domingo, 13 de marzo de 2016

Mt Alta 2339m


Sentado en un merecido descanso se me ha hecho de noche. Poniéndome en contacto con gente que hacía tiempo que no ponía al día he ocupado las últimas horas del día, y se me ha hecho de noche viendo este lago y estas montañas que siempre han estado aquí y siempre, o durante un buen tiempo, estarán aquí. Y por fin comprendí de nuevo que es eso precisamente lo que de nuevo me hacía falta. Una nueva aventura. Ha habido diversos fracasos, por llamarlos de alguna manera, aunque no sean más que misiones no finalizadas, las que me han dado poca confianza y me han tirado para atrás. Las que me han cortado las alas un poquito. La escalada no me estaba dando lo que solía, y el tiempo no se ha portado muy bien en las últimas dos o tres semanas.

Así que con una misión en el mapa, las nubes colgadas sobre los picos y las 8:00 en mi reloj me grité a mí mismo hacia adentro, fuerte y contundentemente, que ya bastaba de gritarle “basta ya” a las nubes desde mi cama. Esta vez iría allá, y si no me dejaban pasar, se lo diría a la cara. Esta vez no quedaría en mí no intentarlo. Esta vez sería de verdad ellas, cara a cara, las que tuvieran la última palabra. Confirmé todo este acto con mi amiga Steph y me dijo “las nubes van a estar ahí. O no. Ya sabes cómo es el tiempo aquí. Si llueve, planta la tienda y ya escampará. Ninguna misión es fallida, si no el calentamiento para la siguiente”. Esto no es que todo lo dijese ella, pero siempre queda bonito en un relato poner palabras en boca de otro u otra para que en este caso ella quede como la filósofa de la historia. Que no voy a ser siempre yo. 

Con esas conduje mi coche hasta una granja donde se acababa el camino que tenía intención de seguir. En el mapa, y en mi mente, una ruta trazada. En un par de blogs de montañismo, una un poco diferente. Pero el acceso a la mía resultaba más fácil, y más aventurero, y suponía caminar la cuerda entera de la cordillera que pretendía llevarme hasta la cima de Mt Alta. Dejé el último váter asiento para mis posaderas a las 8:30 de la mañana, con todo listo sobre plan, a los veinte minutos ya estaba atravesando matas, matojos y arbustos en la búsqueda de las colinas y arroyos que me llevaban a buscar la primera cima de 1.500 metros, parte de la cuerda que iba a hilar el conjunto de pequeños picos que me deberían llevar a destino.

Los acercamientos siempre son lo más aburrido de las misiones largas. Las dos o tres primeras horas siempre son un poco tostón, porque nunca deparan nada nuevo más que hierbajos y diversos charcos que cruzar. Pero esta en particular no se me estaba dando demasiado mal. La conversación con las nubes en las cimas no estaba siendo demasiado fluida, y para las 10:00 todavía no había conseguido estrechar una noble amistad con ellas para que me dejaran paso hacia ese olimpo llamado Buchanan Peaks. Habiendo ya rodeado una colina llamada Lookout Hill, desde la que me dejé embelesar por las vistas del pueblo donde ahora resido, y dándome de narices contra la pared del “esto tiene todo el sentido del mundo. Por esto y mucho más estás aquí”, seguí con una sonrisa en la cara. Y la sonrisa, entre hierbajos secos y puntiagudos, se me agrandó al ver que un pequeño pantano glaciar que aparecía en el mapa también aparecía en la realidad. A veces estos mapas son de hace varios años, y con el calentamiento global los glaciares y los lagos no son lo que era, porque ya no quedan residuos después del deshielo posinvernal. Pero esta vez había, y agua de sobra para llenar mi botella. Agua de sobra para aguantar durante otro ratito. Aunque al sentarme a orillas del lago, contemplar la vida, los reflejos, los vientos y las complejidades de la meteorología, y darme cuenta de que las nubes me habían dado tregua, fue entonces cuando me di cuenta de verdad de que la misión “Mt Alta” estaba en curso.

 Puse el mapa sobre una roca, echando mucho de menos un compañero o una compañera de viaje para fotografiar la escena, y me propuse la película que yo mismo iba a dirigir. Como libreto un mapa y como guión una línea imaginaria. Como personaje principal, yo mismo, enamorado de una aventura llamada Mt Alta. Como secundarios, todos los picos que me encontraría en el camino, las lagunas, las piedras y las vistas que me alegrarían o me obstaculizarían el camino una y otra vez. El final de la historia: todavía por escribir.

Desde ese laguito tardé aún un poquito en montarme a lomos de la cordillera que me cabalgaría poquito a poco. Retomando las palabras de Joe Simpson, me iba poniendo metas cortas. Mi altímetro y el mapa, a veces en papel a veces en la memoria, me trazaban las pistas y los objetivos. La siguiente meta era un Pico de 1.800 y algo metros; Luego vería el 1905 metros; de ahí al 2004 metros con una antena en su cima; de ahí una bajada enfilada a 1.700 y algo metros que me daría carrerilla a otro 1.800 y algo. Todo eso estaba en mi cabeza. Metas cortas sin nombre, más que números como referencia. Pero cuando conseguí destronar a las nubes que coronaban aquel risco que hacía de límite entre la tierra y el cielo, fue entonces cuando todos los planes quedaron eclipsaron por todo lo que hacía allí y el porqué. Desde ese punto, el más alto del días hasta el momento, pero el más bajo de las próximas veinticuatro horas, me daba la perspectiva de la hazaña. Vistas infinitas de toda la cuerda de la cordillera que debería atravesar en ese día. Fue entonces cuando vi la magnitud del guión que tenía entre manos y decidí trazar un plan de acampada. Eran ya cerca de las 12.00 y desde luego que no contaba con ninguna posibilidad de llegar a la cima en ese mismo día. Y si lo hacía sería una estúpida idea, pues el acampar a esa altura sería congelarse sin fuente de agua. El mapa revelaba unos lagos después de una vaguada que sortearía a mi paso. Significaba descender para acampar, pero esa sería mi base. Al día siguiente vuelta para arriba, con menos peso, en una expedición de día a la cima de Alta y vuelta. Ahora había un plan, una ventana de aire limpio y sin nubes, y mucha disposición a devorar el mundo y saludarlo desde arriba.

A partir de ahí, nada fue como antes. Las hierbas dejaron paso a las piedra y a las rocas. El esquivar matojos dejó paso a esquivar torres de piedra como las Buchanan Peaks y otras muchas que me encontraría en el camino. A ratos escalando, a ratos caminando, y sin tiempo para aburrirme. La música es el eterno aliado que me da alas. El chocolate y los frutos secos la gasolina. La mejor de las bandas sonoras me catapultaba hacia arriba y me frenaba en las cuestas abajo. Y así, con los diversos altibajos, que ya no eran motivacionales, si no físicos, llegué al punto de inflexión del plan: Acampar.

La acampada suponía el no haber subido a Mt Alta en un día, pero ese era un plan muy generoso. Acampar antes de las tres, subir y bajar, y dormir en la tienda, eran metas muy elevadas. Desde la cuerda de la cordillera vi el lago, y decidí que era decisión acertada descender unos 100 metros, a medio camino entre el lago y la cuerda. Una posición cómoda para bajar a por agua y subir con ella, y u punto que potencialmente no me llevaría a la pereza para al día siguiente afrontarlo de vuelta, eso sí, con menos peso, para retomar la andadura a la cima. Luego ya me cagaría cuando por la mañana me tocó bajar a por más agua, obviamente, porque no solo de frutos secos y chocolate vivo, y los fideos chinos instantáneos necesitan H2O para hervir. Con la tienda montada y con agua el descanso se hacía inminente. Diez horas desde que dejé el coche.

Me desperté a las 20.30, desorientado, en mi tienda, con una necesidad imperiosa de saber qué había pasado. Lo que había pasado es que había cenado, me había recostado, y me había dormido. Abrí la tienda esperando un atardecer, y me encontré una explosión de luz que reflejaba sobre Mt Aspiring, Mt Rob Roy y Mt Avalanche un naranja en sus eternamente heladas cumbres. Giré mi cabeza desde la puerta de mi tienda y miré hacia donde el Sol se debía haber caído al vacío, explotando en un sinfín de nobles colores que dejaban un cielo pintado de calma. Y en la calma, una Luna que quería crecer por haber sido nueva el día anterior. Un rasgo de blanco en aquellos naranjas… Un Kea, el pájaro-loro que todo se lo come, me despertó con su graznido. Estaba sobrevolando la zona, y me despertó. Me había quedado dormido observando la puesta de Sol, que recuerdo entre sueños, y nunca sabré si fue real, pero fue la más bonita que recuerdo en mucho tiempo. Y quedó en eso, en un recuerdo, donde la vida es sueño y los sueños sueños son. O al revés.

Al día siguiente desperté con unas ganas inmensas de combatir contra viento y marea toda esa parafernalia que había llevado hasta allí y darle forma y motivo, por lo que al contrario de lo que mantenía antes de irme a dormir: “He subido aquí para las vistas. Ya las he visto. Mañana me vuelvo”, ahora nadie me pararía hasta subir a Mt Alta. Bajé a por agua para el café. Cargué la mochila con no mucho y me dispuse a enfrentarme a aquello que me daría alas. Las alas que se requerían para sobrevolar todas aquellas pequeñas cimas que hilaban la cuerda de unas montañas que encaminaban a Mt Alta. todo ese conjunto de piedras, rocas, y algo más lejos árboles, ríos y glaciares, materiales que han estado ahí mucho antes que yo, y que no son más que formaciones naturales. Todo eso, y el hecho de poder sobrevolarlo con los sentidos. El poner un pie delante del otro una y otra vez y hacerlo de manera continuada. El sentir el cosquilleo de los pelos de punta el saltar de una piedra a otra. El emborracharme de agua, de aire y de cielo. El hablar con Mt Aspiring cara a cara. Todas esas estupideces me hacían feliz, y me hicieron feliz al ascenderlas y me hicieron feliz al descenderlas. Y cuando caí del lado de las montañas que me ocultaban Mt Alta para dentro de mucho tiempo, me sentí feliz y triste de haberla conocido en persona. Llamadme simple, pero soy feliz con rocas, ríos y demás. Y me alegro de que esto me contente. Y el contento me dura luego una semana. Así allí, en las alturas, me puse de nuevo en la perspectiva de lo simple que puede ser mi vida, o de lo simple que puedo hacerme feliz. Fue un chute de adrenalina que de nuevo me llevó a situarme en la vida. En mi vida.


La vuelta fue un cúmulo de resbalones, caídas, revolcones (esta palabra siempre me recuerda a polvorones), y muchas, muchas, muchas palabrotas, hablando mucho con las plantas que me hacían tropezar, y decidiéndome por mi nueva planta menos favorita del mundo. Aciphylla Aurea es su nombre, y se la conoce también como La Española Dorada. Lo acabo de descubrir buscando en Google “planta alpina con pinchos Nueva Zelanda”. Bien, buscadla u veréis que hasta su flor es agresiva. Siempre estás en los sitios que menos te lo esperas. Después de tres horas de gritos y alaridos llegué a la pista forestal que me llevaría, después de tres horas, a mi coche, teniendo que cruzar la granja que no quise cruzar a la ida, y en la que descubrí que las aventuras puedesn ser excitantes hasta el último minuto. Tuve que encender mi frontal para combatir la oscuridad que la poco luminosa Luna me dejaba. Me decidí por seguir camino hasta llegar a la granja. Una vez cruzada la que parecía la penúltima verja unos perros empezaban a ladrar cada vez más cerca. Mis baterías se estaban muriendo. Y las de la linterna también. Fue entonces cuando los perros parecía más cerca que nunca y, error, al alumbrar a la orilla del camino vi dos docenas de ojos mirándome. Di la vuelta y corrí hasta la última verja y la crucé de nuevo. ¿Acampar y esperar al día? Yo quería una buena cena. Quería volver a casa… Crucé la verja de nuevo y al son de “nada te va a pasar” llegué a la granja. Los perros seguían ladrando, pero a una distancia prudente, probablemente atados o en algún recinto. Poco a poco en la oscuridad divisé una ventana que deseé que fuera la de la casa que vi el día anterior. A la derecha un par de cobertizos cuyo tractor me resultaba muy familiar. Era la granja que había visto el día anterior. Mi coche, a más tardar, estaría aparcado a diez minutos. Misión cumplida.

En rojo el primer día. Acampada. En morado hasta Alta el segundo día, vuelta a la tienda, y bajada hasta la vereda del Matukituki

Y en un lago vivo yo...

Good morning, Aspiring y demás...

Toda esa cuerda de montañas, a la izquierda del todo el 2004, a la derecha del todo, con algo de hielo, Mt Alta. Al fondo Rob Roys Peak, Mt Avalanche y Mt Aspring


Buchanan Peaks

Avalanche y Aspiring desde la lejanía




Desde los más alto de la más "Alta" torre