciertas ideas pasaron
por la cabeza de los gobernadores, como que la nueva capital de
Australia debía de repartirse entre las dos ciudades, y se irían
turnando, para que no hubiera envidias. ¿Os imagináis un país con
dos capitales que cada cuatro años cambian? No era precisamente una
buena idea. Pero aquí viene la mejor: Crear una ciudad de la nada en
lo que los australianos llaman el “bush”. El “bush” es como
el bosque. Y en el bosque se pretende, a una distancia que no es
exactamente equidistante entre Sydney y Melbourne, empezar lo que hoy
se conoce como Canberra.
Es un nuevo concepto
de ciudad. Con la primera intención de albergar el gobierno, los
ministerios y cierta parte del funcionariado del país, se elabora un
concurso entre diferentes arquitectos urbanísticos para crear la
nueva ciudad. Ideas nuevas, que durante la planificación o
desarrollo de otras ciudades no se pudieron llevar a cabo, surjen
para esta nueva ciudad. Los parques ya los tienen, porque la ciudad
se va a construir en el y mencionado “bush”. La altura de los
edificios no superará la altura de los árboles, en mayor medida,
para que así se tenga una sensación de más aislamiento en la
naturaleza. Un centro neurálgico en el que colocarán el Parlamento,
el que luego será Nuevo Parlamento, y un War Memorial irán dando
forma a la ciudad. Un inmenso lago artificial, que luego dará paso a
diferentes lagos más alrededor de la ciudad, hacen junto a las zonas
verdes una ciudad en la que tengas la impresión de vivir fuera de
grandes barullos. Todo esto que menciono fue el plan ganador de un
tal Burley Griffin, del que luego se descubriría que hurtó un
poquito el plan a su mujer, que es la que de verdad sabía del tema.
Hoy en día, el lago central de Camberra lleva su nombre (Burley
Griffin Lake), y cuyo tamaño es poco comparable con ningún lago de
ninguna capital del mundo.
La extensión de
esta ciudad de más de 380.000 habitantes es de 800km2. Para que os
hagáis una idea, Madrid tiene algo más de 600km2 on una población
9 veces superior de 3,2 millones. Nueva York tiene algo menos de
500km2 con 8,5 millones de colegas viviendo juntos. Eso nos lleva a
ver que aquí la gente vive holgadita. Que hay sitio para todos,
incluso para tener reservas de canguros que puedes ver yendo desde un
barrio al centro de la ciudad. Desde el barrio de Amaroo, donde he
estado yo estos días, puedes llegar al centro en 45 minutos en
bicicleta (siguen conduciendo por la izquierda) pasando por otro lago
bastante grande, pero no del tamaño del Burley Griffin, que son
6,6km2, sin contar con las zonas verdes que lo rodean, con un largo
máximo de 12km. Ahí es nada.
Canberra tiene un
nuevo Museo de Historia Nacional (Australiana, no etíope). Una
maravilla, pero del cual ya había yo hecho bastantes avances en mi
paso por Sydney en su The Rocks Discovery Museum. Hay unos guías del
propio museo, en mi caso Anthony, que tienen horas marcadas para
explicar cada sala. Tú vas a la hora, le buscas, y te unes a una
charla a la cual se puede unir todo el mundo. El museo tiene una zona
de “Exploradores”, una zona muy interesante con 50 hisorias de 50
australianos que destacaron en diferentes campos. Desde una tipa que
se dio la vuelta al mundo en un velero, hasta uno que empezó a hacer
diseños con aerógrafos para motos y furgonetas muy hippies, pasando
por la historia de una aborigen arrancada de los brazos de sus padres
cuando era joven. Historietas de la historia australiana. Personajes
que reflejan este país en unos aspectos u otros.
Pero yo, que sabéis
que tengo mi propia historia, llegué a Canberra en autoestop. Y ahí,
curiosamente, empecé a darme cuenta de que hay un personaje que
recala en la memoria de todos los australianos. O de la mayoría por
lo menos a los que les digo que viajo haciendo autostop. Conseguí un
viaje excelente con una señora, madre de tres hijos, motera en sus
momentos salvajes (y que todavía sigue teniendo momentos de esos).
Monique, si en algún momento lees esto y utilizas ese botón de
“traductor” que te dije, te estaré eternamente agradecido. Fue
de los viajes más agradables que he tenido siendo el copiloto de
alguien. Y fue Monique la que sacó a la luz un nombre que yo creía
que no era tan importante, y que había escuchado en una conversación
anterior en Sydney de la que no me había enterado muy bien. El
protagonista es Ivan Milat. Pero no el escultor croata, “The
backpacker killer” es como se le conoce. Se trata de un asesino en
serie que entre finales de los 80 y principios de los 90 asesinó a 7
mochileros que hacían autostop por Australia. Se los cargó a sangre
fría entre cuchillas, tiros y apaleamientos. Bien, es un caso muy
sonado de asesinatos en serie, por lo que ni Monique ni mi tía
Merche o Sandra, la hermana de Merche, reparan en recordarme que con
esos antecedentes en la historia del autoestopismo australiano no
debería yo fiarme de hacer autostop. Y si bien no es suficiente con
eso, cabe recordar que Milat tiene muchos hermanos que a lo mejor
pueden estar tan zumbados como él, o que dos de los sobrinos de
este, años después, mataron con un hacha de doble filo a un chaval
de 17 años y lo enterraron en el mismo bosque en el que su tío Iván
solía enterrar a sus víctimas. Ahora todos estaréis mucho más
tranquilos. Esta es la historia de Ivan Milat.
A mi me gusta pasear
en bicicleta, y Camberra es lo suficientemente llano como para que
las distancias que ofrece, aunque amplias, sean llevaderas a ritmo de
los pedales. Mi tío Antonio me ha cedido una bici que me ha salvado
el culo, y un poco el bolsillo. Aunque en realidad, las dos veces que
he cogido el autobús no he tenido que pagar. Una porque no tenía
cambio el conductor, por lo que me dejó pasar y me dijo “total, en
algún sitio te bajarás. No te vas a quedar a dormir aquí”. Y la
segunda porque yo creo que no quería ni darme cambio. A raíz de
esta historia también escuché la historia de un autobusero que se
pasó una parada de bus en la que había un niño, el niño fue
secuestrado y violado, y luego el conductor condenado. Todo historias
felices en un país civicamente fuerte, que se acuerda de recordarte
sus casos de asesinatos más sonados. “No queremos que ocurra otra
vez. Ya sabes”. En fin, que bicicleta es una buen método de
transporte aquí, mucho más respetada que en Sydney, con carriles
bici kilométricos, y no como el apaño de la superinversión para la
adaptación de la bicicleta de Ana Botella.
Me gustaría
comentaros una pequeña historia que ocurrió durante la crisis de
principios de los años 30. Después del crack del 29, Australia
también se vio sumida en el hoyo que después aconteció. Por la
aquel entonces las carreras de caballos y sus apuestas, cuando ya no
había nada que perder, movían bastante dinero, vidas y pasiones. Y
fue entonces cuando un caballo neozelandés adoptó el nombre de Phar
Lap y fue criado en Australia. Corría como caballo australiano y
ganaba como australiano. Y todos los australianos ganaban con él,
convirtiéndose en lo que fue un icono nacional, y una de esas
pequeñas historias que hacen que el ánimo de la gente cambie, el
espíritu del país en un bache mejore y se recupere la esperanza.
Pero toda esa esperanza, las eternas victorias y las riñas en el
terreno de las apuestas y el deporte hicieron que ese caballo fuese
asesinado por envenenamiento por algún insensible (aún más
insensible) por quitárselo de en medio. El resultado final fue una
tremenda ira en Australia, y el posterior reparto del caballo, puesto
que cada uno reclamaba su parte de trofeo por la vida de aquel
equino. El esqueleto acabó en Melbourne, la piel en Nueva Zelanda
quiero recordar, y el corazón disecado se puede observar en una
vitrina llena de formol en el Museo de Historia Nacional de Canberra.
Un corazón del tamaño de un melón rodeado por bellas fotos del
ejemplar cuando vivo, y rodeado de marujas ejemplares tomándose
selfies del propio melón, digo... corazón. Gracias Anthony por tan
bella historia.
Canberra es,
entonces, una de las ciudades con menos historia que he visitado,
pero que alberga un centro histórico para todo un país. Podemos
hablar de una ciudad muy cosmopolita en la que todo el mundo coincide
que se gana bien, se come cada día mejor, está evolucionando como
ciudad propiamente dicha más allá de una capital de funcionarios,
embajadores, ministros y demás, y empieza a tener nombre propio,
dentro de su política urbanística de tener edificios no más altos
que los árboles. Una ciudad bastante verde, bicycle friendly, en la
que en una hora sentado en un parque leyendo vi pasar sillas de
ruedas de carreras, un tándem, unas marujas en bicicleta hablando de
ropa interior, unos marujos en bicicleta, unos con una bicicleta con
motor (casero) adaptado, unos patinetes de esotos que parecen de la
guerra de las galaxias con dos ruedas enormes paralelas entre sí en
los que tienes que mantener el equilibrio si no quieres ir de cabeza
al lago, una ciclo de estos que vas sentado a ras de suelo con los
pies pedaleando por delante y el manillar entre las piernas, y demás
variedades del mundo de los ciclos.
Como digo, una
ciudad para visitar a la familia y para seguir viendo que, incluso
estando en un país anglosajón y occidental, somos inmensamente y
atractivamente distintos. Tan distintos que en cierto parque encontré
baños públicos en los que la puerta era corredera automática, el
bloqueo de la puerta era con un botón que te decía (decir no
escrito, si no por palabra) “locked” (cerrado) u “open”,
música de jazz, papel, mucho papel, jabón y lavabo y algunos
detalles más que incluso en algunas casas faltan. Ahí dejo el
detalle del jazz. Señora Botella: consigamos que nuestras calles y
plazas luzcan más limpias y con mejor olor tomando ejemplo. Y no
solo usted, si no todas las ciudades.
| Gente deseando marcharse a Narnia |
| Cartel de propaganda en The War Memorial - Ausralia en Turquía |

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