jueves, 21 de abril de 2016

Shark´s Tooth (bis) (2096m)

Recuerdo cuando por primera vez vi el Sharks Tooth. Fue hace casi un año, en mi primera visita a Wanaka desde Franz Josef. Por aquel entonces las caminatas tenían caminos y senderos marcados, y para generar un poco de emoción, tal vez algún refugio en el que dormir largo y tendido. Ha pasado tiempo de eso, y algo de ampliación del margen adrenalínico en los varios proyectos en montañas. Ahora, después de un año (casi) aquí, seis meses en Wanaka y multitud de conversaciones con multitud de gente, Sharks Tooth es algo que se torna realidad y factible.

Todo el mundo habla de Sharks Tooth, de esa cumbre a la que se llega por un risco muy expuesto, que más que caminarlo se escala. Que más que quererlo se teme. Que más que pisarlo se agarra. Todo el mundo, al fin y al cabo, habla.

Salimos pues, es un intento de madrugar mucho, pero al final madrugando menos, a las 7:30. El equipo lo componen, sin duda alguna, y con el número 1 en la camiseta de la selección eslovena, Petra Humar. Con el número 2, un fichaje de última hora, procedente de las llanas tierras de Toronto, donde desde su torre más alta se ve Torontontero, Sylvie. No puedo evitar escuchar, ver, decir o escribir Toronto y no acordarme del chiste. En fin, ahí vamos, temerosos de riscos y demás historias que nos han metido en la cabeza.

 El camino fácil ya nos los sabemos. Hace cuatro o cinco meses que subimos y la niebla, como el tiempo, se nos echó encima, y decidimos darnos la vuelta. Ahora, el día amenaza solamente con alguna nube alta que no va a impedir la hazaña. Que esta vez, de ser, sea la roca la que dicte el final. Preparativos de última hora, un platanito por aquí, un chocolate por allá, botas, gorros… y puesta en marcha a cruzar el prado que nos lleva a la colina. El camino comienza zigzagueando sendas de ovejas hasta lo alto de la colina donde empieza un risco que sube en paralelo al río Raspberry (Río Frambuesa, qué bonito!). De ahí conocemos el camino, y sabemos que no más que a mitad de camino tenemos que continuar siguiendo el río, lo más pegados, para no hacer la peripecia de la otra vez, que fue subir por el risco directamente. Ese risco tenía una anchura de medio metro en lo más ancho, un otras teníamos que agarrar el borde afilado con las manos, escalando de lado para sobrepasar lo peor. Pero no esta vez.

Con algún que otro resbalón en la roca rota llegamos al paso donde llegamos la otra vez, y nada más que una cosa nos llama la atención. Sharks Tooth (o Diente de Tiburón) está ahí, frente a nosotros. La otra vez no pudimos ver a más de dos decenas de metros enfrente, por la niebla. Esta vez el día claro nos muestra el diente. La sonrisa. Y para sonrisa la de nuestras caras. Nos miramos y Petra me pregunta: “¿Qué te parece?” Los miedos están todos fuera. Ese pico es totalmente factible. Los dos nos reímos y, sin contestarnos, seguimos el risco que nos lleva al diente.

Unos cincuenta metros antes de la cima todo se convierte en roca muy bien sujeta. Un nevero queda por ahí, de nieve perpetua incluso después de todo el verano. Cubrimos la mochila de Petra con piedras para que no se la merienden los keas. Escondemos los palos de andar. Esto va a ser más una escalada de manos y pies. Esto va a ser lo que nos gusta.

La intuición y un papel que Petra ha impreso con algunas instrucciones nos llevan a la derecha del pico, donde la caída a su derecha es abrumadora, pero nuestra escalada es sana y salva en su vertiente norte, sin querer mirar al Oeste. Utilizando nuestros conocimientos para subir paredes en nuestros ratos libres, escalamos esa roca con buenas formaciones para posar pies y agarrar con las manos, y no sin más de diez resoplidos y miradas al vacío con incertidumbre pero con confianza, llegamos a la cima, donde un pequeño risco se extienda hasta el final del propio pico. El pico lo forma una roca sobre dos. Dos sobre siete. Siete sobre viente… y así, supongo, hasta el macizo que nos sujeta.


Sharks Tooth, de los únicos picos que volveré a subir.

Esta vez, fotos cortesía de Petra

8.30 de la mañana. El canguelo nos saca una sonrisa

Craigroyston a la izquierda. Sharks Tooth a la derecha


¡La que hemos liao, Petra!

De ahí venimos...

domingo, 10 de abril de 2016

El Risco Erróneo



Y con una despedida llegó un reencuentro con mi amiga Petra, a la que recogí de camino a tierras alpinas. Con cambios de planes constantes decidimos que la mejor idea sería recogerla en Franz Josef, y bajar a Wanaka a recoger algo de equipo para ir a la zona de Mt Cook para una aventura que yo llevaba soñando desde que vi el mapa. Se trata del Copland Pass, el paso más “fácil” por la zona más alta de los Alpes del Sur. Un paso a 2.150m que da entrada y salida de Este a Oeste, o viceversa. Emplazado en su parte oriental, a 2.105m está el Refugio Copland (Copland Shelter), de inmenso atractivo por su localización y su forma. Una lata de espárragos con cuatro camas y una radio. Un paso y una lata de espárragos, a veces, hacen las delicias en los dulces sueños de un niño y una niña que se conocieron escalando. Y una predicción del tiempo favorable cierran un plan en el que botas, crampones y piolets, sobres de comida instantánea y demás chucherías hacen temblar de entusiasmo a dos personas con una aventura.

Salimos de Wanaka a las tres de la tarde, con un coche lleno de mierda por dentro y por fuera, un cielo despejado, y noticias de que dos amigos están en Mt Cook también (Quiero aclarar que cuando me refiero a Mt Cook me refiero al pueblo, y cuando digo Aoraki es el pico o montaña). No puede ser de otra manera. Si están allí, están en busca de lo mismo que nosotros. Ya nos vamos conociendo… Llegamos a Mt Cook y nos registramos en el hostel, en el que Theresa al ver mi nombre me saluda con un “en Wanaka hace menos frío que aquí, eh?”. Alguien me ha resuelto el problema y me ha dejado quedarme gratis, por aquello de que en los diferentes hostel YHA nos podemos quedar por la cara. Una de esas ventajas de currar donde curro. Resueltas algunas preguntas y unas risas, lo primero es lo primero: disfrutar de la sauna del hostel. Después de los calores, una duchita que nos deja nuevos para una cena acompañada de un mapa y un té con un chorrito de wisky, para alegrar los planes. El tiempo apunta maravilloso para los dos próximos días, lo que necesitamos para cruzar al lado Oeste. Las seis de la mañana es la hora de partida decidida, y con esas nos vamos a la cama con una sonrisa tan amplia como el valle que nos espera el día siguiente.

Son las 6.15 y nos montamos en el coche. El cielo está estrellado, y detrás de las cumbres hacia oriente parece que el Sol quiere decir buenos días. Nos dirigimos al DOC (Departamento de Conservación) para dejar constancia de que emprendemos marcha hacia aquellos lares. Es algo prudente hacerlo en rutas en las que sabes que no vas a encontrar a nadie, y se llama “Declaración de Intenciones”, con una fecha de entrada y una estimada de salida, y con inteligencia se debe avisar cuando se termina, para que tengan constancia de que has salido viva. Aparcamos en el Aparcamiento del Valle Hooker a las 6.30 y emprendemos marcha. Al subestimar un río tenemos que dar la vuelta y hacer otro camino. Así empezamos. De ahí, todo avanza de maravilla. El día va clareando sin una sola nube, y vamos vislumbrando un valle bello y custodiado por Aoraki. Desde este lado lo vemos observándonos. Observando todo lo que le rodea, porque es ese Aoraki el pico más alto de Nueva Zelanda con 3.724m. Para mí estas montañas, picos y accidentes geográficos de magnitud siempre me transmiten algo de personalidad, de expresión, de palabra, de mirada… Y ahí está, impasible, pero para mí lo está dominando todo. Es como si le dieras la espalda y aún la notaras susurrándote diciendo “¿Dónde vas? ¿Qué haces aquí? ¿Cómo aprendiste de estas tierras?”. Siento como rendición, como pidiendo permiso todo el rato para pisar sus piedras, las orillas de sus lagos, el beber de sus ríos. Tal vez hicimos mal algo de eso.

Sorteamos el lago y lo que, como ya sabíamos, empezaba con un camino, ahora es solamente un campo minado de rocas de una mesilla (comparación que me ha venido al mirar alrededor en mi cuarto y ver la mesilla) sobre las que hay que ir saltando, sorteando, tanteando, balanceando y dominando. Decidimos que la mejor parte para bordear el lago es el mismo borde. Es la parte más llana, puesto que del lago surge la pendiente que lleva la antigua morrena del glaciar a convertirse en la Cuerda de Shephton, donde se encuentra nuestro Copland Pass. Tendremos que seguir a orillas del lago, saltando esas piedras y en ocasiones caminando deprisa porque mirar hacia nuestra izquierda hacia arriba y ver todas esas rocas a punto de desprenderse no genera más que angustia y agobio. Y al mirar a nuestra derecha, en el lago, vemos rocas que sobresalen de la superficie, que probablemente ayer o hace un mes estaban a nuestra izquierda queriendo saltar al vacío. Hoy no, por favor.

Tras un largo camino sobre la orilla poniente del Lago Hooker llegamos a la cara del Glaciar Hooker. El agua de su deshielo que crea el lago tiene un tono gris veneno que no invita demasiado a su ingestión, así que mejor decidimos recargar las botellas en un pequeño riachuelo que baja de nuestra izquierda. Esta sí que es agua mineral. La cara del glaciar nos sorprende con algún desprendimiento de algún bloque de hielo que es tan pequeño que ni siquiera vemos, pero cuyo sonido hace que mi mirada se cruce con la de Petra. Llega el momento, al cruzar el límite del lago con el glaciar y seguir glaciar arriba, de andar en la morrena. Esta es la unión de la ladera del valle con el río de hielo. La morrena es toda la roca que el glaciar va dejando en el lateral, y que al andar por ella hay que dejar, en nuestro caso, a nuestra derecha, para no cometer el error de caminar en el preciso hueco entre la ladera y el glaciar. Ese hueco está lleno de rocas desprendidas recientemente, y es sujeto de inestabilidad. El bloque de hielo que forma en pedacitos el gran glaciar es hueco por debajo, y así resbala y avanza, por lo que todas estas rocas caídas de la ladera pueden caer debajo del hielo y crear cráteres de todos los tamaños. Después de andar una hora nos topamos con uno de estos cráteres, y eso nos muestra que estamos encima de la morrena. A nuestra izquierda el macizo de piedras  y rocas que ascienden hasta los picos; debajo nuestro la morrena; a la izquierda el glaciar. Y en frente un cráter de cien metros de ancho que a la derecha deja ver el hielo, y en el fondo el río subterráneo que lo ha provocado. Al alzar la mirada, a 100 metros al otro lado del hueco, un ser humano. Al sortear el cráter, al otro lado, ya son dos seres humanos y un grito: “Al!” (ya se me empieza a conocer como Al. Alberto es muy largo). Es Steph. Abrazos varios. Y una mala noticia. No han encontrado el Copland Shelter. De hecho, no han encontrado el camino para dar con el. No hay camino, eso ya lo sabíamos. Lo que no han encontrado es la forma de llegar a él. Ni siquiera la forma de llegar al risco que da acceso al propio refugio. Han acampado. Petra, en un alarde de seguridad y confesado luego, también algo de miedo, les pregunta si podemos pillar la tienda. Yo no veía el por qué. No teníamos pérdida y tampoco teníamos sitio para meter ese pedazo de tienda. Creo que al ver la cara de Petra mi mochila hizo un hueco ella misma y se adaptó para acoplar la tienda. Ahora llevamos más peso, pero alguien es más feliz. Y otro alguien será más feliz después también.

Nuestro camino, entendiendo que cada vez que digo camino no significa que lo haya, si no que me refiero a dirección, sigue hacia el Norte siguiente indicaciones de Neil y Steph. Si seguimos sus pasos y seguimos más alto llegaremos al risco. Ellos se han dado la vuelta por falta de material. Luego entenderemos por qué. Y es que en un momento dado hay que dejar la morrena y empezar a ascender hacia el oeste, de manera muy vertical, por una ladera de rocas que no dan para la estabilidad ni un momento de descanso. Tenemos que subir uno al lado del otro, o subir en diagonal para que las piedras que ruedan tras nuestros pasos no caigan encima del otro. A estas alturas ya llevamos los dos los cascos puestos. De vez en cuando se oyen deslizamientos de rocas, pero cuando las avistamos ya son solo unas piedrecitas lejanas. Si es algo serio lo oiremos alto, claro y cercano. Nuestra meta, con la cresta del Copland Shelter a la izquierda, es seguir subiendo hasta que la roca sea firme, y entonces atravesar hacia la izquierda para subir a la propia cresta y así seguir hacia arriba en terreno más estable hasta el Shelter.

La subida en inestabilidad nos toma mucho más tiempo del esperado. A veces teniendo que aguantar las piedras que uno mismo pisa hasta que el que va detrás se cubre, porque se sabe que van a caer. A veces desesperándome por la falta de equilibrio y soltando alguno de esos alaridos Bohuarenses que muchos de allá estaréis acostumbrados y acostumbradas, pero a los que Petra responde con un “te has hecho daño?”. Le tengo que explicar que es solamente frustración, mala leche y mi forma de comunicarme con la naturaleza pidiéndole clemencia en la inclemencia. Pronto Petra se hace con mi “pasión” desenfrenada con y para las rocas. Ahora disfrutamos más, ganando altura estamos más cerca de nuestra meta. Pero a las 16:00 estamos a 1.500m, muy lejos del refugio, en la cresta. No conocemos el terreno, pero lo que pinta más alto es una subida bastante traicionera en la que no sabemos si vamos a poder plantar la tienda, por la falta de llano. Y, para ser sinceros, ya hemos pasado un sitio donde podíamos poner la tienda 200 metros más abajo y no hemos visto nada parecido hasta donde estamos a 1.500. Creemos que es buena idea plantar la tienda y buscar el refugio al día siguiente. Estas aventuras las suelo hacer solo, pero esta vez en compañía de Petra debía, entonces en privado y ahora en público, estar muy agradecido a Petra por tomar la decisión de tomar esa tienda de campaña de manos de Neil y Steph. Gracias Petra. De una repisita donde cabía uno de nosotros de lado conseguimos, con los piolets, cavar una repisa en la cabíamos los dos, pero solamente tres cuartos de la tienda, El resto de la tienda estaría en pendiente, y el otro resto, un palmo, un poco descolgado hacia el precipicio. Decidimos anclar a una tira de nylon dos de los piolets y estos clavados en dos grietas, para más seguridad. Decidimos recostarnos en paralelo a la pendiente. Ninguno de los dos quiere rodar a la parte de abajo de la tienda y dar opción a que se desenganche. Así para las cinco y media lo que tenemos montada es una tienda que dentro, al recostarnos, lo que tenemos es más pinta de estar reclinados en una silla de dentista que otra cosa. Para las seis menos cuarto creo que ya nos quedan fuerzas en los párpados. Lo último que recuerdo decir fue “voy a echarme una siesta y luego cenamos”. Cuando desperté eran las diez, y Petra parecía dormida. Comer nos hubiera echo bien, pero no teníamos mucha agua para cocinar. Esperábamos llegar al refugio con el tanque de agua.

Entra el Sol por un parche de plástico transparente que tiene la tienda. Más que sol es claridad. Con el saco dejando no más que mis cejas y mis ojos descubiertos me siento y miro por el plástico, una mezcla de varias estrellas y algo de claridad nos dan los buenos días. Miro a mis pies, que noto algo fríos, pero que no me han dado la lata demasiado durante la noche. Es la parte que siempre me queda fría y me despierta. La cubierta interna de la tienda es la de mosquitera, como siempre. La de fuera, la impermeable. El problema es que al descolgar un poco por el fin de la repisa, a través de la mosquitera veo el vacío. No el vació tal cual, pero sí la caída.

Emprendemos camino en un nuevo día en el que nos damos de límite las doce de la mañana para encontrar el refugio o el paso. Si encontramos el refugio a esa hora, solamente estaremos a 90 metros del paso, así que posible realizar el cruce al lado oeste y así al Refugio Douglas. De otra manera, si damos con el refugio a esa hora a vista, pero no hemos llegado, podemos dormir y volver por donde hemos venido porque no hay tiempo para cruzar. Si no hemos hecho ninguna de las dos cosas, nos damos la vuelta y para abajo. Después de dos horas y media de ascenso por roca fija y también muy suelta. Al fin avistamos el refugio, pero con una terrible desilusión. Llegamos a un llano donde debería estar, donde sería lógico que estuviese y Petra, diciendo que no con la cabeza, y señalando a lo lejos, me apunta a una lata como la que buscamos, pero un kilómetro más lejos, y hacia el sur, cruzando un glaciar con la vista, en la cresta de enfrente. Nos pasamos de valle. Y la desolación me saltan una lágrima y me tiran las fuerzas por los suelos. No tenemos agua y nos queda, a las 10.30 de la mañana, un día muy largo por delante, con un regreso por el mismo agónico camino por el que hemos venido. Al comenzar el descenso echamos la vista atrás. Ahí está, el refugio tan anhelado, al otro lado del pequeño y vertical valle. Las vistas, grabadas en la memoria. No hay tiempo para fotos. No hay ánimo. Nos vamos.

La tortuosa bajada nos toma cuatro horas hasta el valle del glaciar. Desprendemos muchas rocas. Bajamos de uno en uno, poniéndonos a cubierto para que baje el segundo. Las rocas se desprenden fácilmente. Hay que tantear dónde pisar o dónde agarrar. Desescalamos, con las mochilas desequilibrándonos fácilmente (me he comprado un macuto nuevo al volver. Mamá, Papá, el macuto negro, gris y azul que fue un regalo de cumpleaños hace 15 años, aunque podrían ser 20 también, se me ha quedado pequeño). En dos ocasiones miramos hacia atrás, y rocas caen de donde hemos estado hace media hora. Hemos desestabilizado el terreno. Ahora tenemos que estar pendientes. De vuelta, tras pasar el cráter donde vimos a Steph y Neil ya sabemos cómo de cerca o de lejos estamos. De bajada no paramos de mirar a la derecha, para quedarnos con todos los detalles. Con una sonrisa, la primera del día, en la cara nos decimos que tenemos que volver porque ahora sabemos que no tenemos que volver a subir lo que hemos subido. Que ese era el camino erróneo. y procuramos quedarnos con todos los detalles, algo inútilmente, para la próxima vez. Y digo inútilmente porque de vuelta encontramos dos cráteres en la morrena que dan paso a vislumbrar el hielo, y que no recordamos del día anterior. Ninguno de los dos, y eso significa que en un día el glaciar puede cambiar mucho. No sin esfuerzo para bordear los nuevos huecos llegamos al lago glaciar. Ya sabemos lo que nos queda. Miramos hacia atrás. Aoraki sonríe al darnos la última lección. Ahora, con los pies en la tierra y con un té con wisky nos miramos y asentimos. Hay que volver. Nos miramos y apreciamos lo absurdo y lo aprendido. Y es que tras el encuentro con Neil y Steph no volvimos a mirar ni el mapa ni hacia arriba. Seguimos sus indicaciones. A ciegas. Suerte que Petra insistió para llevar su tienda. De no haber sido así, la noche hubiera sido muy fría. Demasiado. Entonces, con un té caliente, hubo poca conversación, pero muchas miradas de complicidad.


Al día siguiente, al despertar y desayunar, dijimos “sí” a volver a intentarlo. Hoy, Petra me ha mandado sus día libres. Tal vez no hagamos el Copland Pass, pero seguro que volveremos para encontrar ese refugio. Dentro de dos semanas coinciden nuestros días libres. ¿Capítulo 2?



De Sur a Norte

De Sur a Norte

Hay caminos que no han de ser tomados. O destinos que no han de ser encontrados a la primera. O planes y objetivos que no necesariamente salen como a uno le gustaría, de los que hay que aprender y sacar lo mejor. Pero el que me vaya conociendo un poco sabrá que tener las cosas bajo control es lo mío. Y los elementos naturales que se enfrentan a nosotros a menudo, más aún cuando nuestros anhelos están ahí fuera, se enfrentan a ese afán de conseguir lo esperado aquí y ahora, en el momento y lugar donde nosotros queremos.

Así empieza la pequeña historia de unas vacaciones de dos semanas que para nada acabaron como esperado, pero que siempre estuvieron llenas de buenos momentos. Empezaron con una visita a Franz Josef por cortito tiempo, para decir “hola” a viejos amigos, de los que ya quedaban pocos por aquellas localidades. Unos cafés, como me gustan a mí, en un soleado día en territorios glaciares. Nuevas risas con caras conocidas. Una visita a lo que fue un hogar, y ahora es una casa cualquiera. Y un “hasta luego” que supo más a “adiós” que a otra cosa, porque ese sitio fue lo que fue, y ahora visto con perspectiva tiene menos atractivo que las Wanakas.

Emprendimos camino a lomos del Pajero… Sí, me he comprado un Mitsubishi, y el modelo es Pajero. En España lo sacaron y a los seis meses tuvieron que cambiarle el nombre por motivos obvios y ahora es Montero. Así que voy por la vida con un coche en le que pone “Pajero” en los lados. Como dice mi amigo Kyle, que sabe español porque vivió en Bilbao: “Pues un pajero y otro pajero, ya sois dos pajeros”. Me ha tentado la idea de poner una pegatina en la parte de atrás que ponga “wanker”, que es “pajero” en inglés, y así nos reímos todos y todas. El caso es que al aparato le he montado una cama en la parte de atrás, con espacio para cajones debajo, y es una especie de casa andante que me lleva a los lugares, y que incómodamente aloja a dos personas que se aprecien un poco en cuanto a olores y ronquidos.

En fin que a lomos del coche seguimos mi amiga Emma y yo camino de Punakaiki, un nombre que parece un personaje de Disney pero que es el nombre de un pueblo de la costa oeste. Tiene un atractivo particular por su bosque selvático sobre acantilados espectaculares, a veces tallados en la roca en forma de tortitas amontonadas unas encima de otras, lo que le da el nombre de las “Pancake Rocks”. Son unas formaciones que impresionan bastante, y nosotros en nuestro mundo de escalada y Spiderman nos fuimos a explorar el Valle Punakaiki, donde nuestro libro decía que había unas paredes bastante interesantes para escalar. Pudimos comprobar que escalar “montones de tortitas” no es tan fácil como uno imagina, no se pueden comer, y es mucho más difícil que la roca de Wanaka. Después de destrozarnos las rodillas con la roca local nos fuimos a Bullock Creek, donde al día siguiente pretendíamos una mañana de diversión en las paredes.

Pero los infortunios salen de la nada, incluso de debajo de las piedras, aunque en este caso no tuvo nada que ver con las piedras, si no que me desperté esa mañana con Emma y con un catarrazo. Así que sin ganas de desayunar más que un té, me apreté media sandía que me refrescó y me dejó medio despejado, pero sin fuerzas para escalar. Decidimos pues emprender camino lo más lejos que pudiésemos hacia Takaka, destino final de la semana, donde nos acoplaríamos durante cinco o seis días para escalar, comer y disfrutar de la vida sedentaria de acampada. De camino vimos como lo más bonito de la naturaleza, cuando las montañas, los bosques y el mar se juntan creando una playa de ensueño, nos llamaba sin descanso. Yo estaba medio enfermo, así que un baño en el frío Mar Tasman solamente podría ponerme peor, pero no mejor. Ya se sabe que a veces un pelotazo de wisky, que también lo intenté, ayuda, igual que puede ayudar un pelotazo de agua fría con olas que te dan volteretas en direcciones impredecibles. Y así volvimos al Pajero, mareados, con raspones, y sin sentir mi resfriado mañanero yo creo que porque estaba mareado con tanta marejada.

De camino para el Norte paramos en Greymouth, que para los entendidos en el idioma anglosajón no les será difícil, pero para los demás traduzco y significa “Bocagris”. Bien, no es el lugar más apetecible para vivir, aunque la verdad es que no es tan feo y tiene un poco de encanto. El caso es que allí vivimos una de las aventuras más peculiares del viaje echando gasolina. Entre la gasolinera y la carretera había un bordillo para delimitar la entrada a un lado de la gasolinera y la salida en el lado opuesto. Ese bordillo no terminaba en acera ni nada parecido, si no que era simplemente eso, un bordillo de un palmo de ancho, dos palmos de alto, como una murallita de delimitación que sin ser el más tonto pero algo de tonto hay que tener, pues te lo puedes comer. El caso es que al acabar de echar gasolina, y sin habernos percatado demasiado antes, un hombre sudoroso acarrea maderos que pone debajo de su rueda. Al ver eso vemos el bordillo, y al verlo vemos que el hombre, que no era tonto pero se sentía así, había pasado la mitad del coche, pero la segunda mitad no había logrado sortear la muralla, así que su deportivo blanco impoluto estaba encallado en el maldito bordillo de la venganza. Le ofrecía mi ayuda al hombre sudoroso, y con la ayuda de otro personaje que nos dejó una cinta de remolcar y un poco de sabiduría conseguimos yo y el otro Pajero, desencallar a aquel ballenato blanco y al hombre sudoroso de su agonía, a lo que el hombre y su vehículo respondieron con un “gracias” por la ventanilla y un abatimiento de mano y brazo mientras de daba a la fuga rápidamente antes de que alguien le identificase a la voz de “Pero John, qué has hecho para meterte en ese berenjenal”.

De camino al norte el cielo tornaba gris. Los bellos paisajes del norte, en torno a los Lagos de Nelson (Creo que no se llaman Nelson por Nelson el de los Simpson, pero tengo que constatarlo), se veían oscurecidos por las tormentas intermitentes. Las zigzagueantes carreteras hacía de mi resfriado un compañero de fatigas que se aposentaba en mi entrecejo empeorando mi dolor de cabeza, mientras me comportaba como un abuelito ancianito y quejica que Emma tuvo que aguantar durante un par de días. Al acercarnos A Motueka, ya en el norte de la Isla Sur, decidimos acampar ya que se estaba haciendo de noche. Una cena a la luz de la linterna más inútil del mundo, unas risas con mi guitarra desafinada (Adri, la guitarra de mi madre, ¡por Dios! Es la primera vez que hago un llamamiento a través del blog, pero que alguien me ayude a recuperar la guitarra de mi madre), y el mar frente a nuestro camping nos daban la bienvenida a tierras de Hobbits, de colinas redondeadas y verdecitas, y de mucha, mucha, mucha marihuana. Porque Wanaka es hippy, pero hippy 2.0. Hippy de postal, hippy de escaparate. De este que huele a sobaco porque se compra desodorante con olor a sobaco. Wanaka es hippy de pantalones rotos, pero recambio en el armario. Hippy de rastas limpias y cervezas caras en el bar. El norte, Motueka y Takaka, son más de hippy de no tengo un duro y con las montañas me basto y me sobro. De vivo en mi furgo y ese es plan para mucho tiempo.

La noche me dejó un recuerdo que nunca supe si fue real o sueño hasta que Emma me lo confirmó. Recordaba a Emma hablando sola fuera del coche, y es cierto que ella había plantado la tienda para no pillar mi constipado y para estar más cómodos (a estas alturas debo aclarar no confundir los términos “novia” y “amiga”, que ve que hay mucha especulación ya montada a lo largo de estas líneas ya escritas. Emma = amiga. Novia = no hay). Sus monólogos no eran monólogos, si no diálogos con un erizo que se coló en nuestra basura y estaba revolviendo todo lo posible para devorar los restos de nuestra cena. Cuando Emma lo encontró, según me contó, tenía la cara llena de yogurt y las púas con alguna que otra judía pinta con ketchup (entiéndase “baked beans”. Entiéndase también que la cara y las púas eran del erizo y no de Emma). Emma y sus conversaciones con erizos… Podría ser otro capítulo de este blog.

La diosa de los catarros se apiadó de mi y aquella mañana, aún pensando entonces que Emma y sus tertulias nocturnas con la fauna eran algo cierto, pensé que había tenido una noche febril y ya estaba recuperado. Emprendimos rumbo a nuestra esperada y triste Takaka, pues acercarnos al norte de la isla significaba que se acercaba la despedida. Pero las buenas noticias eran bien esperadas también, y es que podíamos montar una tienda en el mismo sitio durante cuatro o cinco noches y no tocar el coche más que para lo justito, o al menos solamente para trayectos cortos. Takaka es tierra de frutales, de puestos con bolsitas de fruta a orillas de la carretera, con kiwis, melocotones, calabazas del tamaño de mi pecho, tierra del buen royo y de colinas de película. De cumbres borrascosas y llanuras con ríos muy diferentes a los de las tierras de Otago en el sur. Otago es el estado o provincia en el que se encuentra Wanaka.

La llegada a Hanging Dog, el camping de escaladores, fue un alivio para el coche, para mí, para Emma, para toda la comida que ha estado viajando y al final tiene un sitio en el que ser comida tranquilamente. Un alivio para las tiendas de campaña, que al fin encuentran un sitio donde aposentar sus mantos bajos y servir de hogar. Llegamos allí a medio día, y encontramos un sitio para el coche y las tiendas. Allí todo ell mundo es muy hippy y todo el mundo parece que lleva mucho tiempo. Es siempre raro llegar a un sitio en el que todo está montado y todo el mundo se conoce, y a la vez es muy emocionante llegar a un lugar en el que todos los vocablos son familiares, en el que las cuerdas, los arneses y los pies de gato están por todos lados. En el que el buen royo se respira con olor a hierba verde (que cada entienda). Dos slacklines montadas permanentemente, guitarras aquí y allá, rastas y suciedad. Mi tienda va a ser de lujo. Le he metido un colchón, sábanas y dos almohadas que me compré por un dólar, una es una mariquita y la otra una rana. Hay un sitio en Wanaka que se llama Wastebusters o Cazabasuras, en el que se vende todo de segunda mano y te puedes encontrar cosas sorprendentes en una visita antes de empezar un viaje, como las almohadas, dos sillas de camping ultrachulas, unos CD´s de Robbie Williams, Greenday, 90´s Superhits con Britney y Tom Jones, una tabla de cortar y un sombrero con una pluma muy chulo, todo por 20 pavitos. Como digo yo “Wastebusters, el lugar donde encuentras todo lo que no necesitas”. El paraíso de los días de resaca.

Entre escaladas y no escaladas pasamos un par de días en Takaka, escalando con los unos y con las otras, haciendo amiguitos, disfrutando del Sol, pero lo que no paramos a pensar es que solamente había pasado día y medio de estadía cuando llegó la lluvia. La lluvia nos llevó lejos del camping, en busca de lugares donde pasear bajo la lluvia, donde el coche nos cobijaba de camino, y el mar calmado por los azotes de las gotas de lluvia nos miraba manso. Estuvimos en un Café-Barco, vimos un antiguo barco de Jacques Cousteau que me emocionó mucho porque me recordaba a los documentales de La2 después de comer con los abuelos y las abuelas, Eso, con un intento de ir al cine que acabó en con las entradas vendidas y sin poder entrar, lo que posteriormente acabó en una tertulia a la luz de las velas y a las tinieblas de la tormenta con nuestros nuevos amigos Mario y Kirsty, de Alemania, con los que compartimos miles de risas ventiládonos no sé cuántas cervezas, una botella de Old Crow Bourbon y una de Captain Morgan Rum (Patricia, cada vez que veía al menda ese en la pegatina de la botella me acordaba de tí).

Esas velas, y sobre todo los brebajes, dejaron paso a un día, claro, de resaca. Dejaron paso a un día claro también. Claro de lluvias pero, claro, de resacas. Claro de lluvias, pero no claro de resacas. Claro de lluvias, pero oscurecido por la resaca. Cuando nos quisimos dar cuenta la pared estaba medio seca, la gente estaba lista para ir a probar algo para escalar, y nosotros todavía estábamos a medio despertar con el ceño fruncido, el tiempo ceñido y el Sol aparecido. Dimos abrazos y besos, donamos bienes innecesarios, y nos marchamos más tristes que alegres de aquel pequeño hogar en el que de haber estado más tiempo, nos hubiéramos encallado como el coche del hombre sudoroso. Ese lugar fue Hanging Dog, un camping solo de escaladores por un sencillo motivo: Los que lo llevan quieren que la gente que escala tenga siempre un sitio donde quedarse barato, que siempre tenga hueco. Gracias por una buena filosofía de vida en un sitio donde el baño era como un libro de filosofía, no por lo profundo pero por las pintadas. Allá, en los desalojos pertinentes, encontré gente pensadora de Bolzano, de Leganés, pegatinas de miles de lugares, y frases que llevaban a la risa y a la reflexión.


De ahí nos fuimos a Nelson, para dejar a Emma emprender una nueva aventura, tras una despedida de abrazo rápido pero intenso. La tristeza con la alegría, en el mismo abrazo.