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Sabes que nací en Fox Glacier. En el pueblo, no en el glaciar. El glaciar es muy frío para los gatos. Y para mí más. Ya sabes cuánto me gustan los radidores. El caso es que nací allí. La historia de mi vida es un poco turbia y borrosa. Si hiciera un repaso de esos en diapositivas creo que más de la mitad de la película estaría quemada. No la veo bien. Por eso quiero tanto a Luke. Porque cuando me trajo aquí a Franz empecé a disfrutar de la vida. Y no es que no disfrutase de mi vida en Fox, pero siempre que parecía que iba a encauzarme... mis dueños se volvían locos y... Bueno, ya sabes. Te han contado ¿No? Bueno, pues les maté. A los tres. Eran demasiado. Demasiado protectores, o demasiado descuidados o demasiado gordos.
Nací de madre callejera y padre adinerado. Ya sabes, una de esas noches locas en Fox. Un cubo de basura, una raspa de pescado... y lo que empezó en una riña por la raspa acabó en una revolcón entre las bolsas de escombros. Y de ahí nací yo dos meses después. Y no es que fuera prematura, si no que el embarazo de una gata dura solamente dos meses. Suficiente para engendrar una mente tan perversa como la mía. Pero de nacida en la calle tuve suerte. Para bien, todo esto por lo que me han contado, nací en la calle en invierno. Y, para bien también, alguién me rescató de ahí. Hay mucha gente que siente pena y, ya sabes, los gatos, sobre todo las gatas, nos aprovechamos. Esa mirada del gato de Shrek está basada en hechos totalmente reales. Tenemos cierta facilidad para conseguir todo lo que queremos simplemente sentándonos y marándoos a los ojos.
Mi primer dueño fue Pit. Me recogió en la calle una noche de Navidad. Hacía bastante frío, que me causó la parálisis de mis patas traseras por un par de días. Después de aquellas noches de chimenea y recuperación le cogí cierto cariño a los radiadores y las fuentes de calor. Pero Pit no me quería como gata. A Pit yo le gustaba como adorno. No me dejaba ni una diminuta rendija abierta para poder salir a la calle. Me quería para él. Incluso la mujer de Pit estaba celosa de aquella situación y un día se marchó. Nos quedamos Pit y yo. Ese señor no me dejaba ver a nadie. Cuando le visitaba alguien yo intentaba escabullirme por la puerta, ronronear a las visitas, pero él no dejaba que me tocasen, alegando una enfermedad que desconozco y que nunca tuve. A Pit le gustaban mucho las “pokies”. Las tragaperras, como las llamáis vosotros. Y a mí, siendo gata, el nombre tragaperras me genera cierta tranqulidad. Y creía que un día se lo tragarían a él. Pero no; Siempre volvía del bar. Nunca se perdía por ahí. Pero un día no volvió a tiempo para la cena. Un día su coche, el que siempre guardaba en el garaje, le jugó una mala pasada en una curva y nunca volvió a casa. Dicen las malas lenguas (de gato) que mi madre, a la que nunca he vuelto a ver.
De esa casa conseguí salir cuando vinieron a buscarle para ir al trabajo y abrieron la puerta para entrar a buscarle a su cuarto. Fue entonces cuando salí corriendo a la calle. Ese fue el comienzo de una larga época en la calle. Por suerte era verano. Muchos visitantes que tiran comida. Mucha gente que se queda por una o dos semanas e incluso te compra comida de supermercado. Mucha buena vida en verano. No digo que ahora esté mal. Me tratáis bien. Y ya digo que me alegro mucho de haber dejado aquel pueblo, pero los veranos en Fox eran un festín. Raspas todos los días. Leche caducada de la noche a la mañana. Pero alguién me cogió cariño. Me daba de comer a diario en su casa, y tú ya sabes que cuando una gata tiene comida en un sitio a menudo, vuelve. Y si vuelve, se siente como en casa. No las tenía todas conmigo, porque muchas veces esta persona se dejaba la puerta cerrada. Era verano, como digo, y muchas noches tenía que buscar refugio después de peleas nocturnas. Esa señora, Louise me parece que se llamaba, se olvidaba de que tenía una gata. Era tan borracha como yo. Nunca le exigí nada, pero no puedes darle la miel a una gata y al día siguiente pretender que no la conoces, y así semana tras semana. Un día se fue. Un día desapareció. Dicen que fue al hospital y nunca volvió. Y es que el fertilizante que usaba para su huerto no le debió sentar demasiado bien cuando lo vertí en su guiso aquella mañana.
Fue el final de aquel verano el más dulce. Tenía una casa abandonada para mí sola. Una familia de felinos, todos los del pueblo, viviendo juntos. Viviendo de los restos. De los cientos de ratas que habitaban ese tejado. Pero un día vinieron los nuevos inquilinos. A mí me pilló de nuevas, distraída. Todos los demás gatos se marcharon a tiempo, pero a mí los nuevos me pillaron por banda y me empezaron a atiborrar a comida. Entonces yo era una gata sexy. Delgada. Esta panza no me colgaba como ahora, y mis bigotes lucían extendidos. Mis ojos eran transparentes, y no con cataratas como estas. Y ese gordo vino a sentarse encima de mí un día en el sofá. No me vió, y por eso hoy ando cojeando. Y por eso él resbaló por la escalera y nunca más puedo decir una palabra.
Y de esa casa es de dónde Luke me sacó y me trajo a Franz Josef hace tres años, donde vine ya vieja. Todo el mundo esperaba mi pronta muerte, como vosotros ahora, cuando habláis en las cenas de llevarme al veterinario por última vez. Pero a mí todavía me queda algo de tiempo aquí. Todavía queda gente a la que le debo venganza. Porque si las gatas tenemos siete vidas, a alguien tenemos que ganárselas”, me contó la gata cuando me habló.
Hoy Milkshakes, después de un buen tiempo en baja forma, ha vuelto a cazar un pájaro. Vuelve a la carga.



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