Nueva Zelanda se encuentra entre la Placa del Pacífico (la más grande el mundo) y la Placa Australiana. Eso significa que estamos en la mitad de todo el meollo. El tema es que si el meollo pinta feo y hay movimiento, Franz Josef está en una de las zonas más afectadas, por estar en los Alpes. Sí, estas montañas se llaman “Los Alpes” porque el europeo que los vio la primera vez dijo “Yo he visto algo parecid en Europa y se llaman Alpes, y como creo que no hay ningún francés, italiano, austriaco o suizo por aquí para sentirse herido por la copia, les llamaré Los Alpes a estos también”. Probablemente un inglés o un holandés, que ya sabemos que no tienen grandes montañas que plagiar con sus nombres, aunque tienen muchas personas que dieron nombres a ciudades de aquí. Bien, en lo que a terremotos se refiere Franz está en una falla que pasa por debajo de nuestra calle. De hecho, la cuesta abajo de va de mi casa al bar es el desnivel que hay entre plaquita y plaquita. Dicen que estas plaquitas de Franz Josef deberían moverse cada 300 años, según datos geológicos. No lo digo yo, lo dicen la cienca y más importante aún, los medios... Y más aún, Facebook, que el último gordo fue hace 298 años. Eso quiere decir que... Sí, terremoto dentro de poco. Os dejo este artículo de noticias que tiene mucha gracia si te sabes las tiendas del pueblo, porque sobre la falla están la policía, el super y la gasolinera.
El plan de emergencia es coger una mochila naranja de supervivencia y primeros auxilios y la lista de alojados, tirar de la alarma y correr hacia la pista de despegue de helicópteros, que está fuera de la falla (y del riesgo). La mochila es muy guay. Ya la hemos usado porque nos hemos cortado los dedos cortando cebolla para la sopa. Pero no tuvimos que usarla cuando hace un mes hubo un terremoto de verdad. Sí, sí. Estábamos durmiendo y a las 6.30 nuestra casa de papel de los tres cerditos nos despierta moviendo las caderas al ritmo de haka maorí. Fue tan chachi que mi puerta se abrió. Fue un 4,5 richter con epicentro 30km de aquí. El novio de Sarah estaba por aquí esos días. Yo creía que estaban teniendo una noche loca y me volví a dormir.
Nuestro río Waiho con su falla por debajo
La super falla es la causa de que exista Nueva Zelanda
Hace
dos años empezó toda esta andadura mentas sobre un traslado
temporal a Nueva Zelanda. En diferentes salones, teléfonos móviles
y tablets hemos podido explorar juntos las maravillas de un mundo que
se abría solamente interactivamente. Aquel lago Wanaka con un pueblo
de idéntico nombre a sus orillas se encuentra a tres horas y media
de Franz Josef. Un sitio perfecto para ir de fin de semana. Y más si
me dan cama gratis en YHA.
Así
que saliendo de currar a las cinco de la tarde, y habiendo funcionado
el cartelito que he puesto en la chimenea del hostel anunciando mi
falta de compañía en el viaje, emprendo camino con una chica
alemena, su bicicleta, un chico suizo y una chica que recogemos en el
pueblo siguiente. Se hace de noche en seguida, y todo el camino lo
hacemos en la oscuridad. La carretera es algo parecido a una comarcal
Soria-Valdeavellano... Ya sé que muchas comparaciones las hago con
Soria, pero ¿Qué son las comparaciones si no algo desconocido que
quieres asemejar a algo conocido para los demás? Y puesto que la
mitad de la población de Madrid (de Manuela Carmena y de todos) ha
estado en Valdeavellano de Tera, creo que es una buena manera de
comparar. Por cierto, en la búsqueda en Google de “alcaldesa
Madrid” todavía sale la Botella. Tened cuidado. Podemos, haced
algo!
Bien,
aquí el tema de las autovías lo llevan bastante mal. Es decir, que
no las hay. Y la West Coast es como Teruel, que no existe. Estamos
olvidados, como dice Josh, para nuestro bien y el de los animales.
Aquí no vienen ni los jefes de YHA a ver qué tal lo hacemos. Aquí
no viene nadie en invierno, y por eso la “Highway 6” es una
caminito de hormigas en la que los puentes son un solo sentido y hay
que esperar al otro lado, los desprendimientos son frecuentes y aún
la siguen cortando durante varios días seguidos por heladas,
hinundaciones o deslizamientos de tierra.
A mitad
de junio tenía pensado ir a Wanaka también. Trabajaba hasta las
tres de la tarde y después pretendía ir para allá, pero a medio
día empezaron a saltar las alarmas en la web de carreteras (la DGT
de aquí). La HW6 cerrada hacia al sur en el Haast Pass por nieve.
Cerrada hacia el norte por hinundaciones. Bloqueados en Franz Josef.
Dos días sin correo ni nada de nada. Otra vez más entiendo por qué
en mi contrato pone “bonus por lugar remoto”. En fin, que esos
días libres no conseguí salir de aquí, igual que el resto de la
gente del hostel, e igual que el resto de la gente no pudo llegar. Y
de hecho Emma enfermó y salió del pueblo hacia el hospital de
Greymouth en helicóptero. En una escala de 0-10, ¿Cuán diferente y
excitante es la vida aquí?
Pero
este finde sí que conseguí ir a Wanaka, como decía. El Haast Pass
estaba helado como un congelador. Íbamos tarde, pero conduciendo
despacito y con buena letra, como dice aquella, todo salió bien. A
la altura de Hawea Lake, cuyo nombre representa a una tribu local,
vimos tres ciervas dispuestas a saltar a la carretera justo después
de pasar nosotros, lo que nos acojonó un poco a todos y creó un
poco de tensión en el coche. Es la primera vez que veo ciervos
sueltos por aquí, porque la cría está bastante extendida y lo
mismo que ves granjas de vacas, las ves de ciervas.
Y en
Wanaka dejo paso a las fotos que veréis más abajo. Fuimos a ver el
Glaciar Rob Roy, del que vimos muy poco porque el camino estaba
cortado por riesgo de avalanchas, y subimos a Isthmus Peak, desde el
que se ven los lagos Hawea y Wanaka. Muy, muy, muy divertida e
impresionante la subida, en la que añoramos el uso de raquetas
durante la última hora, teniendo que caminar con nieve hasta por
encima de las rodillas. ¡Y también vimos ciervos! Estoy muy
ilusionado por el tema de los ciervos. El día de Rob Roy tuvimos que
conducir por una carretera bastante bien, que luego se convertiría
en una carretera bastante peor. Las casas empezaban a dar paso a los
ranchos. Los ranchos de vacas, toros, gallinas, cabras, ovejas,
ciervos, ciervas, gallifantes y ciervacos (esa extraña mezcla que
solo algunos con suerte conocen). La carreterucha dio lugar a una
pista forestal con mucho ganado por medio. Las vacas aquí son muy
peludas y achuchables. La pista forestal fue dando lugar al Camel
Trophy of Paris Dakar, cruzando ríos con el coche... Lo que nos
llevó al fin del mundo. Y del fin del mundo empezamos a patear.
Fury, el coche, se comportó como una señorita de montaña. Creo que
está muy bien educada. Es suave y coqueta, pero a la vez fuerte y
con coraje. Pero, como decía, dejo lugar a las fotos.
Hacia Isthmus Peak
Cruzando puentes colgantes hacia Rob Roy
Fury, en plena forma cual cierva por el monte
Tanquilidad, todavía no me he hecho cazador
Hawea Lake desde el camino a Isthmus
La ardua tarea comienza.
Volviendo desde Isthmus Peak tuvimos estas vistas del Hawea Lake. Tuvimos que sentarnos, frotarnos los ojos y cerciorarnos de que no era un dibujo, porque los colores eran totalemte de lienzo. El mejor lienzo de un Antonio López traido a nuestros ojos en forma de realidad. Y las fotos reflejan, como nunca lo hacen, exacatamente lo que estuvimos contemplando durante 20 minutos sin palabras
Un koala en Isthmus Peak
Captura de pantalla de mi móvil con el estado de las carreteras la semana pasada. La mayoría están cerradas por nieve o hielo y unas pocas son riesgo por nieve, hielo, hinundaciones o deslizamientos de rocas y tierra.
La gata me habló, y me contó: “Nadie me cree, obviamente, porque nadie me escucha. Bueno, no es que nadie me escuche, si no que no me entienden. Porque tu me escuchas. Yo me pongo delante del armario y te maullo y tú me echas Wishkas. Bueno, no sé cómo se escribe, pero tu me entiendes. Aunque no sé por qué me tengo que preocupar por cómo se escribe, porque eres tú el que tiene que transcribir toda esta historia que te estoy contando. Porque puedo ver en tu cara que desde que he empezado a hablar no paras de pensarlo. Tus ojos lo dicen y, además, no paras de tomar notas.
Sabes que nací en Fox Glacier. En el pueblo, no en el glaciar. El glaciar es muy frío para los gatos. Y para mí más. Ya sabes cuánto me gustan los radidores. El caso es que nací allí. La historia de mi vida es un poco turbia y borrosa. Si hiciera un repaso de esos en diapositivas creo que más de la mitad de la película estaría quemada. No la veo bien. Por eso quiero tanto a Luke. Porque cuando me trajo aquí a Franz empecé a disfrutar de la vida. Y no es que no disfrutase de mi vida en Fox, pero siempre que parecía que iba a encauzarme... mis dueños se volvían locos y... Bueno, ya sabes. Te han contado ¿No? Bueno, pues les maté. A los tres. Eran demasiado. Demasiado protectores, o demasiado descuidados o demasiado gordos.
Nací de madre callejera y padre adinerado. Ya sabes, una de esas noches locas en Fox. Un cubo de basura, una raspa de pescado... y lo que empezó en una riña por la raspa acabó en una revolcón entre las bolsas de escombros. Y de ahí nací yo dos meses después. Y no es que fuera prematura, si no que el embarazo de una gata dura solamente dos meses. Suficiente para engendrar una mente tan perversa como la mía. Pero de nacida en la calle tuve suerte. Para bien, todo esto por lo que me han contado, nací en la calle en invierno. Y, para bien también, alguién me rescató de ahí. Hay mucha gente que siente pena y, ya sabes, los gatos, sobre todo las gatas, nos aprovechamos. Esa mirada del gato de Shrek está basada en hechos totalmente reales. Tenemos cierta facilidad para conseguir todo lo que queremos simplemente sentándonos y marándoos a los ojos.
Mi primer dueño fue Pit. Me recogió en la calle una noche de Navidad. Hacía bastante frío, que me causó la parálisis de mis patas traseras por un par de días. Después de aquellas noches de chimenea y recuperación le cogí cierto cariño a los radiadores y las fuentes de calor. Pero Pit no me quería como gata. A Pit yo le gustaba como adorno. No me dejaba ni una diminuta rendija abierta para poder salir a la calle. Me quería para él. Incluso la mujer de Pit estaba celosa de aquella situación y un día se marchó. Nos quedamos Pit y yo. Ese señor no me dejaba ver a nadie. Cuando le visitaba alguien yo intentaba escabullirme por la puerta, ronronear a las visitas, pero él no dejaba que me tocasen, alegando una enfermedad que desconozco y que nunca tuve. A Pit le gustaban mucho las “pokies”. Las tragaperras, como las llamáis vosotros. Y a mí, siendo gata, el nombre tragaperras me genera cierta tranqulidad. Y creía que un día se lo tragarían a él. Pero no; Siempre volvía del bar. Nunca se perdía por ahí. Pero un día no volvió a tiempo para la cena. Un día su coche, el que siempre guardaba en el garaje, le jugó una mala pasada en una curva y nunca volvió a casa. Dicen las malas lenguas (de gato) que mi madre, a la que nunca he vuelto a ver.
De esa casa conseguí salir cuando vinieron a buscarle para ir al trabajo y abrieron la puerta para entrar a buscarle a su cuarto. Fue entonces cuando salí corriendo a la calle. Ese fue el comienzo de una larga época en la calle. Por suerte era verano. Muchos visitantes que tiran comida. Mucha gente que se queda por una o dos semanas e incluso te compra comida de supermercado. Mucha buena vida en verano. No digo que ahora esté mal. Me tratáis bien. Y ya digo que me alegro mucho de haber dejado aquel pueblo, pero los veranos en Fox eran un festín. Raspas todos los días. Leche caducada de la noche a la mañana. Pero alguién me cogió cariño. Me daba de comer a diario en su casa, y tú ya sabes que cuando una gata tiene comida en un sitio a menudo, vuelve. Y si vuelve, se siente como en casa. No las tenía todas conmigo, porque muchas veces esta persona se dejaba la puerta cerrada. Era verano, como digo, y muchas noches tenía que buscar refugio después de peleas nocturnas. Esa señora, Louise me parece que se llamaba, se olvidaba de que tenía una gata. Era tan borracha como yo. Nunca le exigí nada, pero no puedes darle la miel a una gata y al día siguiente pretender que no la conoces, y así semana tras semana. Un día se fue. Un día desapareció. Dicen que fue al hospital y nunca volvió. Y es que el fertilizante que usaba para su huerto no le debió sentar demasiado bien cuando lo vertí en su guiso aquella mañana.
Fue el final de aquel verano el más dulce. Tenía una casa abandonada para mí sola. Una familia de felinos, todos los del pueblo, viviendo juntos. Viviendo de los restos. De los cientos de ratas que habitaban ese tejado. Pero un día vinieron los nuevos inquilinos. A mí me pilló de nuevas, distraída. Todos los demás gatos se marcharon a tiempo, pero a mí los nuevos me pillaron por banda y me empezaron a atiborrar a comida. Entonces yo era una gata sexy. Delgada. Esta panza no me colgaba como ahora, y mis bigotes lucían extendidos. Mis ojos eran transparentes, y no con cataratas como estas. Y ese gordo vino a sentarse encima de mí un día en el sofá. No me vió, y por eso hoy ando cojeando. Y por eso él resbaló por la escalera y nunca más puedo decir una palabra.
Y de esa casa es de dónde Luke me sacó y me trajo a Franz Josef hace tres años, donde vine ya vieja. Todo el mundo esperaba mi pronta muerte, como vosotros ahora, cuando habláis en las cenas de llevarme al veterinario por última vez. Pero a mí todavía me queda algo de tiempo aquí. Todavía queda gente a la que le debo venganza. Porque si las gatas tenemos siete vidas, a alguien tenemos que ganárselas”, me contó la gata cuando me habló.
Hoy Milkshakes, después de un buen tiempo en baja forma, ha vuelto a cazar un pájaro. Vuelve a la carga.
Estoy perdiendo las buenas costumbres. Desde que me he asentado en este pueblo, las ganas de escribir blog no son las mismas, aunque no es por falta de aventuras. Ya sé que más que menos, esta es la manera de tener informado a todo el mundo, pero es que asentarse en un sitio no le deja tiempo a uno para nada. Más o menos estoy currando todos los días por las mañanas. Después de currar me tiro al monte si el tiempo lo permite, y la verdad es que he tenido bastante suerte. Si no, siempre hay algo que hacer en casa. Si no me voy con la bici a explorar algún camino nuevo donde meter la pata en un charco, me voy a dar un pateo por algún lado en mi jardín. Al volver siempre me espera una sauna. Sí, el hostel tienes sauna. Y por ende, el menda tiene sauna todos los días. Le estoy cogiendo el truco. Una media horita al día te deja libre de resfriados. Quince minutitos a sudar; duchita fría en la calle; vuelta al horno; otra duchita y a casa. Y siempre hay alguien en casa, y siempre acabamos o echando una cerve, o jugando al Risk, o a los dardos... en fin, que mucho tiempo no me sobra. De hecho, a los y las que suelo mandar postales habrán notado un descenso en la intensidad. Sí, están todas guardadas en mi cajón. Tengo una colección interesante, la verdad. Tarea pendiente. Pues eso, que con el estrés de las caminatas, de las bicis, de las saunas, cervecitas... Pues que se me va el día.
Creo que hace un par de semanas que no pongo a nadie al día, y han ocurrido muchas cosas desde entonces. Muchas aventurillas. He hecho la subida a Alex Knob (1.303m) un pico que hay aquí al lado de casa. No es un picazo, pero teniendo en cuenta que Franz está a 300m sobre el nivel del mar, es un pelotazo. Jacob el danés y yo nos acercamos al comienzo del jaleo en coche. Son las 7.30 de la mañana y hace un frío de recóncholis. El camino comienza por la selva. Sí, la selva. Y es que Franz está localizado en la selva de la costa oeste. Dirán los lectores selva con glaciares... Pues sí, Franz Josef es el glaciar más grande del mundo situado en la selva. Y esto de la selva hace que todo esté más mojado que el Arca de Noé (Noah's Boat). Puesta a punto de lo poco que llevamos y nos adentramos en la selva (como todos los días). La subida es cojonuda. Nos siguen un par de Fantail, unos pájaros muy dicharacheros. Hechos a los humanos y a que no les cacen, te revuelan como moscas. Tienen una forma de volar que recuerda a un helicóptero o colibrí. Se pueden quedar estáticos en el mismo sitio un poquita, y parece que hasta vuelan hacia atrás. También vemos un montón de Black Robins, graciosos pequeñuelos de ojos negros. El ascenso se hace duro, y a unos 1.000m sobre el nivel del mar desaparece la vegetación para darnos la bienvenida a la cumbre. El caso es que he intentado buscar quién era Alex Knob y no he encontrado nada. Seguiré buscando.
Otro día me fui con los de los tours en kayak a darme una vuelta por el Lago Mapourika. Mapourika significa “espejo” en maorí. Tiene ese nombre porque sus oscuras aguas reflejan el paisaje de alrededor. No oscuras por su oscuridad, si no por su extensa vegetación bajo la superficie. Una placentera mañana que comienza entre la niebla en un siniestro lago que luego luce un sol fenómeno y calentito.
Este fin de pasado me he salido de los esquemas de bicis y caminatas por los alrededores y me he ido a Queenstown. Fee la alemana y Jakob el danés me han acompañado. Son de estos chavales y chavalas que curran dos o tres horitas al día por alojamiento gratis. Han decidido seguir camino y yo me he unido para el fin de semana. Digamos que Queenstown es un parque de atracciones a la orilla de un lago impresionante y a las faldas de unas cordilleras salteadas de nieve en forma de azúcar glassé a la vista. Una maravilla de sitio que ahora de desgarra de la temporada alta del verano para abrazarse a la temporada alta de invierno on su sky y demás cositas que hacer.
A Queenstown se va hacia el sur, por la misma carretera que nos llevaba a Wanaka hace dos semanas. Queenstown está un poco más lejos, y el plan más o menos estaba hecho. Ben Lomond, del gaélico-escocés Beinn Laomainn, es otra montaña en escocia, pero no consigo encontrar ni el origen del nombre ni nada al respecto. Ben Lomond y Alex Knob le han dado nombre a dos montañas con dos caminatas de la hostia y después han desaparecido sin dejar ni huella. Ni rastro. ¿Quiénes son? Seguiré hindagando. De camino a Queenstown paramos en Knghts Point, una maravilla de parada con baños y unas vistas espectaculares de la costa. Y paramos después en Haast a echar un café. Nos paramos Jakob y yo anonadados ante el motor de un viejo Ford remodelado. V6 de color azul. El dueño del taller nos habla de los coches. Bromea con mi residencia en Franz diciendo que ya soy lugareño, porque llevo una anilla en la nariz como las vacas del lugar. Nos dice que en Queenstown, donde vamos, en 1988 él hizo puenting solamente tres meses después de que se inagurase el primer centro de para ello en Kawarau Bridge, Queenstown. Hacia allá vamos, pues. ¿Puenting? Bueno, Queenstown tiene todas las modalidades de deportes de riesgo habidos y por haber. Voy a enumerar, en orden, lo que aparece en Lonely Planet como “actividades” para que veáis a lo que me refiero con “parque de atraccciones”: Skyline Gondola o teleférico de Queenstown, observatorio subacuático, puenting, puenting desde una plataforma sostenida por cables en tensión (Nevis), puenting con balanceo (swing), de uno en uno, o de dos en dos, diferentes puentings y swings desde diferentes puentes y plataformas, Barcos con 800cv de potencia por el lago, por los ríos y por todo lo que tenga agua alrededor, rafting de aguas bravas, kayak en el lago, surf en el lago con lancha, white water sledging, que no sé lo que es, canoas, parapente solo o en parejas desde y por mil sitios diferentes, escalada, camintas, senderismo, rutas a caballo, pesca y pesca desde helicópteros (sí), visitas a viñedos, trolina, descenso en bicis, patinaje sobre hielo, golf, más helicópteros, rutas en 4x4... No paro... Y más y más...
Bueno, pues Ben Lomond (1.748) suena a planazo. Una caminata a mi pico más alto por el momento. Y una caminata bella y fría, que primero nos lleva al punto más alto de la Góndola, donde vemos a parapenteadores emprender el vuelo. Se nos cae el moquillo a Fee y a mí del frío que hace. Vemos a gente descender en bicis a velocidades de vértigo. Y salimos del bosque de pinos, que en realidad son una plaga que algún cartel incita a arrancarlos para acabar con su proliferación, para darnos de bruces on una vista estremecedora de montañas nevadas. Montañas que creemos que serán nuestro paisaje pero cuyo pico más alto nos sorprenderá siendo, finalmente, Ben Lomond. Es lo que tiene ir sin mapa, que siguiendo y siguiendo las indicaciones de repente te encuentras con nieve hasta las rodillas y el pico más alto de kilómetros a la redonda. Y yo en vaqueros. Sí, sí, así somos en Madrid. Me he olvidado la cámara y los pantalones superquechua en casa. De lo que no hay... Después de estremecer nuestros músculos, caras, mocos y de todo subiendo, Lo conseguimos. Fee está muy en forma. Yo ando bien también. Somos unos portentos. Hacemos buen equipo, pero dejo paso a las fotos y a un vídeo sorpresa. No me apetece escribir más, solamente mostrar... (en un orden que Blogger.com elije y a mi no me apetece cambiar).
El lago espejo
No soy yo, pero os hacéis una idea de por qué le llaman Mapourika
Fee, subiendo a Ben Lomond
Escarcha subiendo a Alex Knob
Fantail (cola de abanico) subiendo a Alex Knob
Desde Ben Lomond
Arcoiris circular con la silueta de mi cuerpo desde Ben Lomond (lo nunca visto)