jueves, 30 de abril de 2015

1.000 km en horizontal – 24,6 metros en vertical




Me despido de Hervey Bay y de Woodshed Backpackers Hostel con un poco de morriña. Es de esos sitios en lo que si el tiempo fuera infinito, no dudaría en quedarme. La pareja que lo lleva es un encanto. Me han ofrecido trabajo para la temporada alta en verano, pero para entonces estaré en Nueva Zelanda. Tendré que mirar mi Working Holiday Visa para Australia para el año siguiente. Me han dicho que siempre habrá un hueco en verano para mí. Eso es de ser majetes...

Harbour Road en dirección al Oeste me lleva hacia la Bruce Hwy, que es un tramo más de la A1, autovía que va desde Melbourne hasta Cairns. Esa autovía que todo el mundo conduce de un lado para otro, vaya a donde vaya en la Costa Este. Esa autovía que a mí tan bien me viene para todos mis destinos, y que me voy a acaba tatuando en la frente. Espero, como siempre, a lo inesperable. Espero con mi cartel: “Spaniard goes north”. A los moteros les hago más hincapié, amagando con saltar en su moto. Me pitan y sonríen. Algunos gritan palabras incomprensible con el la velocidad, el aire y el acento. Al motero le correos le he hecho especial gracia. Un señor con una silla de ruedas eléctrica, de este tipo de modelos que están a matacaballo entre una silla de ruedas y un carrito de golf y una cortacésped de ir sentado encima. Un señor en una de esas me mira. Le pregunto gritando “¿Me llevas?”. Sonríe abiertamente y me responde “Cuando yo ande, te la regalo”. Reímos a la vez y me desea buena suerte. Habrá que tomárselo con humor.

Shirley es una mujer jubilada. A la voz de “¿Do you need a lift?” me da la bienvenida a su coche. Solamente va a Bundaberg, pero me puede sacar de Hervey Bay y ponerme en la A1, donde la gente ya va al sur y al norte indiscriminadamente. En esos 60 ó 70 km gozo de la compañía de una de las mejores personas del mundo. “A mí, si me dicen de hacer lo mismo que hacía de joven ahora, no lo hago ni loca...” Se refiere a una de esas veces en las que acampaba con su marido y sus hijos en el norte de Queensland, arriba del todo de Australia, en estos ríos anegados de “crocs” (cocodrilos) y se bañaban sin saber ni siquiera que estaban allí. Les iba a buscar el Sheriff del condado, sacándoles con prisa del río. “No lo sabíamos. Éramos jóvenes”. Yo le recuerdo una frase de Joe Simpson que dice que “cuando somos jóvenes nos falta la experiencia, pero nos falta el valor. Cuando crecemos tenemos la experiencia, pero nos hacemos cobardes”. No quiero que eso me pase. Shirley me alenta para que no caiga en eso. Su número de teléfono, junto a un dibujo de Fraser Island, están en mi libreta. No será fácil de olvidar.

En Appletree Creek me despido de ella. Es un pueblo que no tiene más que un bar, un Memorial Centre, donde en una pizarra atrasada pone que el día anterior celebraron ANZAC Day. Se trata del aniversario del día en que Australia y Nueva Zelanda comenzaron su participación en la Primera Guerra Mundial, enviando sus tropas a Gallipolli. No se trata del día nacional de Australia, pero cerca está. Desfiles y concentraciones se podían ver por la tele. En Hervey Bay sobrevolaron aviones de combate. Todos los War Memorial del país son objeto de encuentros, discursos, etc... y en Camberra estuvo Prince Charles de Inglaterra. Todo un acontecimiento que yo pasé en la playa en buena compañía. En Hervey, como dije, dejé buena gente.

Ahí, en Appletree Creek, no parece que vaya a tener muy buena suerte. Un señor sale del memorial y me ofrece un té, pero son las 11.30 de la mañana y yo tengo que hacer todos los kilómetros posibles. Mi plan es hacer todo lo que pueda entre ese domingo y el lunes para llegar a Ayr. Me sonríe y me desea buena suerte. No quiero que se lo tome a mal. Poco después una furgoneta destartalada hace un alto delante de mí. Normalemente la gente te mira, frunce el ceño, se lo piensa, te pasa, mira por el retrovisor, le das pena, y entonces es cuando paran. Pero esta vez para con premeditación. Un fontanero con una Mercedes destrartalada, polvorienta y llena de cachibaches del gremio me lleva hasta el desvío que le lleva a Gladstone. Me desposita allí deseandome buena suerte donde solamente me dará tiempo a comerme un sandwich antes de que Alan me recoja y me dé uno de los viajes de mi vida.

Presenemos la situación como un Ford Explorer que se sale de la carretera y para delante de mi. Esto es que sale de la carretera, sube un bordillo y se mete por el césped que hay delante de las casas y para justo delante de mí. Un todoterreno sucio, gris, con estos faros que de viejos ya son amarillos y semiopacos. Cuando abro la puerta para preguntarle hacia donde va me embriaga un olor a sudor y un acento indescifrable a la primera. No va hasta Ayr, que todavía está a 800km, pero va a mucho más de mitad de camino.

Alan es trabaja en ingeniaría civil, en minería. Es un currela de lo hidraúlico. Pantalones sucios. Polo de la empresa. Uñas negras. “Todo es aceite negro”. Al principio, como con casi todo el mundo, es mucho más mirar por la ventanilla que hablar con la gente, y más aún con Alan, que es más el tipo de persona con consejos como: “Ve a Arlie Beach. Está lleno de chochitos. Vas, pagas un par de cenas y unas cervezas, eres su gayumbazos, y follas seguro”. Así es Alan. En una de estas o te tiras del coche, o le ríes las gracias. Está casado y tiene una hija viviendo en Sydney. Es de esa especie que abunda. De esas personas que matarías por lo que dice, pero que en realidad no matarían ni una mosca, aunque defiendan la pena de muerte.

He aprendido un montón sobre la situación de la minería en Australia sin la necesidad de abrir un libro. Privatización de recursos, inversión extranjera, mano de obra, inmigración. Estoy leyendo un libro que se llama “No os volváis por donde habéis venido” que trata sobre cómo el modelo Australiano de inmigración ha evolucionados y por qué es como es. Y Alan es el perfecto ejemplo de nacionalista contrario a la multiculturalidad y la inmigración en el país.

De un tema a otra vamos saltando como liebres, y lo más interesante es cuando al final de cada discurso suyo, que yo escucho con atención, sucede la pregunta “¿Y en tu país cómo es?”. Y yo me quedo mirando al final de la carretera preguntándome cómo es España en cuestión de inmigración, minería, animales letales, animales no letales pero casi, pena de muerte... Y le respondo sobre nuestra política, y nuestros animalitos pacíficos, y nuestra no pena de muerte... Y Alan me mira fascinado. Es un paleto, pero muestra interés por las cosas. Le cogí cariño.

La ponencia que me hizo sobre animales australianos no tiene desperdicio ninguno, y yo no paraba de reír y de arquear mis cejas asombrado. Existe una especie de medusa llamada "stinger" o "Box Jellyfish". Chironex Fleckeri es la especie más mortal de medusa del mundo. Se trata de una medusa muy transparente, con cuerpo en forma de cubo y tentáculos de tres metros. Se dice que tiene veneno en sí para matar a 60 personas, pero las picaduras de sus tentáculos, que insertan minidardos con minidosis, en la mayoría de los casos no matan. Solamente provocan combulsiones, dolores infnitos que a penas pueden ser calmados con morfina y demás reacciones como espuma por la boca. El tratamiento de una picadura mortal tiene que ser tratado en un período de 2 a 5 minutos para evitar la muerte. Bien amigos, esta cosa está aquí en los meses de verano en las costas de Queensland, territorio en el que me encuentro. Una de las cláusulas de la escuela de buceo donde estoy es “Acepto el uso obligatorio de gorro, guantes, botas, etc... todo material en protección de la “stinger” en temporada de “stingers” y la exclusión de responsabilidades a la compañía”. No es temporada. No preocuparse. Pero, planteo ¿no es curioso que los animales más venenosos para el ser humano ni siquiera intenten comernos después? Este bicho se alimenta de camaroncitos y, por ejemplo, las tortugas son inmunes a su veneno.

Podemos seguir tirando del hilo, y como fabricantes de hilo están las arañas. Bien. Arañas existen varias, pero hay una especie negra con raya roja para el macho y con puntos rojos para la hembra que tiene veneno para 20 personas. Las más jodidas son las jóvenes, porque te muerden y te hincan todo el veneno que tienen dentro sin mesura. 10 minutos y estás fuera. No hay antídoto. Los adultos son más inteligentes en cierto sentido. Pican rápido con poco veneno y saltan hacia atrás para mirar si hay más depredadores, habiendo guardado veneno para otros posibles ataques.

Hay una especie de bicho con caparazón que anda por ahí, por el mar y las playas, que al pisarlo y sentirse amenazado sacará a través del caparazón un dardo que te atravesará el pie. 10 minutos después no estás para contarlo. Y existe una especia que no saben muy bien de dónde ha venido pero que antes no andaba por aquí del mismo estilo que no te mata. “Bien, mucho mejor”, parece que hay que decir. Este vendrá y te picará al sentirse amenazado igualmente. Tendrás una reacción alérgica que preferirás que te haya picado el anterior, el de los 10 minutos. O una stinger. Pero al tiempo se te pasará, porque no tiene antídoto pero se pasa. Hasta ahí todo bien, pero al cabo de unos meses, hasta años, volverá a aparecer la reacción para hacértelas pasar putas. Así hasta que te mueras. O te cortas el brazo, o a vivir con eso para toda la vida.

Así también tenemos cocodrilos que te acecharán durante un par de días si estás de acampada para ver cómo de peligroso eres y luego te comerán por la noche. Una especie que no ha cambiado desde la época de los dinosaurios por una sencilla razón: ya es perfecto. El canguro, bonito y apacible, con una cola dura como un coche y unas garras en las patas de atrás que apollado sobre su cola lanzará hacia tí y abrirá tus tripas de arriba a abajo. Igual que el koala, tranquilo y lento, pero capaz de dar “el abrazo del koala” si se ve amenzado. Gatos salvajes capaces de matar a un dingo destripándole y el diablo de tasmania, que obliga a relaciones sexuales a las hembras sometiéndolas y si estas no obedecen las mata. Todo esto y mucho más por aquí cerca...

“¿En tu país existe la pena de muerte? Qué pena. Aquí tampoco. Debería existir. Para asesinos en serie y violadores. Pero no para homicidas de tres al cuarto. A cualquiera en una pelea se le escapa un puñetazo mal dado, el otro tropieza, se da con la cabeza y se muere. O cualquier cosa. No, para eso no. asesinos en serie y violadores. ¿Sabes qué? Este es un buen país para la pena de muerte. Tenemos muchos animales peligrosos. Una pena de muerte con una piscina llena de “stingers”. Se abre la trampilla y...”.

Adan me deja en Sarina, un pueblo a 30km de Mackay, que cuenta con un hostel. Es de noche y no me gusta hacer autostop de noche. Creo que voy a tener que morir en Sarina. Suena a nombre llamativo y tierno, pero son las 7 de la noche y no sé yo. Pero Bruce ha venido a ver a sus amigos y vuelve para Mackay. Al día siguiente hay que trabajar. Buen tipo. Me deja en la puerta de un hostel que es un auténtico “shithole” como dicen aquí, en el que paso la noche y salgo disparado al día siguiente.

Un lunes a las 8.00 me despido de Mackay. Llegué el día anterior a las 20.00. ¡Huir! Me cuesta, no por esfuerzo pero si por tiempo, salir de la ciudad. El gran karma del día anterior se ve conrarrestado con el karma de este fatídico lunes. Cuando Alan me recogió me dejé el famoso cartel “Spaniard goes north”. Mi palo de andar ha debido quedar en algún sitio en Hervey Bay. No recuerdo cuando lo he visto la última vez Creo que allí. Mis gafas se han roto. Me he quitado la gorra para no se qué y me la he dejado olvidada en Mackay. He perdido una funda de un casco de música... En fin, el karma. Cada vez creo más en él.

Después de dos horas, haber sido echado de un sitio por la policía con gestos desde el otro lado de la calzada (dedito de autostop, negación con dedo índice, dedo corazón e índice hacia abajo haciendo el gesto de andar, dedo índice señalando fuera de la ciudad), de que un conductor me hiciese el “fuck you” con el dedo corazón... ¿Por qué es corazón el dedo del “fuck you”? Después de todo esto un amable caballero me ha sacado 50km fuera de la ciudad. “Los maderos están para joder”, me ha dicho. Empiezo a estar en territorio de sombreros de Croc Dundee, pickups con perros atrás, donde tiras la mochila y te montas alante como en las pelis, plantaciones de azúcar y muchas segadoras. Hervey Bay y donde estoy no he visto mucho más que eso. Y desde Rockhampton (Rocky para los amigos) se ha intensificado. Después del amable Croc Dundee ha venido un Kiwi en mi ayuda. Buen tipo. Gracias kiwi. Luego un hombre mayor, con cara de bonachón en Land Rover. Me recordaba a Paco “el Gordo”, para los de Valdeavellano. Su abuelo era de Cifuentes, un pueblo no sé dónde en España. Un pedacito de pan este hombre. Y después, por fin, la aventura de ir en furgoneta con dos furgoneteros backpackers holandeses. 100 km de historias de aventuras en una Volkswagen destartalada bebiendo cerveza de una nevera de camping que yo creo que calentaba. Gracias por esas cerves. Y mi recta final, ya en Ayr a 15km de Alva Beach, donde se encuentra Yongala Diving, una pareja de Fiji con sus dos críos han dado la vuelta y se han ofrecido a llevarme... ¡Buen Karma de nuevo! ¡En mi destino otra vez!

Ya en Alva Beach, solamente me queda esperar un par de días. No van al agua al día siguiente de mi llegada, por lo que me dedico a siestear y a caminar la playa arriba y abajo. La verdad es que es una playa no muy bonita, pero al final tiene un manglar que está desapareciendo en su parte más cercana a la orilla. Está como petrificado y seco. Y hay un par de coches encallados que me van abriendo camino hacia lo que es el verdadero encallamiento del día siguiente.

El Yongala SS (Southampton 1903) fue inagurado un buen día, justamente 112 años años antes de mi inmersión. Y digo justamente porque el 29 de Abril, el día de mi inmersión, es su cumpleaños. 112 añitos, y la verdad es que los aparente. Está cascado. Era su viaje número 99, el que nunca completó, cuando se dirigía desde Brisbane hasta Cairns. Salía de su parada en Mackay un 23 de Marzo de 1911 y, cuando todavía se le veía desde la orilla, se recibió un mensaje en el puerto de Mackay avisando de un ciclón que provenía de Townsville, unos 500km al norte. En aquella época se empezaban a instalar los lanzadores de señales inalámbricas, siendo el primero de Australia en Sydney, pero los receptores eran pocos. De hecho, el receptor del Yongala estaba por llegar desde la compañía fabricante en Inglaterra. El último avistamiento del Yongala es a mitad de camino, desde el Faro de Flat Top, con el tiempo empeorando por momentos. No como el Yongala SS, el Cooma si tuvo tiempo de recibir la noticia en Mackay, donde se resguardó de la tormenta durante un día entero.

La espera en Townsville se tornaba nerviosa. El Yongala SS no aparecía en su día previsto. Cuando el día 26 de Marzo apareció el Cooma antes que el Yongala SS en Townsville, se dio al Yongala SS por perdido y comenzaron las labores de búsqueda, que se convirtieron en la movilización de la marina y servicios de rescate por la búsqueda de un navío más importantes de la historia naval australiana. Sin resultados, se diopor concluda la búsqueda después de muchos días de rastrear la costa desde Townsville hasta Flat Top, donde fue visto la última vez. “Moonshine”, un caballo de carreras que embarcó en Mackay para dirigirse a Townsville fue, en aquel entonces, el único rastro del Yongala SS encontrado en un delta del Río Ross, cerca de Townsville.

Se convirtió en una historia trágica para Australia. La gente empezó a donar dinero para que se retomasen las labores de búsqueda, y para las familias afectadas. 1.000 libras serían entregadas a cualquiera que diera una pista de la situación del barco hundido. El Titanic australiano de la época.

En 1943 la Real Marina Australiana rastreaba la costa de arriba a abajo y al revés en busca de minas. Era la II Guerra Mundial. Esto lo hacían extendiendo dos cuerdas por debajo de los barcos a lo ancho con un peso. En caso de encontrar algo notarían tensión y lo arrastrarían. Eso fue lo que encontrarón, pero algo mucho más grande que una mina. En el momento no había presupuesto ni preocupación por un barco hundido 30 años antes. Ahora se trataba más de la guerra. Más tarde en 1947, también en un segundo rastreo de la Marina en la posguerra, se toparon otra vez con ella (en inglés los barcos suelen ser “she”) pero ahora estában recuperándose de la guerra. Yongala SS quedó en paz.

En 1958 Bill Kirkpatric, pescador, topó con el Yongala con su ancla. Habiendo escuchado de las historias del Yongala SS, habiendo sido esta una embarcación fantasma desde su desaparición de la cual se tenían avistamientos entre la niebla, o se podían escuchar las voces de los fallecidos (122. Todos). Atraído por esto Bill montó su propio rescate del Yongala SS, recuperando lo que era una placa de la caja fuerte de la cabina de mando. El número de placa se envió a Inglaterra, que tardó en contestar tres años diciendo que correspondía con la caja fuerte del Yongala SS. Queensland dijo que se encargaría de custodiar el barco hasta que Inglaterra respondiera, permitiendo a Bill llenarse de gloria y de fortuna después. Pero no fue así, pues en tres años mucha gente bajó allí abajo, y el bueno de Bill solamente se llenó de gloria, pero no de fortuna.

Hoy en día se sitúa a 12 millas marinas de la costa (media hora), entre esta y el arrecife de la Gran Barrera de Coral, en medio de donde antes no había nada más que arena. El coral encontró un lugar más cercano a la costa donde asentarse, dando hogar a muchísima fauna de la Gran Barrera. Muchos peces empezaron a creer que esto era casa cuando, después de nacer cerca de la orilla, volvían hacia el coral que tenían grabado en la memoria. Encontraban el Yongala SS y decían “qué bien, me habían dicho que mi piso estaba al doble de distancia”. No era su piso, era el Yongala SS, un nuevo arrecife artificial densamente poblado hoy en día. Una maravilla.

Después de esta historia, solamente dejaré paso a las fotos. Dejaré paso a lo que la escuela Yongala SS me ha dado la oportunidad de descubrir, con mucho tacto de humor por parte de su dueño y mucha profesionalidad. Dos inmersiones de casi 40 minutos cada una que no tienen precio. Bueno, sí, y bastante alto. Pero solamente se “yongala” una vez. O también he aprendido que “la vida son dos Yongalas y uno es hoy”. O al probarme el equipo decirme: “¿te acuerdas de la primera regla del submarinismo?” - de esto que te pones nervioso - “¡hay que estar guapo!” y me puso unas gafas de sol y me dijo que por eso mi traje era azul, mis aletas también, y mi tubo también. Sentido del humor. Me lo pasé en grande.

Dos peces mariposa y un Yongala
"Llévame al Yongala"

Disecado

Muerto el manglar...

... muerto el coche...

... muerto el salpicadero...

... muerto el que parecía un R19

Un cacho de mero de Queensland

Un pedazo de chimenea de barco "no paséis por debajo" nos decían en el barco en superficie. El primero en ir por debajo, el profe.

Se me ha colado el menú de Linux, pero es una bonita tortuga en el fondo igualmente


La muerte del Yongala SS crea una macrourbe submarina

En español, pez obispo, en inglés, "Bull ray". Mola mas "raya toro"


Yongala Historic Shipwreck

Una chimenea que da vida

Otra tortuguita



viernes, 24 de abril de 2015

If only the weather holds (2)


DÍA 4 Valley of the Giants-Lake Garrangonwerra-Happy Valley (20km aprox): A todos nos cuesta madrugar menos a la lluvia. Pensaba que por un día iba a poder uardar la tienda a gusto, y he salido a las 6.30 para tomar algo en el bar de la esquina. Manzanas y barritas de muesli. Lo único que tienen en este bar. Todos los días igual. Pero en mi camino al baúl de las pertenencias ha empezado a chispear. He puesto todo a cubierto contrarrloj, y me he vuelto por donde he venido.

Reflexión: todos los días llueve por la mañana.

Son las 8.30 y no amaina. No importan mis plegarias al dios de la isla o mis siestas mañaneras. Me parece que esta bez ha ganado la pachamama. Lo que no nos mata nos hace más fuertes. Y de esta seguro que salgo. Hablo como el del último superviviente, pero tengo una pista forestal a 600m. Puedo hacer autostop si perezco de aburrimiento. Afronto un día dentro de una tienda de campaña. Escribiendo estas líneas la densidad de la lluvia aumenta. Parece que voy a estar aquí durante un tiempo largo. Solamente pido que amaine cuantro horas para llegar al siguiente lago.

Echo de menos el porche de aquella casa que teníamos Pepo y yo en Alemania.

A las 10.00he consguido salir de la tienda. Puede que fueran las 9.30. me espera un dí duro. Si todo sale bien tengo no menos de 20km, pero hoy tocaré el Pacífico con la punta de los pies.

El día ha sido duro, durísimo. Ya sabía que tenía más de diez kilómetros con tres cuartos de litro de agua que transportaba desde el día anterior, porque en Valley of the Giants no había ningún sitio para rellenar. Solos yo y K'Guri. Bueno, pues he partido con optimismo, pues entre los árboles parecía haber un cierto resplandor de algo que de vez en cuando parecía ser el Sol. Pero on la frondosidad de esta monstruosa selva no he podido saber bien si aclaraba o no. Lo único que he sacado en claro es que no llovía.

De vez en cuando una especie de riego selvático humedecía mi cabeza, y es que la brisa hace que toda esa lluvia almacenada por las hojas se dispare hacia el suelo disfrazada de chaparrón momentaneo. A veces estaba asustado de ser el único con una nube encima, como en los dibujos animados, mientras veía el sol abriéndose paso justo delante de mi. y a estas alturas no me apetecía ponerme el poncho y caminar tres horas bajo la lluvia.

Al salir del Valley of the Giants me he dado de llenos con un paisaje diferente. Seco por el sol intermitente se veía una especia de sabana frondosa, pero de suelo más árido. Este ha sido mi camino, pero no por mucho tiempo. Hasta que me he topado de nuevo con la fenomenal selva verde, que no se cortaría hasta Lake Garrawongera.

Aprendizaje: Tres cuartos de litro de agua para 10km. El apartado en el que describe el camino, el mapa decía que eran 12km. El poste del camino decía 15,3km. Bueno, mi primera parada fue al empezar esa sabana que me cegaba y unos traguitos me han venido fenomenal. He apretado la marcha al principio del día, que estaba fresco y el terreno llano. Pero luego el tema se ha ido empinando , y el agua iba escaseando. Mi último descanso me permitía beberme toda el agua pero, y aquí está el aprendizaje: nunca se debe gastar toda el agua. Nunca sabes cuando te vas a partir una pierna, o el mapa que tienes resulta ser de una Isla del Mar de Japón. Dejar siempre cinco tragos.

En el intenso repecho final sucede el cruce con una pista forestal que me lleva al Lago Garranwongera. He atado mi macuto al machón del tejado de un merendero y me he ido a bañar al lago (bien merecido baño). Lago que veo, lago en el que pego una zambullida. Tanto por higiene como por refresco. Además también por hacer una comparativa de “Ranking de mejores lagos para bañarse en K'Gari”.

Tod eso con dos barritas de muesli y dos manzanas. Si comía más muesli, había que pasarlo con agua, y el agua era para el camino. No podía desayunar fideos chinos para no gastar agua... en fin, que cuando he llegado me hinchado a agua, me he dado un bañazo en agua y me he comido unos fideos con agua. ¡Qué importante es el agua!

Mi baño se ha tenido que compartir con 30 alemanes en una excursión que para mi suerte estaban escuchando la charla de un guía y todos parecían mojados, por lo que era mi turno de bañarme. Hay lagos que son sagradísimos, y no está bien bañarse, así que hay que andarse con ojo. Algunos, escuchando el sermón, me miraban recelosos de estar en el agua. Bañito rápido y a correr. He vuelto al lago para ver cómo estaba el cielo. No parecía del todo amenzante, por lo que he decidido echarme la mochila al hombro y partir. Pero en menos de cinco minutos ha empezado a llovisquear: mala señal. Si el camino empezaba así, era mejor quedarse acampado en Garrawongera. Ya sñe o que es montar y andar y mojado. No es un plato de buen gusto. Pero cuando he vuelto he parado en el lago y he estado durante media hora con la tesitura, porque solo chispeaba. Ha sido media hora mágica en la que, llevado por mi espiritualidad de K'Gari le he preguntado alhí mismo que si podía seguir caminando me diese una señal. Un claro entre las nubes del Este, en mi dirección. Algo que me alentara para seguir. O un cielo plomizo y denso en oriente que me advirtiera del peligro. En esa media hora el cielo ha cambiado mil vecs de color y densidad, pero en un momento he visto todo más claro. El cielo y el dilema estaban más claros. Era el momento de marchar hacia Happy Valley (Con algunos nombre se han currado el aguantar el nombre aborigen. Con este se la han colado pero bien). Volviendo a por la mochila colgada en el merendero me he cruzado con 25 escoceses aparcando cinco 4x4s. ¡Esa era la verdadera señal para huir!

Happy Valley se deja acariciar por las olas de Pacífico. Junto a Eurong, son las únicas dos villas con alojamiento en toda la 75 Mile Beach. Sí amigo y amigas de lo extraordinario. 130Km de playa tiene K'Gari en el lado oriental. Y yo estaba allí, estremecido por la estampa. Por el momento. Por cómo había llegado hasta allí. Porque ya estaba todo logrado en el día. Porque atardecia y todo el mundo se había marchado con sus tours y sus 4x4 a sus hogares. Yo todavía tenía que construir el mío, pero todavía me daría el plac de ir a chapotear con los pies las aguas del Pacífico una vez más. Junto a esos dos únicos pescadores que compartían la playa conmigo. Nadie más hasta el horizonte. Simplemente playa, eterna hasta donde abarca la mirada. La virtud de que mi tienda de campaña mire al Este es que veré el amanecer sentado en el porche, desayunando. Con la alarma puesta y en primera línea.

La noche cierra clara. Se ven las estrellas que he decidido salir a ver. Algo se mueve a mi derecha al caminar no más de 20 metros de la tienda. Es una rana enorme. Tal vez un sapo. Se aleja de mí. Apago la linterna y me dejo embelesar por el eterno romper de las olas. El cielo, aclarado, muestra todo su potencial de luz. El sonid se lo dejo al mar. Y el guión lo completa, para romper o completar la escena, un ajetreo en la oscuridad que al alumbrar con mi linterna se aparece en forma de dingo observándome. Esto no era pate del mágico paseo nocturno. Recuerdo que he cenado y tengo todos los trastos en la tienda: “No dejar comida dentro de la tienda”. Pero con esto de que es acampada libre no hay cofres. Le espanto, marcando mi territorio con un par de gruñidos perrunos no sé cómo de agresivos pueden llegar a ser. No sé cuantos son. He visto uno. Voy hacia la tienda y pongo toda mi comida en una bolsa y la subo a un ábol. La bolsa de la basura también. Giro la cabeza para ver cómo de lejos estoy de la tienda. El haz de luz de mi linterna cruza desde la bolsa hasta la tienda en un giro de 180º de vacío de arbustos entre los que dos ojos dilatados por el resplandor de luz brillan y me observan. Como uno de esos ciervos que te cruzas en la lejanía en la carretera. Gruño de nuevo y huye.

Ahora, en la tienda, sin comida, solo oigo el rugir del mar, que parece que en cualquier momento va a caer encima de la tienda. El temor del dingo desaparece. No he visto mucha amenaza por su parte. Solamente observación. La brisa mece mi tienda. Esta noche parece que será más fresca con el abanico de las olas.

DÍA 5: Valley of the Giants-Govi Campsite (20km): como todo el mundo imagina, tenemos ciertos miedos que hay que combatir. Supongo que el mío, o uno de los míos, más allá de los comunes, y de hecho no es un miedo... el mío es dejar de lado un plan, o ver cómo no funciona como esperaba, o como tener que cambiar lo planeado sobre la marcha. Es algo que sé resolver sin mayores problemas. Siempre he sido bastante resolutivo cuando las situaiones cambiaban o alteraban, pero ninca he sido muy partidario de las improvisaciones a corto plazo. Aunque parezca lo contario. Creo que, como bien dicen en ese capíto de Black Mirror, el especial de navidad, todos tenemos miedo al cambio, pero no es en sí el cambio lo que no atemoriza, si no el estado de tránsito intermedio que nos lleva desde un punto de estabilidad a otro momento de estabilidad.

Más a corto plazo, me refiero a los cambios de planificación en estos cinco días, por lluvias, aguas, etc... finalmente no he necesitado hacer ningún cambio drástico de planes más que el de hoy, en el que pretendía temrinar en un sitio y estoy a 20km. Supongo que esto es adaptarse al cambio. Pero supongo que el hech de situarme en una playa en la que da igual que infinito extremo mire, no hay nadie, creo que eso es lo que el cambio y su transición dan como premio al fnal del día cuando te encuentras fuera de casa. O cuando tu casa, cada día, es una nueva zona de acampada.

La mañana, como era de esperar, comenzaba con una cautelosa apertura de cremallera. No del pantalón, aunque también he ido al servicio, si no de la tienda. Despacio por si algún curioso dingo estaba olfateando desde fuera. Pero no. Lo único que he encontrado han sido los testos de mi propia basura en el suelo, en vez de colgados del árbol donde los dejé. Eso indica que el perrito salvaje salta bastante. O que ha hecho aire. He recogido, he ido a desayunar dentro de “Happy Valley”, y he marchado. Digo “dentro” porque este complejo de camping, bungalows y apartamentes está rodeado con unas vallas que evitan que los dingos entren. Pernos y muelles en las puertas las protegen de “ataques” como el que yo he tenido. Ataque y costumbre de tomar comida prestada.

El agua del depósito salía amarillita. Nada estaba abierto a esas horas, y aunque lo hubiera estado no hubiera ido a pedir agua. No soy capaz. Yo soy más de “yo me lo guiso yo me lo como”. Así que pastillita purificadora y a correr. Y los noodles del desayuno, con agüita amarilla también, como la canción de los Toreros Muertos (espero que no). Después de cuatro días era hora de tirar mis residuos y así aflojar lastre. Hablo de la bolsa de basura. De lo otro voy bien, gracias.

El pueblo está vacío. Ni un alma. Por las calles de arena de playa. Es bonito un pueblo con las calles de arena de playa. Muy pintoresco. Enla plaza encuentro un coche con gente. Mi destin es Dilly Village, también en la costa E de la Isla, a 30km de Happy Valley. Pretendo hacer dedo para llegar cuanto antes y así poder encaminarme al interior de nuevo. Digamos que el primer, segundo, tercer y cuarto día los dediqué a atravesar la isla de Oeste a Este, con dirección NE en su mayoría. Vamos, de izquierda a derecha y en diagonal hacia arriba. Ahora lo que pretendía es bajar 30 kilómetros por la playa eterna, y volver a cruzar la isla para así volver en otros dos días a las costa Oeste y salir de la isla paradisíaca.

Mi andadura ha comenzado a las 8.00, muy temprano para un martes de temporada baja. Hasta las 9.00 no he empezado a ver coches pasar. Sí, los coches circulan por la playa. Es una playa anchisima de 130km aprox., abierta al tráfico lo suficientemente ancha para caminar y hacer dedo a la vez. Pero ni un alma. Solamente mariposas que vienen del mar. Negras moteadas de blanco. Enormes. He estado caminando durante tres horas y media hsta que el primer coche ha parado. Tres horas en la ps que al principio he disgrutado de la playa ininterrumpida. Por un lado, playa, por el otro, playa, en medio, mar, al otro, verde. Flipante. Si me hubiera tenido que andar los 30km igual algo monótono se me hubiera hecho. Los buses 4x4, los 4x4, caravanas de exurusiones, los ranges, la policía... Nadie para porque van llenos. Los que van llenos de gente, por gente. Los que no, porque llevan todo un equipamiento para montar su campamento...

En mis tres horas andando no he visto mucho más que mis pies desclazos sobre la arena. Cangrejos y medusas enterrados en la arena, en esa parte de la playa que ni es arena ni es agua. Es la pare recién mojada. Es agua y arena. Y justo por mi dercha los coches arriba y abajo, siempre hasta arriba. Si no me coge nadie acampo a 20km de camino, pero me han cogido y me han hecho 6km. Me quedan 10km para el último pueblo de la playa. Son las 12.00. ¡Sí se puede!

¡Un avión aterrizando en la playa justo por encima de mi cabeza! Esta isla es de película. “Cowboys from Hell” en mis auriculares hacen de la estampa un paraje muy personal. Todo mejora. En una de mis miradas atrás veo un coche dorado con una canoa azul en el techo. Esa es la señal de hoy. Es la familia que vi hace dos días. Un poco tarde pero van de regreso. “¿Alguien necesita que le lleven?”. Entre risas, cargamos, nos contamos, nos alegramos de vernos y nos despedimos en la última zona de acampada anterior a mi desvío de la playa al interior. Es la una. Acamparé, iré al agua y meditaré. Después de comer e ir a por agua, a eso de las cuatro, me he sentado a leer al sol. Algunos coches me pitan debos ser una buena imagen en esta kilométrica playa. A eso de las 17.00 el tráfico mengua, casi anocheciendo. Es entonces cuando grito de emoción. La playa es mías. Ahí vy a dormir yo rodeado de nadie más. Bueno, posiblemente algún dingo. Pero para eso ya estoy preparado. La inmensidad del mar con su incesante romper es el único ensordecedor sonido de fondo por segunda noche consecutiva. Al ir a por agua he ido tierra adentro. Es entonces cuando me he dado cuenta de que el sonido de las olas se diluía en la distancia. No he tardado en recuperarlo. Simplemtne, a la vuelta, me he dejado embriagar de nuevo por él. He hecho inventario de todo lo que tenía que hacer antes de dormir y lo he hecho. La última tarea: ver atardecer hacia el Este. Morados, naranjas, amarillos y rosas se funden hasta que el lienzo se topa con ese horizonte bien marcado que forma el mar azul marino, hasta el blanco de la espuma, que da paso de nuevo a los morados, naranjas, amarillos y rosas reflejados en ese terreno que no pertence ni al mar ni a la tierra, en el que la ola quere arrastrar la arena adentro y la tierra lucha contra los implacables latigazos del mar. Porque el mar siempre gana. Son las 18.30. Lectura y a dormir.

DÍA 6: Govi Campsite-Lake McKenzie (28km): ¡Menudo día! El amancer en Govi ha sido estremecedor. Encontrarse eso por la mañana de lo que esperaba ser un día relajado era para quitarse el sombrero. O el gorrito de dormir. El sol ha aparecido justo delante de mi tienda., embadurando todo el mar y la arena de ese naranja amanecer del que solo els lo tiene la patente. Unos gustosos noodles me dan los buenos días. Me falta una sandalia. No está en mi círculo de seguridad... está fuera, y todo lleno de huellas de dingo. Algún amigo nuevo me ha andado acechando esta noche. La comida sigue en su sitio, colgada de lo más alto que pude de un arbolucho. Tengo la boca llena de dientes que se unen en una sonrisa. Grito. La playa es mía de nuevo. Camino saludando a todo coche que pasa. ¿Qué pasa? ¡Esta playa es mía! Dos dingos pasean a un kilómetro de mí. ¿Será mi cazador de sandalias? Sigo sus huellas, que toman el mism camino fuera de la playa que yo, pero los pierdo de vista. ¡Hasta la próxima, amigo!

Empiezo el camino de verad, con las botas ya puestas. El rato que ayer andé por la playa con sandalias me hizo rozaduras. Yoda, el poder jedi y toda la fuerza me acompañan. Subo como una centella, como decía aquél, y paso por el Lago Boomanjin. Es el tercer lago más grande de la isla, y rodearlo para seguir el camino es la tarea más ardua del día por el momento. Se trata de una epslanada de arena firme y seca que recuerda a un desierto de sal de esos en los que nunca he estado. El sol se refleja en ella y mis retinas se fríen a fuego lento con mis gafas en la mochila. Del suelo salen juncos y de vez en cuando también crecen algunos postes de madera con una flecha que señalan la dirección a seguir por el caminante, pero no el camino. El camino lo marcan las huellas no muy antiguas de un dingo. Parece que las huellas d dingo marcan la historia y un camino en estos últimos días. Salir de un lago me lleva a otro y de allí me vuelvo hacia el lago más grande ea isla. Según las curvas de mi mapa parece que voy a tener una fenomenal vista desde un risco, y según alguna foto que vi antes de partir, también. Pero el camino torna alto y arbolado, y el lago va quedando al Oeste sin remedio, entre los árboles, allá abajo. Sin quererlo ni beberlo (en mi cuaderno aparece “veverlo” tachado y corregido. ¿Estaré perdiendo el español después de dos meses? Que este blog sirva de terapia)... Sin quererlo ni beberlo me planto ya en Central Station. El lago anterior y su zona de acapmpada eran el pan inicial pero me siento con fuerzas para llegar lo más lejos posible y mañana andar menos para coger el primer o segundo ferry de la mañana.

Andando, andando, andndo dale que te pego, todo el rato embobado on los árboles los lagos, las tonterías, pensando en esto, en aquello, en Nueva Zelanda, en otras montañas, en qué vendrá después, en la gente de casa, en nachos con queso al volver a tierra firme... en una de esas me he topado con una cosa larga y con cabeza y boca atravesada a lo ancho del camino. Larga, verde, moteada de camuflaje, preciosa... Todos los consejos que he adquirido en Australia desde que llegué han pasado por mi mente como una lista de la compra enumerada:

- En Fraser no hay serpientes venenosas.
- Si se sienten amenazadas, siendo una pitón, pueden morder, y la mordedura se puede infectar. Ese es el único peligro
- Se ponen en los caminos a calentar la sangre
- Caminar despacio hacia atrás mirándola
- Si muerde, no es venenosa
- El bendaje, de ser vnennosa, se aplica desde arriba hasta la herida para fluir el veneno hacia afuera.
- No caminar solo
- No caminar sin compañía
- No caminar... ¡Ya!

El caso es que durante el transcurso de esos segundos retomando conocimientos he echado atrás dos o tres pasos.

Opción 1: Agitar el palo de andar en sueloa ver si se va, con la distancia suficiente por si en vez de irse, viene.
Opción 2: Pasar or delante de su cara, por el hueco del camino que no tiene cubierto (y una mierda)
Opción 3: Saltarla por la espalda
Opción 4: Salirme del camino. Terraplén por un lado y por el otro. No factible
Opción 5: Volver atrás y acampar en otro lado, salir de la isla en helicóptero, coger un jet privado y volver a casa a llorar con mamá.

Opción 3 parece la correcta. Aguanto la respiración. Vuelvo a respirar, porque se me ha olvidado que el segundo paso era correr y saltar. Vuelvo a aguantar la respiración. Corros, salto y sigo sin mirar atrás. Todo bien. No miro atrás, por no cruzar las miradas y que se sienta invitada a un duelo humano-serpiente. Y todo esto por una pitón no venenosa de 1,5 metros. Cuando vea una de las 10 má venenosas del mundo ya os digo cual es protocolo de actuación: Llorar, llorar y llorar.

He llegad a Central Station. Que no estab en el plan del día, y he comido allí ya sabemos el qué. Y resulta que no hay hay camping, así que próxima parada: Lake McKenzie, como la primera noche Ha sido como encontrarme con un viejo amigo, pero esta vez he llegado mucho más exhaltado después de varios días de integración en la isla. Me he quitado las botas a orillas del lago. Mis pies disfrutan del agua. Mi cuerpo goza con este lago todo para mí. Hoy dormiré a gusto y mañana solamente tengo 7km de vuelta al ferry.

A partir de aquí, solamente quedan días de relax en Hervey Bay de nuevo para retomar el contacto con la civilización. 106 km después y cinco horas transcribiendo el diario, pienso en la hazaña. Me siento vivo.

Lake Wabby . Esas dunas avanzan 1,8 metros al año. El lago está condenado a desaparecer
Amigos

Rodeando el Lake Bomanjin, arduo menester



Lagarto monitor o goana



Monstruosos árboles de 1.000 años. Otra forma de ver historia

75 Mile Beach en Happy Valley

Aeropuerto

75 Mile Beach desde Govi
Woodshed Hostel, en Hervey Bay. El mejor sitio para no hacer nada después de 106km.
Atardecer en Hervey Bay

If only the weather holds (1)

Fraser Island (K'Gari en butchulla, los aborígenes de la isla, que significa “isla paraíso”) era una leyenda en la boca de todos que no podía resistirme a pisar. Es de esos lugares a los que todo el mundo va. Lugares protegidos al alcance de todo el mundo. La aventura que todo el mundo puede tocar. Desde aquel que necesita un resort para sus momentos de descanso, como para esa familia con 4x4 y remolque con casa a cuestas que pasa tres semanas fuera de casa caracoleando. Y una de sus puertas de entrada es Rainbow Beach. Atractivo nombre para un sitio que antes se llamaba “Back Beach” (La playa de atrás). Más llamativo Rainbow.

Salí de Brisbane pronto por la mañana y no tardé mucho más de 20 minutos en que un conductor de pelo teñido, talludito, con una camión de caja trasera fija me agitase la mano para que subiese. Sucia. Vieja. 80Km/h de media. Suficiente. Jockey de caballos hace 30 años en Noruega durante tres años, jockey en Nueva Zelanda. En toda ciudad por la que pasamos en una hora había vivido o conocía a alguien. Allí había un hipódromo. Allá lo sigue habiendo. Más allá gané. Un caso interesante de un tipo que al preguntarme por mi piercing de la nariz hizo el gesto de arrancármelo. De un tipo que al preguntarle por qué hace 47 años decidió emigrar de Nueva Zelanda a Australia su respuesta fuera porque en Australia había menos inmigración. Un tipo curioso, cuanto menos.

Bajada de camión en un desvio que me lleva a andar por la autovía hasta la incorporación a la misma del mismo devío. Más allá hay una gasolinera, pero aquí hay suficiente tráfico. Diez minutos y alguien sale al arcén en un flamante Saab 93 granate. Un brazo blanquito, pequeño y delgado se agita por la ventanilla. Corro y se presente Monika. “Soy Monika. No me vas a apuñalar ¿verdad?”. Soy su primer autoestopista. Noruega emigrada a Australia con su familia a los doce. Parece que es el día de Noruega.

La conversación y dos horas de viaje me llevan a pensar que si ella va a Hervey Bay, yo también voy para allá. Es otra puerta de entrada a Fraser Island. Los planes, para cambiarlos. Comemos juntos al llegar y acabamos en el mismo hostel. Woodshed Hostel. Si en algún momento consigo permiso de trabajo en este país, después de Nueva Zelanda, me vengo aquí de cabeza. El paraíso al lado de la Isla Paraíso. Una noche bonita.

Al día siguiente es tiempo de preparación para la aventura del momento. Siete días en el paraíso solamente con lo puesto y la mochila. Me decido a hacer todo y ponerlo en marcha para salir el viernes. Compras, permisos, reservas de ferry... Todo en orden. Estoy nervioso. Duermo poco. Es algo grande. Apartir de aquí, en la mayoría copiaré mi diario, mi compañero de viaje junto con “The Beckoning Silence” the Joe Simpson.

DÍA 1 Kingfisher Bay – Lake McKenzie (14km aprox): Al llega rodo se muesra com Parque Jurásico. Tengo la impresión de ver los mimos jeeps dirigidos por gente del parque o por compañías, llenos de gente que desea visitarlo. “Aquí un T-Rex, aquí un velocirrapor”, solo que aquí trata de una isla de 750.000 años creada por las corriente de la costa Este de Sur a Norte, que arrastrando sedimentos la han creado. Es la gran protectora de las grandes corrientes para la Gran Barrera de Coral. Sin su creación, la Gran Barrera de Coral no existiría. K'Gari (Fraser Island) es la isla de arena más grande del mundo. En la arena no suele crecer nada, pero con la ayuda de una bacteria la tierra es fértil y ha dado lugar a algo inaudito. Una selva y muchísima vegetación. Hay hasta setas.

El día comienza saliendo del masivo centro de interpretación-resort-información, donde he obtenido mi permiso de campista para seis noches. De ahí para adelante podré alterarlo. Tengo billete abierto de vuelta. No worries! Pero el permiso ha costado un poco, aunque aquí la atención al cliente es especialmente amable y... vaya, que de verdad atienden al cliente. Me dispongo, guiado por mi mapa, a salir de ese centro y camino por la costa. Diversas arañas cruzan el camino, y un lagarto monitor se cruza en mi camino y sube a un árbol, siendo mi primer “dinosaurio” avistado. Son una especie de dinosaurios en realidad.

Para el primer día, sin calentamiento, el caminar por un fondo de arena de playa, aunque cubierto por hojas caídas que hacen que sea algo más estable y menos movedizo. Ecl tobillo derecho está resentido. La mochila pesa como un muerto o dos. Me he cerciorado de llevar solamente lo necesario, pero sigue siendo lo necesario para 7 días. Manzanas, barritas de muesli y fideos chinos instantáneos. Muchos. Agua en el camino. Pero la llegada al que es mi destino final del día, el Lago McKenzie (Boorangoora), lo cura todo. Aguas cristalinas de agua dulce acumuladas por la lluvia sin afluentes, porque obviamente una isla creada por sedimentos no tiene acuíferos.

En la zona de acampada hay un grupo de jovenzuelos. Los habrán depositado los padres para que acampen. No llegan a los 18. Y las 18.00 tampoco llega cuando empieza a llover. Los primeros noodles se cocinan dentro de la tienda. Me ha dado tiempo a asentarme, bañarme en el lago, tomando conciencia de lo que serán las duchas de los próximos días. Eso mismo, baños en los lagos viendo atardecer. No puedo explicarlo con palabras. Un sentimiento de atractiva soledad y primitivismo que me devuelve a un estado anterior del ser humano. Muy profundo, pero muy cierto. Será el primer día, el cansancio, la lluvia que no cesa... A las 19.00 creo que es la última vez que he mirado el reloj.

DÍA 2 Lake McKenzie-Lake Wabby (15km aprox): La mañana nos regala más lluvia cuando pretendía recoger. Hoy parece que tengo más energía. En algunos momentos río y sonrío solo de la emoción del momento, cosa que ayer no. El camino de ayer tampoco lo merecía tanto. Hoy he visto los árboles más grandes que nunca he visto. El Lago al que me dirijo lo utilizan los butchulla como pila de bautismo para los hijos. Dicen que hay sirenas que te llaman y te atraen a las profundidades. He tenido la suerte de encontrar a un “ranger” (guarda forestal) que me ha explicado todas estas cosas. Cómo era el lago, cómo son los butchulla, porque el nació aquí. Él es butchulla. Me dice que le gusta la gente como yo, que explora la isla andando, para así sentirla de pleno. Si yo cuido la K'Gari, K'Gari cuidará de mí. Algo de lo que me daré cuenta más tarde.

Ahora, mirando alrededor, a las 17.15 con la última claridad del día, sonrío y digo “esto es lo que he venido a hacer”. Oyendo de fondo pájaros y lagartos reptando el suelo, es aquí donde quiero estar. “If only the weather holds”. “Solamente si el tiempo aguantara”. Lo único que tengo que hacer es ir a por agua y hacer la cena. El agua en los servicios es de un tanque de lluvia. No se sabe cuanto lleva ahí estancada. A veces es más amarilla. Tengo pastillas purificadoras. Me hace gracia el nombre. Son pastillas beatificadoras. Pastillas evangelizadoras de agua. Me recuerdan al anuncio aquel que decía “La llama. Te purifica! Andá llama, purificálo!”. Para cuando termine mis tareas la luz se habrá esfumado y mi frontal y yo leeremos un capútulo más de Joe Simpson, estudiaremos el mapa por enésima vez para ver que efectivamente vamos al Valley of de Giants (Valle de los Gigantes, por sus árboles).

Acepto que esto se me ha venido un poco grande, pero empiezo a verme inmerso en esta aventura. Hay sitios donde comprar más comida. No worries!

“Haz lo que quieras con tú vida. Yo haré lo que quieras con la mía. Y, al final, todos nos veremos en el cementerio”

El sonido de la soledad es estremecedor

DÍA 3 Lake Wabby-Valley of Giants (16,2km): El da comienza con más optimismo, aunque con una larga traveía que afrontar. Sigo tenéndo miedo al agua. Simplemente un cierto recelo y sensación de incomodidad al estar mojado. Esa sensación de pegajosidad en mi cuerpo me es extremadamente incómoda. Tanto, que a ratos odio esta trávesía por lo húmeda que es. Múy húmeda. Sudo como no la había hecho hasta hoy.

Pero mi miedo al agua viene de mi miedo a que llueva. A que me empape andando. A llegar mojado y... otra vez, a la incomodidad. Luego me siento, o al menos mi cabeza se asienta. Yo sigo andando Mi cabeza, sentada, reflexionando, piensa. Piensa que nada cambia el hech de la lluvia en mí. Solamente algo de prisa por montar un lugar. Desplegar el campamento. Poner la comidad a salvo de los dingos. ¿Dónde? Colgada de un árbol. Las zonas de acampada tienen cofres para guardar la comida. Nunca dentro de la tienda.

Bien, el día comienza así, pero en realidad me dirijo, entre los árboles que me ocultan del sol, pero no de la humedad, hacia un nuevo lago. El sabor de los fideos Magi llena todavía mi boca. Hoy habrá que tener cuidado con el agua. Hay que aguantar todo el día de hoy y la mitad de mañana. En mi parada en Valley of de Giants no hay posibilidad de rellenar.

En este terreno , con esta humedad y este suelo de arena de playa todo el rato, aunque cubierto de hojas en su mayor parte, la media de km/h se reduce. El calor también reduce ese ratio. A más calor, más paradas, más fatiga. Igualmente, también he notado que a medida que me hago con el terren y el ecosistema, también sube el ratio de cara de felicidad por hora. Esto quiere decir que el primer día me encontré con un alarmante estado de mala leche y recelo hacia lo que me encontraba. McKenzie deshizo cualquier malhumor anterior con un bonito baño y una buena comida (fideos). Pero llovió durante toda la noche. En comparación ahora es mucho mejor, que cuando canse cojo caminito de vuelta, pero mi emoción crece cada día. Y la cómoda incomodidad de la humedad y la lluvia también.

Viniendo desde Wabby he gritado alarmado por mi torpeza unas cuantas veces, otras cuantas por las moscas, y por una mosca en particular que era del tamaño de una uña, muy gris, con los ojos muy rojos. Me rondaba zumbona. Muy zumbona porque su tamaño era muy exagerado. Muy alarmado porque en un momento he sentido un picotazo en la pierna y, de lo fuerte, he creído que era un tábano. Pero la misma mosca ha salido zumbando. Era ella. No sé, ni lo quiero saber, pero no ha dejado marca y no duele. Hoy he visto, subiendo el récord, lo árboles más grande que he visto nunca. Al menos los más grandes que recuerdo. La memoria para esto es selectiva y te hace verlo todo más grande que nunca.

Cuando ya estaba llegando a la acampada de Valley of the Giants el cielo ha empezado a dejar caer una fina lluvia. Me he encontrado a mí mismo, como otras muchas veces, hablando a algo. Es lo que tiene esta tan apreciada soledad. A veces hablas solo, a veces hablas con las cosas, y muchas veces no sé si he hablado en alto o solamente lo he pensado. Pero esta vez estaba hablando en alto, a la isla o a quien quiera que sea el dios de la metereología o la lluvia. A quien quiera que regula las nubes y los claros. A quien quiera que yo le haya faltado al respeto para traerme un aguacero a un kilómetro de mi llegada. De acabar mi día. Y le he dicho: ¡No! ¡Dame dos minutos de tregua! Y después me he dado cuenta de que eso era poco, y me he arrepentido, y también en alto he dicho “Bueno, ¡20! hasta que llegue y ponga la tienda”.

De repente el aguacero ha parado y yo, sintiéndome algo más parte de esta isla, he caminado más contento. Pero mi gozo ha durado dos minutos, hasta que el aguacero ha comenzado con más ímpetu. Ha debido de hacer caso a mi primer ruego, a mi primera plegaria. A la segunda ya había colgado. Tendrían que poner un cartel: “Por cada senderista es necesario un permiso de acampada por noche. Se recuerda que los ruegos se reducen a uno por día. De ser necesarios más, deberan dirigirse al Cuartel General de los Rangers – Queensland Government”.

El caso es que me he calado bastante. De esa mi ropa nunca se recuperó. Y entre improperios he montado la tienda y me he echado la siesta. Me han despertado unas voces. Las primeras desde que ayer abandoné la playa de Wabbi. 24 horas sin nadie, y me han despertado de la siesta. Mojada, pero siesta. Una amable familia me ha saludado. Yo, en la puerta de mi casa, en gayumbos, con una cara de sobado que alucinas, he gritado “people!”. Llevan 15 días en la isla y la han visto enterita. Me han dado a enhorabuena. En dos días, si me ven por la playa andando hacia el sur, a lo mejor e hacen un favor y me recogen con el coche. O con una pala. Eso, y el descubrimiento de un váter (ya digo que he llegado, he montado, y me he echado la siesta...) me han llevado hasta el anochecer (oscurecer).

Son las 17.30. Ayer me acosté a las 18.00. Hoy creo que no le anda lejos. Al ir a coger la almohada (funda de saco rellena de gayumbos, calcetines y una sudadera) e encontrado una sanguijuela en mi talón. Me ha deido estar chupando un buen rato, porque estaba gorda la cabrona. Como un boli Bic. Larga como el capuchón del boli. Un buen enjendro he alimentado y creado yo mismo. Recuerdos de Laos en mi cabeza. Saldremos de esta, lo más seguro.

“If only the weather holds...” Eso dijo Andras Hinterstroisser antes de subir el Eiger, al fotógrafo. Desgraciadamente para el y para Kurz, el tiempo no aguantó. Pero esa solamente fue una de las razones para el desastre.
Solamente si el tiempo aguantara...
Solamente si el tiempo se parara...
Si se parara el tiempo, solamente...
Si solamente el tiempo se parara...
Si solamente se parara el tiempo...
Si el tiempo se parara solamente...
Si el tiempo solamente se parara...
Si se parara el tiempo...
Si se parara solamente...
Si se parara...

Es espeluznante escuchar todo lo que pasa más allá de esta lona. Un leve chasquido de una leve corteza de árbol que cae al suelo, a la que una vez caída golpea un fruto del mismo árbol. Para mí, un dingo hambriento. Ahí fuera, nada más que un gruto maduro. Después de la lluvia los sonidos se multiplican. Los árboles crecen, y con ellos sus troncos y sus ramas. Parece que puedes oir sus hojas crecer. La suave brisa las mece. Y ellas, con su ronrroneo, te mecen a tía también. Un par de grillos. Las cacatúas ya se cayaron con la caída de la noche. Solo un par de grillos y un pitido constante de fondo, muy suave, somnoliento, de algún otro insecto. Y,, por lo demás, y los árboles en el único momento del día en el que se les permite hablar y se les escucha. ¿Es la noche un momento del día? Eso es una paradoja.

Haciendo recuento mentar continuamente. Toda la comida en el baúl todas mis cosas en el baúl. Agua, libro.... nada más conmigo. ¿Saco de dormir? Sí, debajo de mí. Debajo de todo mi cuerpo tumbado. ¿Ruidos? Fuera. ¿Tranquilidad? Dentro. Un pájaro echa a volar y el batir de sus alas es, en volumen, lo más notable en ese momento. Como alguien sacudiendo cartones. Evoco sentimientos de peligro cuando no hay peligro ninguno. Simplemente lo desconocido y la oscuridad. ¡Ah sí!¡Pilas! También aquí conmigo.

Hoy, si cabe, tengo el sentimiento de encontrarme aún más remoto a todo. Aun más olvidado. Aun más rodeado. Una especie de buho nocturno se une a mis reflexiones. Para él una noche como troa cualuiera. Los árboles no dejan de desprender hojas, frutos, ramas que me acobardan a cada instante. La herida creada por la sanguijuela ha dejado de sangrar. De una de estas no te desangras. No es cabe tanta sangre pero lo que hacen es inyectarte un anestésico y un anticoagulante. Asñ solamente te das cuenta de que está ahí cuando la ves. Y al quitarla el anticoagulante sigue haciendo efecto, así que hay que hacer presión constante sobre una herida diminuta. Ya está todo bien. Antes se utilizaban para que las heridas abiertas en una operación no cicatrizaran. Luego se extrajo la fórmula del anticoagulante y la anestesia, que todavía se utilizan.
Y ahora recuerdo una frase de Tom: “Si lo vas a hacer, deja tus miedos en la orilla”. Refiriéndose a los tiburones, lo que pase es inevitable. O dentro o fuera. Pero los miedos siempre fuera. Es una buena forma de verlo. Si entras, con todo. Si no, vas a estar temiendo constantemente. Adelante con las decisiones, aunque es cierto que en ocasiones no sabes bien lo que has hecho hasta que estás dentro, y hay miedos que te llevas contigo y afloran dentro. Es el momento de vencerlos in situ. Dejarlos pasar por la cabeza tantas veces como vengan. Pero normalemente los miedos que tenemos son a cosas que no controlamos, por lo que lo único que lo solucionarías es sobreponerse o no estar ahí. El caso era claro con las playas y los tiburones de Tom. Si estás dentro y ocurre, nada que puedas hacer. Lo único que puedes controlar es quedarte fuera. Pero de verdad quieres estar dentro. Solamente es cuestión de probabilidad. O de tener colgado un filete del bañador.

Valley of the Giants

Mc Kenzie Jetty

McKenzie Lake

¿Un níscalo?

Como en casa



martes, 14 de abril de 2015

El viaje en el coche de un "bogan" (y su hermano)


La salida de South West Rocks fue algo más hacerosa y duradera en el tiempo de lo que fue cualquiera de las anteriores. Obviamente, también opté por ejercer la ardua tarea del autostop. Me gustó el hecho de que Jess, indudablemente aunque domingo, me llevase hasta aquella gasolinera de mala muerte. Me parece que de no haber sido así, estaríamos hablando de un nuevo empadronado en South West Rocks y de un nuevo inquilino en casa de Jess.

Dos horas esperando, buscando la sombra bajo el Sol australiano, y siendo atacado durante bastante rato por las pesadas moscas australianas. Esta variedad intenta buscar algo en tus orificios faciales, sean boca, oídos o nariz su objetivo, estás perdido. En el libro “En las antípodas” decía que cuando te empizas a menear con las manos para arriba y para abajo le llaman el saludo australiano. No hubo mucho que sufrir, de todas formas. Me acodé de aquel sombrero color verde camuflaje. Un sombrero al estilo “cowboy” con ala plana, del que colgaban diversos cordones a lo largo del perfil del ala, con corchos al final de cada cordel. Esto hace que con cada ligero movimiento de tu cabeza lo cordeles y corchos se tambaleen como una piñata, para así espantar los insectos. Parecía una tontería cuando nos lo regalaron como souvenir en Madrid, pero 20 años después lo hubiera deseado desesperadamente.

Siempre, al hacer autostop, te vuelves un poco más loco. Locura transitoria del autostopista que consigue en hablar solo o en hablar con los conductores, copilotos y demás acompañantes aunque tengan el cristal subido. Aunque no te estén ni mirando. Aunque el coche esté vacío... El síndrome incluye discutir contigo mismo sobre si el siguiente coche te cogerá, el porqué, el porqué no lo hizo el anterior... En una conversación (en voz alta) conmigo mismo sobre la posibilidad de que la siguiente monovolumen Toyota negra con los cristales tintados me diera un “lift” (como se dice aquí), paró y una ventanilla bajó. Verán el lector y la lectora que voy a extendenderme en el relato de este trayecto, pero es que se trata del más interesante por el momento. Como comentaba, como copiloto hay un tío grueso, con cara de faltarle un hervor, con una sonrisa asustadiza, que a mi pregunta de “Hasta dónde van” no me responde. Más allá del gordo, y del freno de mano desaparecido tras la inmensidad de este, se ecuentra un escurridizo rubio de unos cuarenta, bañador Billabong, gafas Oakley, pendiente y tatuajes talegueros. Nos cruzamos tres o cuatro frases por las cuales entiendo que van para allá, porque termina con un “jump in the car, mate” (métete al coche, colega). Un buen tipo con un buen acento. Entiendo la mitad de lo que dice. Pero se va a tratar del mejor trayecto del que he sacado una banda sonora incluida, porque la música que llevaba no tenía desperdicio, sin ánimo a ironías. Era, sencillamente, impecable. Apunté los nombres de todas las canciones que iban saliendo en el reproductor. Todas las que me gustaban. He creado una banda sonora de ese viaje que no paro de escuchar. Se llama “SWR to Brisbane – A lift in a bogan's car (South West Rocks a Brisbane – Un viaje en el coche de un paleto).

“bogan” se refiera a toda persona del campo que desconoce cualquier otro idioma, que desconoce que ni siquiera exista, que odia a los aborígenes porque todo el mundo los odia, cuya vida es el campo... Bueno, creo que “paleto” le hace justicia como traducción. Pero, más allá del significado de bogan, gracias Steve por tan amable y apacible trayecto, aunque el hecho de que hubieras hecho 8 horas para llevar a tus hijos con su abuela, hubieras descansado una, y hubieras conducido otras tres en el momento que me cojiste, pues no me tranquilizaba mucho, la verdad. Pero entre eso, tu hermano el gordo y la cantidad de latas de redbull por el suelo, yo ya estaba dentro. Gracias por la música (Más abajo dejo una copia de la lista):

George Ezra – Blame it on me
Outlaws – Green grass & hide tides
Dr Hook – I sot stoned and I missed it
The Angels – Take a long line
The Guess Who – This eyes
The Queen – Another one bites the dust
Black Sabath – Paranoid
Foreplay – Long time
ACDC – You shook me all night long
Cindy Laumper – Time after time
The Cream – Crossroads

El padre de Steve era camionera y, cómo el dice, no es para mucho el conducir como el conduce teniendo en cuenta que desde los seis años se iba con su padre a hacer rutas, y desde los 12 recuerda coger el camión. Pero no para aparcarlo, si no para hacer kilómetro a la orden de “Tú pon el crucero y todo recto hacia el norte. No te salgas. Me voy a echar una siesta”. Supongo que da igual que tengas doce que treinta y dos. En medio del desierto no te quieres salir de la carretera para que se te coman el sol y los dingos. Para este tipo de cosas se hace autoestop. Para conocer a más que personas con iphones y ipads en autobuses. Para conocer a Steve y a su hermano, que le reconece que al principio estaba asustado. Steve le dice que él y su padre lo hacían constantemente, coger autoestopistas con el camión. He de decir que a éste no le he mencionado nada sobre Ivan Milat.

Después de eso, Brisbane me ha dejado un sabor de boca agridulce. Viniendo de un pueblo de 4.000 personas y haber pasado allí una semana no es lo mismo que visitar un Brisbane de 2 millones en un hostel. Un hostel lleno de alemanes y franceses, todos con trabajo o buscando trabajo y que ya tienen su propia familia aquí montada. Las relaciones son algo distantes, raras... Bonitos paseos y bonitas fotos de la ciudad. Dos días. Mañana huyo. Lo siento Brisbane, otra vez será. Hecho de menos la naturaleza.

Una ciudad donde no hay tantos ciclistas como en ACT, pero que tiene lustrosos grafittis sobre ellos
Delante del parque de bomberos


Victoria Bridge

Me estoy empezando a interesar mucho por los jardines botánicos. Un buen sitio donde pasar el rato sin calores y relajado. Y son gratis

Kangaroo Cliffs son unas paredes de roca donde la gente escala. Se me han puesto los dientes largos...


Stork Bridge desde Eagle St Pier - Un ferry gratuito recorre cada media hora el río


Encuentra el lagarto

Extraña flor

Encuentra la mariposa

Encuentra la rana de dos centímetros

Una panorámica desde Mt Coot-Tho

Desde William Jolly Bridge, un bonito skyline de Brisbane

Buscando un atardecer, que hacía ya mucho