De Sur a Norte
Hay caminos que no han de ser tomados. O destinos que no han de ser encontrados a la primera. O planes y objetivos que no necesariamente salen como a uno le gustaría, de los que hay que aprender y sacar lo mejor. Pero el que me vaya conociendo un poco sabrá que tener las cosas bajo control es lo mío. Y los elementos naturales que se enfrentan a nosotros a menudo, más aún cuando nuestros anhelos están ahí fuera, se enfrentan a ese afán de conseguir lo esperado aquí y ahora, en el momento y lugar donde nosotros queremos.
Así empieza la pequeña historia de unas vacaciones de dos semanas que para nada acabaron como esperado, pero que siempre estuvieron llenas de buenos momentos. Empezaron con una visita a Franz Josef por cortito tiempo, para decir “hola” a viejos amigos, de los que ya quedaban pocos por aquellas localidades. Unos cafés, como me gustan a mí, en un soleado día en territorios glaciares. Nuevas risas con caras conocidas. Una visita a lo que fue un hogar, y ahora es una casa cualquiera. Y un “hasta luego” que supo más a “adiós” que a otra cosa, porque ese sitio fue lo que fue, y ahora visto con perspectiva tiene menos atractivo que las Wanakas.
Emprendimos camino a lomos del Pajero… Sí, me he comprado un Mitsubishi, y el modelo es Pajero. En España lo sacaron y a los seis meses tuvieron que cambiarle el nombre por motivos obvios y ahora es Montero. Así que voy por la vida con un coche en le que pone “Pajero” en los lados. Como dice mi amigo Kyle, que sabe español porque vivió en Bilbao: “Pues un pajero y otro pajero, ya sois dos pajeros”. Me ha tentado la idea de poner una pegatina en la parte de atrás que ponga “wanker”, que es “pajero” en inglés, y así nos reímos todos y todas. El caso es que al aparato le he montado una cama en la parte de atrás, con espacio para cajones debajo, y es una especie de casa andante que me lleva a los lugares, y que incómodamente aloja a dos personas que se aprecien un poco en cuanto a olores y ronquidos.
En fin que a lomos del coche seguimos mi amiga Emma y yo camino de Punakaiki, un nombre que parece un personaje de Disney pero que es el nombre de un pueblo de la costa oeste. Tiene un atractivo particular por su bosque selvático sobre acantilados espectaculares, a veces tallados en la roca en forma de tortitas amontonadas unas encima de otras, lo que le da el nombre de las “Pancake Rocks”. Son unas formaciones que impresionan bastante, y nosotros en nuestro mundo de escalada y Spiderman nos fuimos a explorar el Valle Punakaiki, donde nuestro libro decía que había unas paredes bastante interesantes para escalar. Pudimos comprobar que escalar “montones de tortitas” no es tan fácil como uno imagina, no se pueden comer, y es mucho más difícil que la roca de Wanaka. Después de destrozarnos las rodillas con la roca local nos fuimos a Bullock Creek, donde al día siguiente pretendíamos una mañana de diversión en las paredes.
Pero los infortunios salen de la nada, incluso de debajo de las piedras, aunque en este caso no tuvo nada que ver con las piedras, si no que me desperté esa mañana con Emma y con un catarrazo. Así que sin ganas de desayunar más que un té, me apreté media sandía que me refrescó y me dejó medio despejado, pero sin fuerzas para escalar. Decidimos pues emprender camino lo más lejos que pudiésemos hacia Takaka, destino final de la semana, donde nos acoplaríamos durante cinco o seis días para escalar, comer y disfrutar de la vida sedentaria de acampada. De camino vimos como lo más bonito de la naturaleza, cuando las montañas, los bosques y el mar se juntan creando una playa de ensueño, nos llamaba sin descanso. Yo estaba medio enfermo, así que un baño en el frío Mar Tasman solamente podría ponerme peor, pero no mejor. Ya se sabe que a veces un pelotazo de wisky, que también lo intenté, ayuda, igual que puede ayudar un pelotazo de agua fría con olas que te dan volteretas en direcciones impredecibles. Y así volvimos al Pajero, mareados, con raspones, y sin sentir mi resfriado mañanero yo creo que porque estaba mareado con tanta marejada.
De camino para el Norte paramos en Greymouth, que para los entendidos en el idioma anglosajón no les será difícil, pero para los demás traduzco y significa “Bocagris”. Bien, no es el lugar más apetecible para vivir, aunque la verdad es que no es tan feo y tiene un poco de encanto. El caso es que allí vivimos una de las aventuras más peculiares del viaje echando gasolina. Entre la gasolinera y la carretera había un bordillo para delimitar la entrada a un lado de la gasolinera y la salida en el lado opuesto. Ese bordillo no terminaba en acera ni nada parecido, si no que era simplemente eso, un bordillo de un palmo de ancho, dos palmos de alto, como una murallita de delimitación que sin ser el más tonto pero algo de tonto hay que tener, pues te lo puedes comer. El caso es que al acabar de echar gasolina, y sin habernos percatado demasiado antes, un hombre sudoroso acarrea maderos que pone debajo de su rueda. Al ver eso vemos el bordillo, y al verlo vemos que el hombre, que no era tonto pero se sentía así, había pasado la mitad del coche, pero la segunda mitad no había logrado sortear la muralla, así que su deportivo blanco impoluto estaba encallado en el maldito bordillo de la venganza. Le ofrecía mi ayuda al hombre sudoroso, y con la ayuda de otro personaje que nos dejó una cinta de remolcar y un poco de sabiduría conseguimos yo y el otro Pajero, desencallar a aquel ballenato blanco y al hombre sudoroso de su agonía, a lo que el hombre y su vehículo respondieron con un “gracias” por la ventanilla y un abatimiento de mano y brazo mientras de daba a la fuga rápidamente antes de que alguien le identificase a la voz de “Pero John, qué has hecho para meterte en ese berenjenal”.
De camino al norte el cielo tornaba gris. Los bellos paisajes del norte, en torno a los Lagos de Nelson (Creo que no se llaman Nelson por Nelson el de los Simpson, pero tengo que constatarlo), se veían oscurecidos por las tormentas intermitentes. Las zigzagueantes carreteras hacía de mi resfriado un compañero de fatigas que se aposentaba en mi entrecejo empeorando mi dolor de cabeza, mientras me comportaba como un abuelito ancianito y quejica que Emma tuvo que aguantar durante un par de días. Al acercarnos A Motueka, ya en el norte de la Isla Sur, decidimos acampar ya que se estaba haciendo de noche. Una cena a la luz de la linterna más inútil del mundo, unas risas con mi guitarra desafinada (Adri, la guitarra de mi madre, ¡por Dios! Es la primera vez que hago un llamamiento a través del blog, pero que alguien me ayude a recuperar la guitarra de mi madre), y el mar frente a nuestro camping nos daban la bienvenida a tierras de Hobbits, de colinas redondeadas y verdecitas, y de mucha, mucha, mucha marihuana. Porque Wanaka es hippy, pero hippy 2.0. Hippy de postal, hippy de escaparate. De este que huele a sobaco porque se compra desodorante con olor a sobaco. Wanaka es hippy de pantalones rotos, pero recambio en el armario. Hippy de rastas limpias y cervezas caras en el bar. El norte, Motueka y Takaka, son más de hippy de no tengo un duro y con las montañas me basto y me sobro. De vivo en mi furgo y ese es plan para mucho tiempo.
La noche me dejó un recuerdo que nunca supe si fue real o sueño hasta que Emma me lo confirmó. Recordaba a Emma hablando sola fuera del coche, y es cierto que ella había plantado la tienda para no pillar mi constipado y para estar más cómodos (a estas alturas debo aclarar no confundir los términos “novia” y “amiga”, que ve que hay mucha especulación ya montada a lo largo de estas líneas ya escritas. Emma = amiga. Novia = no hay). Sus monólogos no eran monólogos, si no diálogos con un erizo que se coló en nuestra basura y estaba revolviendo todo lo posible para devorar los restos de nuestra cena. Cuando Emma lo encontró, según me contó, tenía la cara llena de yogurt y las púas con alguna que otra judía pinta con ketchup (entiéndase “baked beans”. Entiéndase también que la cara y las púas eran del erizo y no de Emma). Emma y sus conversaciones con erizos… Podría ser otro capítulo de este blog.
La diosa de los catarros se apiadó de mi y aquella mañana, aún pensando entonces que Emma y sus tertulias nocturnas con la fauna eran algo cierto, pensé que había tenido una noche febril y ya estaba recuperado. Emprendimos rumbo a nuestra esperada y triste Takaka, pues acercarnos al norte de la isla significaba que se acercaba la despedida. Pero las buenas noticias eran bien esperadas también, y es que podíamos montar una tienda en el mismo sitio durante cuatro o cinco noches y no tocar el coche más que para lo justito, o al menos solamente para trayectos cortos. Takaka es tierra de frutales, de puestos con bolsitas de fruta a orillas de la carretera, con kiwis, melocotones, calabazas del tamaño de mi pecho, tierra del buen royo y de colinas de película. De cumbres borrascosas y llanuras con ríos muy diferentes a los de las tierras de Otago en el sur. Otago es el estado o provincia en el que se encuentra Wanaka.
La llegada a Hanging Dog, el camping de escaladores, fue un alivio para el coche, para mí, para Emma, para toda la comida que ha estado viajando y al final tiene un sitio en el que ser comida tranquilamente. Un alivio para las tiendas de campaña, que al fin encuentran un sitio donde aposentar sus mantos bajos y servir de hogar. Llegamos allí a medio día, y encontramos un sitio para el coche y las tiendas. Allí todo ell mundo es muy hippy y todo el mundo parece que lleva mucho tiempo. Es siempre raro llegar a un sitio en el que todo está montado y todo el mundo se conoce, y a la vez es muy emocionante llegar a un lugar en el que todos los vocablos son familiares, en el que las cuerdas, los arneses y los pies de gato están por todos lados. En el que el buen royo se respira con olor a hierba verde (que cada entienda). Dos slacklines montadas permanentemente, guitarras aquí y allá, rastas y suciedad. Mi tienda va a ser de lujo. Le he metido un colchón, sábanas y dos almohadas que me compré por un dólar, una es una mariquita y la otra una rana. Hay un sitio en Wanaka que se llama Wastebusters o Cazabasuras, en el que se vende todo de segunda mano y te puedes encontrar cosas sorprendentes en una visita antes de empezar un viaje, como las almohadas, dos sillas de camping ultrachulas, unos CD´s de Robbie Williams, Greenday, 90´s Superhits con Britney y Tom Jones, una tabla de cortar y un sombrero con una pluma muy chulo, todo por 20 pavitos. Como digo yo “Wastebusters, el lugar donde encuentras todo lo que no necesitas”. El paraíso de los días de resaca.
Entre escaladas y no escaladas pasamos un par de días en Takaka, escalando con los unos y con las otras, haciendo amiguitos, disfrutando del Sol, pero lo que no paramos a pensar es que solamente había pasado día y medio de estadía cuando llegó la lluvia. La lluvia nos llevó lejos del camping, en busca de lugares donde pasear bajo la lluvia, donde el coche nos cobijaba de camino, y el mar calmado por los azotes de las gotas de lluvia nos miraba manso. Estuvimos en un Café-Barco, vimos un antiguo barco de Jacques Cousteau que me emocionó mucho porque me recordaba a los documentales de La2 después de comer con los abuelos y las abuelas, Eso, con un intento de ir al cine que acabó en con las entradas vendidas y sin poder entrar, lo que posteriormente acabó en una tertulia a la luz de las velas y a las tinieblas de la tormenta con nuestros nuevos amigos Mario y Kirsty, de Alemania, con los que compartimos miles de risas ventiládonos no sé cuántas cervezas, una botella de Old Crow Bourbon y una de Captain Morgan Rum (Patricia, cada vez que veía al menda ese en la pegatina de la botella me acordaba de tí).
Esas velas, y sobre todo los brebajes, dejaron paso a un día, claro, de resaca. Dejaron paso a un día claro también. Claro de lluvias pero, claro, de resacas. Claro de lluvias, pero no claro de resacas. Claro de lluvias, pero oscurecido por la resaca. Cuando nos quisimos dar cuenta la pared estaba medio seca, la gente estaba lista para ir a probar algo para escalar, y nosotros todavía estábamos a medio despertar con el ceño fruncido, el tiempo ceñido y el Sol aparecido. Dimos abrazos y besos, donamos bienes innecesarios, y nos marchamos más tristes que alegres de aquel pequeño hogar en el que de haber estado más tiempo, nos hubiéramos encallado como el coche del hombre sudoroso. Ese lugar fue Hanging Dog, un camping solo de escaladores por un sencillo motivo: Los que lo llevan quieren que la gente que escala tenga siempre un sitio donde quedarse barato, que siempre tenga hueco. Gracias por una buena filosofía de vida en un sitio donde el baño era como un libro de filosofía, no por lo profundo pero por las pintadas. Allá, en los desalojos pertinentes, encontré gente pensadora de Bolzano, de Leganés, pegatinas de miles de lugares, y frases que llevaban a la risa y a la reflexión.
De ahí nos fuimos a Nelson, para dejar a Emma emprender una nueva aventura, tras una despedida de abrazo rápido pero intenso. La tristeza con la alegría, en el mismo abrazo.

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