lunes, 27 de julio de 2015

The Shotover Saddle

Semanas atrás, Rob Roys Glacier fue un pequeño fracaso no tan estrepitoso, pero un poco de bajón por la falta de vistas y la falta de aventura en la caminata. Estudiando la web www.topomap.co.nz, que es lo más parecido a los mapas de ejército que tenemos en Piedrafita o al mapa de la Sierra de Urbión y Cebollera en Soria, me encontré con un pequeño paso que se me antojaba curioso. Shotover Saddle sube con líneas de altitud muy juntitas entre sí, desde los 500m hasta los 1.500m que lo encumbran.

Llegar hasta allí supone serpentear por una carretara que se enrevesa hasta convertirse en camino, y del camino nos topamos con caminucho, cruzando ciertos charcos, charquitos, ríos y arroyos que Furia sortea sin el menor miedo, porque el miedo es para los cobardes o para los insensibles, y creo que Furia tiene un poco de valentía y mucho de insensibilidad. En esta aventurilla me acompañan Cody, compi del hostel y paracaidista con el que espero saltar no dentro de mucho; Ryan, un simpáticos estadounidense de Seattle, escalador, andador, mountainbiker, etc... ; y Priscilla, un fichaje francés de última hora, escaladora, escaladora en hielo, y con unas piernas que te rompe y te deja quebrado en el primer ascenso a la que te descuidas.

Todo esto alicerado con un poco de buen desayuno, un solazo de justicia y un poco de entusiasmo y excitación global. De camino por el Valle Matukituki llegamos a Raspberry Creek, donde dejamos el coche hasta más ver. A partir de ahí todo consiste en seguir el valle del río Matukituki sin mucha esperanza de encontrar indicaciones hacia el Shotover Saddle, y fiándonos de nuestra memoria y mapa mental. Pero para nuestra sorpresa un cartelito indica conuna flecha la salida del camino principal hacia una abrumadora y vertical subida, solo apta para cabras y algunas vacas. Y nosotros nos disponemos a formar parte de esta selecta camaradería y pasar a formar parte de ese selecto club de los que observan las cosas desde otro punto de vista.

Muchas ovejas churras o merinas, no lo tengo muy claro, muchas vacas con flequillo, y un juego que se llama “toca el palo”. No hay camino, simplemente postes con el tope naranja que se ven de uno a otro y que siguiéndolos te llevan a la cima, o a lo que siempre parace que es la cima pero no lo es. Tras más de tres horas de increíble ascenso llegamos jadeantes a lo que parece la cima, pero vemos que eso nos da paso a un badén de unos cuantros metros, y luego una subida haca el exactamente Shotover Saddle que nos daría la vista al otro lado del valle. El tiempo corre en nuestra contra y la nieve encharca nuestros tobillos. Con estas decidimos acampar para la comida y regresar con las mismas, por la oscuridad que nos va a acechar en caso de tardanza. Una vez más, las fotos quitan el aliento más que mis relatos...



Abajo a la izquierda, el Shotover Saddle

Un poco de calentamiento el día anterior en Hawea Lake

Matukituki Valley

El equipo

Lo más alto que pudimos, a la izquierda el paso. Un poco más de tiempo y encumbramos. Queda en la lista.

Cody, pasándolo fatal

Priscilla y Ryan, pasándolo mal también

Haciendo el gamba en Shotover Saddle



sábado, 18 de julio de 2015

Cajón de-sastre

Esta sección se iba a llamar primero “Miscelanea”, pero me he topado con una de estos malentendidos guardados en mi encéfalo desde el cretácico. Y se trata de la expresión “Cajón de sastre”. Siempre había creido que era un “cajón desastre”. Un desastre de cajón, vaya. Pero no, hace alusión a los sastres y su variopinta manera de guardar de todo en sus cajones. Bien, resuelta la duda me dispongo a mostrar y comentar ciertas fotos que he ido acumulando en mi teléfono, más allá de paisajes, ríos y glaciares, para deleite y memorias posteriores. Porque otra cosa no, pero Nueva Zelanda guarda tesoros en supermercados y callejones... Pongamos que hablo de Nueva Zelanda


 Allá donde se pueden hacer tortillas, que saben deliciosas con la cerveza locar. Y es que aquí tienen ceveza "ale", que es mejor que la "pilsner" o la "lager" a las que estamos acostrumbrados allá arriba. Aunque para gustos, cervezas.
 Allá donde Eta se financia con la venta de mayonesa y de otros productos gastronómicos
 Allá donde Yoplait sigue haciendo feliz a niños y mayores
 Allá donde puedes colaborar arrancando pinos del suelo, que son considerados una plaga traída de Europa un par de siglos atrás
 Allá donde me avergüenzo de estar delante de tres pantallas a la vez. Una tele que no funciona, la tele que sí que funciona y el portátil para copiar las pelis al USB
 Allá donde Italia nos visitó en forma de siete mastodónticas pizzas caseras.
 Allá donde los perros son más bonitos que el Sol
 Allá donde los champiñones crecen en forma de corazón
 Allá donde una helada pelona te deja seco por la mañana
 Allá donde los abrelatas son como en las pelis
 Allá donde los gatos se llaman Milkshakes y parecen canguros
 Allá donde el repollo "rehogao" también se puede concebir
 Allá donde las aspiradoras tienen cara y nombre. También se puede comprar a "Lucy", que luce un fabuloso color morado. Pero a Henry III le tenemos mucho cariño. Con esa carita dulce. Con esa forma de caminar. Con salero, como R2D2. tropezándose con las esquinas cuando tiras de él. Ladeándose y volcándose cuando intentas saltar un cable con el. Tiene una forma de caer, con esa mirada inocente, que parece que te dice "ja, te jodes... no haberlo intentado, tío vago, en vez de cogerme en brazos". De repente su cabeza se ladea y parece que le pesa la peluca y decide tumbarse como perezoso... Ayyy Henry III, qué agonías y que sorpresas nos das!
 Allá donde todo está tan indicado que hasta la rosca de la leche tiene una flecha
 Allá donde por jardín se puede tener un glaciar
 Allá donde un juego de mesa, en italiano, tiene el nombre de Coño
 Allá donde los gatos se retuercen al dormir
Allá donde las berenjenas tienen buena cara

PONGAMOS QUE HABLO DE NUEVA ZELANDA

lunes, 13 de julio de 2015

The Copland Track


No subestimes lo que un camino por el río te puede ofrecer. Lo que un camino por el río te puede herir, cansar o hacer desfallecer. La mañana se presenta muy helada. El aparcamiento donde empieza Copland Track está a media hora conduciendo desde Franz Josef. El comienzo, con temperaturas mucheo más bajas que en la ardua y calurosa Europa, se presenta dichoso y húmedo. Un Rough Creek nos separa del otro lado, donde divisamos el dichoso triangulito naranja que marca aquí los senderos. Esas líneas rojas y blancas de las montañas de España y algunas partes de Europa, que aquí se traducen en triangulitos naranjas clavados o pegados a los árboles. El arroyo que nos separa del alegre y llamativo equilátero no es tan arroyo. Bueno, sí es arroyo, pues te puede arroyar cierta y fácilmente a simple vista, aunque solamente te cubra hasta las rodillas. Su falta de color muestra su transparencia cristalina, llenándonos de fría sed. Después de saltar pedras, pedruscos y troncos, sorteamos las diversas ramificaciones que nos separan de la otra orilla. Y nos disponemos a caminar hacia nuestro destino. Son las 10 de mañana. Empieza la serio.

Echamos una delicada mirada atrás, al otro lado del río, comprobando que Fury todavía sigue allí. ¿Habré apagado las luces? Fee me mira como si me fuera a matar. Todavía estoy acostumbrado al Toledo y al Córdoba, que pitaban al abrir la puerta. De hecho, en el Niva también me las dejaba puestas. El agua del río que nos separa del aparcamiento nos da frío. Todo es escarcha alrededor. Es mejor echar a andar para alejarnos del frío y del aparcamiento, en dirección a nuestro destino. La Welcome Flat o Los Llanos de Bienvenida. Sí, la verdad es que suena un poco a entre Señor de los Anillos y La Gueera de las Galaxias. El camino se adentra, húmedo y embarrado, en la selva que ya no me sorprende. Aunque al ver las hojas de los árboles llenas de escarcha todavía intriga pensar cómo un bosque que en mi mente siempre ha sido tropical puede estar calado de blanco como un pino soriano. El camino serpentea, ladeado por esta amalgama de plantas selváticas que nos separan del Río Karangarua. Todavía no nos cruzamos con el Copland River, que le da nombre al valle siguiente, si no que seguimos la estela del Karangarua, tímido entre la vegetación, y a veces invisible.

Desapercibidamente el abandonamos el Karangarua virando discretamente al Este, y nos topamos, después de tres horas de camino, con la belleza y la angostura del Valle Copland. Debido a deslizamientos de tierra el camino se dirige hacia la orilla del río “y vi que estabas muy sola”, resbalando sobre las rocas, divisando una roca en forma de perrito perruno y esbarándonos* (término valldeavellanesco referido a “resbalar”) hasta encontrar de nuevo el camino. Diverso arroyos cruzan nuestro sendero entre los árboles, y al no encontrar lecho por el que fluir, fluyen por el propio camino dándonos la oportunidad de probar nuestras tan maravillosas (y no tanto) botas de montaña.

Ni una pista de fauna salvaje. Ni los pájaros cantan, ni los árboles se levantan. Ni un ruido en este camino que de tan selvático se vuelve monótono. Que de tan tremendamente bello se vuelve eterno. Que de tan verde se camufla para no volver a prestarle atención. Que de tan... de tan largo se nos olvida que de camino se encuentra Architect Hut. Se trata de un refugio que le encantaría a Pepo en un “vámonos este fin de semana a un refugio de Soria”. “Pepo, tengo una casa en Soria”. “Ya, ya, pero vamos a un refugio”. Bueno, de esos refugios, pero mucho mejor. Un par de colchones en una litera, una estufa, un váter. Estos kiwis se lo montan bien en este aspecto. No verás un camino sin indicar, sin nombre, ni mal cuidado. Creo que todo el dinero de los impuesto de la cerveza y el tabaco, que son entre 20% y 60% dependiendo del producto, han puesto letreros y triangulitos naranjas en todos los caminos. Y también les ha dado para construir refugios en todos lados. La verdad es que de esta manera todo está más accesible para más gente. No son cifras desorbitadas las que se barajan cuando se habla de permisos de pernoctación o refugios, lo que hacen que se puedan mantener gracias a la ayuda del DOC (Department of Conservation), sus trabajadores y voluntarios.

Tras pasar Architect Hut nos dirijimos, cruzando algún que otro puente colgante más, hacia nuestros Llanos de Bienvenida. No me había parado a traducirlo hasta que me he puesto a escribir este post. La altura se va notando en nuestro camino y en nuestras piernas. El camino es arduo y, como he dicho antes, a ratos monótono, pero deja paso a unas vistas espectaculares de los valles que de vez en cuando surgen a izquierda y derecha más allá de los puentes colgantes. Puentes de alambre que le dejan a uno el pecho de cartón. Es complicado mantener el equilibrio encima de ellos para tomar las fotos, solamente se puede pasar de uno en uno, y siempre me viene a la cabeza esa escena de Indiana Jones cuando se rompe el puente colgante, recordándome que me tengo que agarrar a él y me daré de bruces contra las rocas.

Nos adentramos de nuevo en la selva, y con ella en conversación sobre la escarcha, la nieve y cómo una selva es jungla, si todas las selvas son junglas, o si esto es selva, jungla, ambas, o solo selva. Es “rainforest” en inglés, eso seguro. Y sin darnos cuenta llegamos a Welcome Flat Hut. Y con ellos llega nuestro regalo de bienvenida que, además de un sandwich de queso, son unas charcas se agua caliente naturales. 4 graditos fuera. Nos damos prisa para cambiarnos y ponernos el bañador y corremos a las piscinas. Una canadiense y un australianos nos dan la bienvenida al puechero natural. 41 grados dentro del agua. Nos escaldamos la piel mientras entamblamos conversación. Nunca había estado en nada parecido. El refugio está a un minuto, escondido entre la maleza y las vistas... Daré paso a las fotos más adelante, como siempre. Cambiamos de charca, y la siguiente está demasiado fría. Cambiamos de charca de nuevo y encontramos la perfecta. El agua cubre hasta por encima de la patorrilla. Perfecta para tumbarse y mantener la cabeza fuera. Me pregunto por qué... Ah! Esas piedras del tamaño de un plato están en la orilla para apoyar la cabeza. Tienen el tamaño perfecto. Fee y yo nos tumbamos, observando las montañas y alimentándonos del sol que está a punto de ponerse. El agua mana vapor con el cambio de temperatura. Nuestra olla nos cuece a fuego lento y nosotros nos dejamos. Cuando empieza a oscurecer es demasiado tarde para quedarse más rato. No es por la hora, es por el hambre. Hems llegado y hemos ido de cabeza al agua. Hambrientos nos depedimos de las charcas con la falsa ilusión de que volveremos de noche a ver las estrellas. No ocurrirá. Nos tirá para atrás el paso frío del refugio calentito a las charca calentita. Cobardes!

La chimenea aglutina a los refugiados. Una familia de kiwis. No de animales, si no de kiwis-locales; otra kiwi de Franz Josef; la canadiense, el australiano, un quebequiano y una brasileira. Chimenea, cena, libro, conversación. Retirada tras retirada; té tras té, nos quedamos tres gatos... bueno, el quebequiano, la brasileira y yo, un gato, de cháchara. Ambiente de refugio. Siempre me atrae. Buenas historias, recomendaciones musicales, cinematográficas... Me recuerdan a aquel refugio en el Toubkal de Marruecos. Los pies eternamente congelados. Y todavía nos queda el peor paso, que es subir a las fresquísimas habitaciones del piso de arriba, en el que los conductos de la chimenea no has sido distribuidos de manera muy inteligente, por lo que solo calientan el pasillo. Pero, de todas maneras, en un refugio de 30 camas muy bien equipado. Y yo duermo muy bien equipado, vestido hasta las cejas encerrado en mi saco. Y duermo del tirón. Tanto que al día siguente no nos da ni tiempo a un bañito por tener que volver y cuadrar los tiempos antes del anochecer.




Welcome Flat Hut