Whataroa, que significa “planicie larga y elevada”, o algo así como
“meseta larga”, o lo interpretáis como queráis, porque el maorí a veces
no hay quien lo entienda. Whataroa es un pueblo, un río, un valle... Una
consecución de accidentes geográficos y geológicos a 30 kilómetros de
Franz Josef que siempre me habían llamado la atención. Haciendo
hindagaciones topográficas y cortos estudios sobre el terreno en semanas
anteriores puede ver un valle muy bello, del que ramifican diversos
ríos que dan lugar, a su vez, a nuevas aventuras y planes futuros.
Pero
esta vez la aventura estaba decidida a encaminarse a Lower Buttler's
Hut, el primer refugio que se puede encontrar subiendo el Whataroa Track
a lo largo del río Whataroa. Había estado trasteando con la idea desde
hacía semanas, hablando con Josh y con Jeffrey sobre el valle. Los dos
me habían dicho que es una pasada. Que ahora mismo me encontraría a mis
anchas por allá, y que nadie me encontraría, o que no encontraría a
nadie, en aquellas alturas. Que subir el Whataroa, el Perth o el Butler
sería como llegar al paraíso. Vi tanta determinación en ellos para que
me encaminase hacia allá que, confiando en ellos como confío en este
tipo de asusntos, decidí hacerlo.
A última hora, en una andadura
de calentamiento hacia Robert's Point un par de días antes, conocí a
Daphne, una chica de Taiwan de la que he aprendido un montón de cosas y
que en ese momento estaba muy metida en el plan del Whataroa. Tremendo
acierto el tenerte conmigo, Daphne, llena de ilusión y de aparatos que
capturan el alma, como iPhone, GoPro y cámara fotográfica. Yo también
los tengo, pero tengo un límite que no sé si es por vergüenza o por
falta de manos. Pero no puedo tener todos los dispositivos en la mano a
la vez, o no intento hacer la misma foto con los tres. Facetas asiáticas
que no comprendo (física o mentalmente).
El día D partida (o el
día de partida) tenía un planazo, que era empezar a andar a las ocho de
la mañana. Hace unas semanas me saqué el pase anual de refugios, que
todavía no había usado, pero Daphne necesitaba el suyo Así que esperamos
a que abriera la oficina del DOC (Department of Conservation) para
pillar el suyo. Dos chicas nos explicaron todo lo habido y por haber
sobre refugios, caminos, puentes y no puentes. Porque a cierta altura
del río hay un puente que ya no existe, pero que a nosotros no nos
afecta demasiado.
- - -
A día de hoy, en este preciso
momento, me levanto de la enésima siesta intentando escribir este post.
Llevo intentando escribirlo durante más de una semana. Siempre digo que
en este pueblo hay tiempo para todo. Tanto es así que llevo un mes
aprendiendo a tocar la guitarra, leyendo un libro de 850 páginas llamado
Shantaram y que os recomiendo muy mucho, y viendo mucho cine, además de
las más conocidas aventuras en eternas sagas en bosques, glaciares y
ríos. El caso es que, para ser sincero, cada vez me cuesta más escribir,
y muchos de vosotros seguramente penséis que este trotakiwis se está
olvidando de la lengua, la comunicación y el arte del relato. Es cierto
que me cuesta más, es cierto que estoy viviendo aventuras imposiblemente
posibles, dignas de mención y de de ser hechas literatura, porque uno
siempre quiso escribir un libro o plasmar sus batallas en una especie de
autobiografía. Pero este uno no se encuentra inspirado tanto como
antes, porque cierto es que cuando uno asienta el culo en un lugar, el
tiempo se distribuye de otra manera. La vida sigue siendo apasionante,
llamativa, inspiradora (palabra que o nunca había usado o estoy
perdiendo el español y me suena muy rara) y llena de... no. Esa es la
palabra: Llena.
Simplemente es que me ocupo de otras artes. El
arte de la música, el de las eternas conversaciones, los infinitos
paseos... El arte de vivir más que el de escribir.
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Furia
(el coche, que para mí tiene alma femenina, y en inglés es “she” cuando
me refiero a ella o “Fury”) nos lleva por esta mañana en la que todavía
la bruma se posa sobre el Lago Mapourika. El calor disipa poco a poco
la niebla que hay sobre el lago. El frío de la noche ha hecho que el
agua superficial, templada por los rayos del sol del día anterior, se
evapore creando ese manto blanco que protege la magia de Mapourika para
que no escape nunca. Y esa magia es la que todavía respiramos cuando a
la vuelta de una curva le señalo a Daphne nuestro valle. El Valle
Whataroa. Ese al que un día saludé con un “encantado de conocerte, hoy
no tengo tiempo, pero nos veremos pronto”.
Son ya casi las diez
de la mañana cuando empezamos a caminar, y nada nos hace pensar que es
demasiado para comenzar. Tenemos ocho horas completas de luz. Completas
las horas. Completas de luz. Ocho enteras horas completas de luz.
Siempre me ha gustado enrevesar los adjetivos. Y para enrevesado, este
vídeo en honor a Les Luthiers y su Rabinobich, fallecido recientemente:
https://www.youtube.com/watch?v=jHCnxDFa9Nw#t=161 . Pero no solo los
adjetivos se complicarían ese día.
El principio del camino ya lo
conocía, porque lo habíamos visto Sarah, Fee y yo unos meses antes. Un
bello valle bañado por un azul que nunca había visto antes. Un azul
grisaceo. Un gris cristalino, si es que un gris alguna vez pudo ser
cristalino. Una trasparencia en la que se detecta ese concepto de que un
río nunca es el mismo que fue o que será. De vez en cuando enormes
rocas salpican el curso del caudal. Rememoran el deshielo, cuando el
cauce devora y cambia cualquier rasgo para que este año el río no sea el
mismo que el año anterior, ni que el año que vendrá. Rocas que
provienen de la última glaciación, ancladas al pasado; fósiles de la
historia de le geología. Es impresionante sentarse frente al río y
simplemente imaginar la vida (inerte) de esa roca. ¿De dónde vendrá?
Llegamos
a cruzar ese río que nunca superamos la última vez que estuve allí. Nos
lleva mucho tiempo encontrar el sitio adecuado para no acabar con un
pie dentro. Ayudados por nuestro palos, nuestro escaso equilibrio y
confianza, pero una total determinación, acabamos cruzando ese, y todos
los que vendrán. Siempre con cuidado, porque pasar una noche en un
refugio no da para muchos lujos en lo que a secado de ropa se refire,
así que mejor manterner el culo y los pies secos.
Con el camino
vendrá el puente colgante, en el que sacarse el móvil del bolsillo para
sacar una foto acojona. Ahora estamos en la parte alta del Whataroa,
donde el río, a lo largo de siglos y milenios, ha escarpado bellos
cañones. El camino serpentea arriba y abajo en la selva para de repente
lanzarte a esplanadas de roca que crean playas en los meandros del río.
Pequeños triángulos naranjas marcan el camino en los árboles, y no hay
muchas de esas piedras apiladas que suelen hacerlo en todos los
camininos. En alguna de esas playas de ribera perdemos el sentido y no
sabemos dónde tomar el camino de vuelta al interior, porque por la
orilla es imposible. Nos debatimos entre delante y detrás hasta al final
encontrarlo. Hay bellas y arenosas playas para pasar el día, aunque a
tres horas del coche.
A estas alturas, tras cruzar ya más de
cinco ríos, adentrarnos en la selva-bosque para esquivar los cañones,
sortear piedras resbaladizas, el cutre mapa del que nos fiamos y que
difilmente conseguimos leer no nos da muchas pistas de dónde estamos.
Las distancias de los senderos en NZ no son distancias, si no que las
miden en tiempos. El tiempo es algo muy personal. Tanto es así que cada
uno tenemos una percecepción diferente de los que sería un minuto si nos
dan a contar un minuto en segundo sin reloj. Cada uno fragmentamos y
dedicidmos cómo usamos el tiempo a nuestra manera. El tiempo es nuestro,
aunque a veces somos del tiempo. Y la leche, también, del tiempo. Así
que nada peor que indicar senderos con el tiempo aproximado, porque las
condiciones cambian inevitablemente cada día, cada hora. Rechazando
creer que lo que vemos en nuestro frente es actualmente lo que se supone
que el mapa refleja, seguimos el río. Siempre creyendo estar en el
lugar en el que en realidad no estamos. El optimismo nos transporta,
equivocadamente, a otro sitio. Muchas huellas de cabras y ciervos, pero
ni un atisbo de ninguna de ellas.
Para las casi seis de la tarde
ya nos topamos con la realidad. Lo que de lejos parecía, y queríamos
creer, y creímos creer, que era el giro del río, era en realidad un
afluente. Un afluente que nos situa, al menos a una hora y media del
refugio. Eso es muy tarde para un camino que es difícil de encontrar en
el día. Eso es muy tarde para llegar a un sitio que desconocemos en la
oscuridad de una noche clara, pero sin luna. Y aquí es donde una
aventura torna en una supervivencia. La aventura de sobrevivir a una
noche al raso, en un valle que a las seis de la tarde a perdido toda su
luz y nos da la bienvenida con cuatro escasos grados. Lo más sensato
sería adentrarse en el bosque y buscar un cómodo y mullido lugar en el
musgo, pero no tenemos esterillas, y la humedad del suelo nos calaría
hasta el interior de nuestros cansados huesos. La opción más sensata, y
única posible, es dormir en el antiguo lecho del río, entre el bosque y
el agua. Si algo de bueno tiene este poderoso río, es que mueve
poderosas piedras. Y al moverlas las pule. De esta manera encontramos
una enorme roca, casi plana, donde decidimos hacer campamento. Al raso,
rememoro una frase que salió en una conversación en el Copland Track,
cuando coqueteabamos con la idea de dormir al raso sin llevar tienda.
Entoces decíamos, sin tomarlo en serio para nada, que “la naturaleza
sería nuestra tienda de campaña”. Nada más cierto esa misma noche en
Whataroa. Empezamos a comer. A comer caliente. A beber todo el té que
podemos. Tenemos gas de sobre. Si la naturaleza es nuestra tienda, el
cielo es un techo precioso. Ni una nube lo cubre, lo que hará de esta
noche una noche fría. Muy fría. Es justo el día anterior al auge de las
Perseidas. Intentamos encender un fuego, pero todos los maderos que
encontramos están demasiado húmedos como para empezar nada. En un
momento dado conseguimos empezar un pequeño fueguito que no nos llevará a
ningún lado, porque nada lo lleva más allá de una llamita. Lo hemos
intentado. Nos limitamos a enbravecernos con la idea de que esta es una
aventura. Con la idea de que las aventuras se crean cuando el plan
cambia. Y la idea de dormir sobre esa piedra es una bonita aventura.
Calentamos agua y llenamos las botellas con ella, para meterlas en
nuestros sacos de dormir. Nuestros pies se mantendrás calientes con
ellas durante un rato. Todas las capas que tenemos encapsulan nuestros
cuerpos. Por encima, el saco de dormir, y sobre él la funda-chubasquero
de la mochila, para que la helada no caiga sobre nosotros. Como decía,
es la noche anterior a las Perseidas y en un ataque de valentía asomamos
nuestras cabecitas por un ventanuco de nuestros sacos para ver como
llueven estrellas mientras, por un momento, nos considereamos incluso
afortunados por estar en esa situación. El cielo y el valle son
nuestros.
Son las siete de la mañana. El reloj marca dos grados
negativos. Es un nuevo día y, no sin despertares continuos, tengo la
sensación de que he dormido y descansado más de lo que hubiera pensado
en un primer momento. Si, es la hora de desayunar y mis manos y pies
tardarán una hora de camino en tomar temperatura, hasta que giramos un
meandro de un río y el sol nos espera para alumbrar nuestro camino. La
vuelta será larga, pero por fin será la vuelta, para poder contar esta
historia con pelos y señales, que siempre dejará grabada en mi piel esa
roca, en mi memoria ese azul del río y en mi paladar el sabor de aquella
cena con la naturaleza como nuestra tienda de campaña.
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| El puente sobre el Río Whataroa |
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| Daphne |
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| El agua es así |
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| Y asi |
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| El bulto gris (yo) |
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| Buenos días, Whataroa |