domingo, 10 de abril de 2016

El Risco Erróneo



Y con una despedida llegó un reencuentro con mi amiga Petra, a la que recogí de camino a tierras alpinas. Con cambios de planes constantes decidimos que la mejor idea sería recogerla en Franz Josef, y bajar a Wanaka a recoger algo de equipo para ir a la zona de Mt Cook para una aventura que yo llevaba soñando desde que vi el mapa. Se trata del Copland Pass, el paso más “fácil” por la zona más alta de los Alpes del Sur. Un paso a 2.150m que da entrada y salida de Este a Oeste, o viceversa. Emplazado en su parte oriental, a 2.105m está el Refugio Copland (Copland Shelter), de inmenso atractivo por su localización y su forma. Una lata de espárragos con cuatro camas y una radio. Un paso y una lata de espárragos, a veces, hacen las delicias en los dulces sueños de un niño y una niña que se conocieron escalando. Y una predicción del tiempo favorable cierran un plan en el que botas, crampones y piolets, sobres de comida instantánea y demás chucherías hacen temblar de entusiasmo a dos personas con una aventura.

Salimos de Wanaka a las tres de la tarde, con un coche lleno de mierda por dentro y por fuera, un cielo despejado, y noticias de que dos amigos están en Mt Cook también (Quiero aclarar que cuando me refiero a Mt Cook me refiero al pueblo, y cuando digo Aoraki es el pico o montaña). No puede ser de otra manera. Si están allí, están en busca de lo mismo que nosotros. Ya nos vamos conociendo… Llegamos a Mt Cook y nos registramos en el hostel, en el que Theresa al ver mi nombre me saluda con un “en Wanaka hace menos frío que aquí, eh?”. Alguien me ha resuelto el problema y me ha dejado quedarme gratis, por aquello de que en los diferentes hostel YHA nos podemos quedar por la cara. Una de esas ventajas de currar donde curro. Resueltas algunas preguntas y unas risas, lo primero es lo primero: disfrutar de la sauna del hostel. Después de los calores, una duchita que nos deja nuevos para una cena acompañada de un mapa y un té con un chorrito de wisky, para alegrar los planes. El tiempo apunta maravilloso para los dos próximos días, lo que necesitamos para cruzar al lado Oeste. Las seis de la mañana es la hora de partida decidida, y con esas nos vamos a la cama con una sonrisa tan amplia como el valle que nos espera el día siguiente.

Son las 6.15 y nos montamos en el coche. El cielo está estrellado, y detrás de las cumbres hacia oriente parece que el Sol quiere decir buenos días. Nos dirigimos al DOC (Departamento de Conservación) para dejar constancia de que emprendemos marcha hacia aquellos lares. Es algo prudente hacerlo en rutas en las que sabes que no vas a encontrar a nadie, y se llama “Declaración de Intenciones”, con una fecha de entrada y una estimada de salida, y con inteligencia se debe avisar cuando se termina, para que tengan constancia de que has salido viva. Aparcamos en el Aparcamiento del Valle Hooker a las 6.30 y emprendemos marcha. Al subestimar un río tenemos que dar la vuelta y hacer otro camino. Así empezamos. De ahí, todo avanza de maravilla. El día va clareando sin una sola nube, y vamos vislumbrando un valle bello y custodiado por Aoraki. Desde este lado lo vemos observándonos. Observando todo lo que le rodea, porque es ese Aoraki el pico más alto de Nueva Zelanda con 3.724m. Para mí estas montañas, picos y accidentes geográficos de magnitud siempre me transmiten algo de personalidad, de expresión, de palabra, de mirada… Y ahí está, impasible, pero para mí lo está dominando todo. Es como si le dieras la espalda y aún la notaras susurrándote diciendo “¿Dónde vas? ¿Qué haces aquí? ¿Cómo aprendiste de estas tierras?”. Siento como rendición, como pidiendo permiso todo el rato para pisar sus piedras, las orillas de sus lagos, el beber de sus ríos. Tal vez hicimos mal algo de eso.

Sorteamos el lago y lo que, como ya sabíamos, empezaba con un camino, ahora es solamente un campo minado de rocas de una mesilla (comparación que me ha venido al mirar alrededor en mi cuarto y ver la mesilla) sobre las que hay que ir saltando, sorteando, tanteando, balanceando y dominando. Decidimos que la mejor parte para bordear el lago es el mismo borde. Es la parte más llana, puesto que del lago surge la pendiente que lleva la antigua morrena del glaciar a convertirse en la Cuerda de Shephton, donde se encuentra nuestro Copland Pass. Tendremos que seguir a orillas del lago, saltando esas piedras y en ocasiones caminando deprisa porque mirar hacia nuestra izquierda hacia arriba y ver todas esas rocas a punto de desprenderse no genera más que angustia y agobio. Y al mirar a nuestra derecha, en el lago, vemos rocas que sobresalen de la superficie, que probablemente ayer o hace un mes estaban a nuestra izquierda queriendo saltar al vacío. Hoy no, por favor.

Tras un largo camino sobre la orilla poniente del Lago Hooker llegamos a la cara del Glaciar Hooker. El agua de su deshielo que crea el lago tiene un tono gris veneno que no invita demasiado a su ingestión, así que mejor decidimos recargar las botellas en un pequeño riachuelo que baja de nuestra izquierda. Esta sí que es agua mineral. La cara del glaciar nos sorprende con algún desprendimiento de algún bloque de hielo que es tan pequeño que ni siquiera vemos, pero cuyo sonido hace que mi mirada se cruce con la de Petra. Llega el momento, al cruzar el límite del lago con el glaciar y seguir glaciar arriba, de andar en la morrena. Esta es la unión de la ladera del valle con el río de hielo. La morrena es toda la roca que el glaciar va dejando en el lateral, y que al andar por ella hay que dejar, en nuestro caso, a nuestra derecha, para no cometer el error de caminar en el preciso hueco entre la ladera y el glaciar. Ese hueco está lleno de rocas desprendidas recientemente, y es sujeto de inestabilidad. El bloque de hielo que forma en pedacitos el gran glaciar es hueco por debajo, y así resbala y avanza, por lo que todas estas rocas caídas de la ladera pueden caer debajo del hielo y crear cráteres de todos los tamaños. Después de andar una hora nos topamos con uno de estos cráteres, y eso nos muestra que estamos encima de la morrena. A nuestra izquierda el macizo de piedras  y rocas que ascienden hasta los picos; debajo nuestro la morrena; a la izquierda el glaciar. Y en frente un cráter de cien metros de ancho que a la derecha deja ver el hielo, y en el fondo el río subterráneo que lo ha provocado. Al alzar la mirada, a 100 metros al otro lado del hueco, un ser humano. Al sortear el cráter, al otro lado, ya son dos seres humanos y un grito: “Al!” (ya se me empieza a conocer como Al. Alberto es muy largo). Es Steph. Abrazos varios. Y una mala noticia. No han encontrado el Copland Shelter. De hecho, no han encontrado el camino para dar con el. No hay camino, eso ya lo sabíamos. Lo que no han encontrado es la forma de llegar a él. Ni siquiera la forma de llegar al risco que da acceso al propio refugio. Han acampado. Petra, en un alarde de seguridad y confesado luego, también algo de miedo, les pregunta si podemos pillar la tienda. Yo no veía el por qué. No teníamos pérdida y tampoco teníamos sitio para meter ese pedazo de tienda. Creo que al ver la cara de Petra mi mochila hizo un hueco ella misma y se adaptó para acoplar la tienda. Ahora llevamos más peso, pero alguien es más feliz. Y otro alguien será más feliz después también.

Nuestro camino, entendiendo que cada vez que digo camino no significa que lo haya, si no que me refiero a dirección, sigue hacia el Norte siguiente indicaciones de Neil y Steph. Si seguimos sus pasos y seguimos más alto llegaremos al risco. Ellos se han dado la vuelta por falta de material. Luego entenderemos por qué. Y es que en un momento dado hay que dejar la morrena y empezar a ascender hacia el oeste, de manera muy vertical, por una ladera de rocas que no dan para la estabilidad ni un momento de descanso. Tenemos que subir uno al lado del otro, o subir en diagonal para que las piedras que ruedan tras nuestros pasos no caigan encima del otro. A estas alturas ya llevamos los dos los cascos puestos. De vez en cuando se oyen deslizamientos de rocas, pero cuando las avistamos ya son solo unas piedrecitas lejanas. Si es algo serio lo oiremos alto, claro y cercano. Nuestra meta, con la cresta del Copland Shelter a la izquierda, es seguir subiendo hasta que la roca sea firme, y entonces atravesar hacia la izquierda para subir a la propia cresta y así seguir hacia arriba en terreno más estable hasta el Shelter.

La subida en inestabilidad nos toma mucho más tiempo del esperado. A veces teniendo que aguantar las piedras que uno mismo pisa hasta que el que va detrás se cubre, porque se sabe que van a caer. A veces desesperándome por la falta de equilibrio y soltando alguno de esos alaridos Bohuarenses que muchos de allá estaréis acostumbrados y acostumbradas, pero a los que Petra responde con un “te has hecho daño?”. Le tengo que explicar que es solamente frustración, mala leche y mi forma de comunicarme con la naturaleza pidiéndole clemencia en la inclemencia. Pronto Petra se hace con mi “pasión” desenfrenada con y para las rocas. Ahora disfrutamos más, ganando altura estamos más cerca de nuestra meta. Pero a las 16:00 estamos a 1.500m, muy lejos del refugio, en la cresta. No conocemos el terreno, pero lo que pinta más alto es una subida bastante traicionera en la que no sabemos si vamos a poder plantar la tienda, por la falta de llano. Y, para ser sinceros, ya hemos pasado un sitio donde podíamos poner la tienda 200 metros más abajo y no hemos visto nada parecido hasta donde estamos a 1.500. Creemos que es buena idea plantar la tienda y buscar el refugio al día siguiente. Estas aventuras las suelo hacer solo, pero esta vez en compañía de Petra debía, entonces en privado y ahora en público, estar muy agradecido a Petra por tomar la decisión de tomar esa tienda de campaña de manos de Neil y Steph. Gracias Petra. De una repisita donde cabía uno de nosotros de lado conseguimos, con los piolets, cavar una repisa en la cabíamos los dos, pero solamente tres cuartos de la tienda, El resto de la tienda estaría en pendiente, y el otro resto, un palmo, un poco descolgado hacia el precipicio. Decidimos anclar a una tira de nylon dos de los piolets y estos clavados en dos grietas, para más seguridad. Decidimos recostarnos en paralelo a la pendiente. Ninguno de los dos quiere rodar a la parte de abajo de la tienda y dar opción a que se desenganche. Así para las cinco y media lo que tenemos montada es una tienda que dentro, al recostarnos, lo que tenemos es más pinta de estar reclinados en una silla de dentista que otra cosa. Para las seis menos cuarto creo que ya nos quedan fuerzas en los párpados. Lo último que recuerdo decir fue “voy a echarme una siesta y luego cenamos”. Cuando desperté eran las diez, y Petra parecía dormida. Comer nos hubiera echo bien, pero no teníamos mucha agua para cocinar. Esperábamos llegar al refugio con el tanque de agua.

Entra el Sol por un parche de plástico transparente que tiene la tienda. Más que sol es claridad. Con el saco dejando no más que mis cejas y mis ojos descubiertos me siento y miro por el plástico, una mezcla de varias estrellas y algo de claridad nos dan los buenos días. Miro a mis pies, que noto algo fríos, pero que no me han dado la lata demasiado durante la noche. Es la parte que siempre me queda fría y me despierta. La cubierta interna de la tienda es la de mosquitera, como siempre. La de fuera, la impermeable. El problema es que al descolgar un poco por el fin de la repisa, a través de la mosquitera veo el vacío. No el vació tal cual, pero sí la caída.

Emprendemos camino en un nuevo día en el que nos damos de límite las doce de la mañana para encontrar el refugio o el paso. Si encontramos el refugio a esa hora, solamente estaremos a 90 metros del paso, así que posible realizar el cruce al lado oeste y así al Refugio Douglas. De otra manera, si damos con el refugio a esa hora a vista, pero no hemos llegado, podemos dormir y volver por donde hemos venido porque no hay tiempo para cruzar. Si no hemos hecho ninguna de las dos cosas, nos damos la vuelta y para abajo. Después de dos horas y media de ascenso por roca fija y también muy suelta. Al fin avistamos el refugio, pero con una terrible desilusión. Llegamos a un llano donde debería estar, donde sería lógico que estuviese y Petra, diciendo que no con la cabeza, y señalando a lo lejos, me apunta a una lata como la que buscamos, pero un kilómetro más lejos, y hacia el sur, cruzando un glaciar con la vista, en la cresta de enfrente. Nos pasamos de valle. Y la desolación me saltan una lágrima y me tiran las fuerzas por los suelos. No tenemos agua y nos queda, a las 10.30 de la mañana, un día muy largo por delante, con un regreso por el mismo agónico camino por el que hemos venido. Al comenzar el descenso echamos la vista atrás. Ahí está, el refugio tan anhelado, al otro lado del pequeño y vertical valle. Las vistas, grabadas en la memoria. No hay tiempo para fotos. No hay ánimo. Nos vamos.

La tortuosa bajada nos toma cuatro horas hasta el valle del glaciar. Desprendemos muchas rocas. Bajamos de uno en uno, poniéndonos a cubierto para que baje el segundo. Las rocas se desprenden fácilmente. Hay que tantear dónde pisar o dónde agarrar. Desescalamos, con las mochilas desequilibrándonos fácilmente (me he comprado un macuto nuevo al volver. Mamá, Papá, el macuto negro, gris y azul que fue un regalo de cumpleaños hace 15 años, aunque podrían ser 20 también, se me ha quedado pequeño). En dos ocasiones miramos hacia atrás, y rocas caen de donde hemos estado hace media hora. Hemos desestabilizado el terreno. Ahora tenemos que estar pendientes. De vuelta, tras pasar el cráter donde vimos a Steph y Neil ya sabemos cómo de cerca o de lejos estamos. De bajada no paramos de mirar a la derecha, para quedarnos con todos los detalles. Con una sonrisa, la primera del día, en la cara nos decimos que tenemos que volver porque ahora sabemos que no tenemos que volver a subir lo que hemos subido. Que ese era el camino erróneo. y procuramos quedarnos con todos los detalles, algo inútilmente, para la próxima vez. Y digo inútilmente porque de vuelta encontramos dos cráteres en la morrena que dan paso a vislumbrar el hielo, y que no recordamos del día anterior. Ninguno de los dos, y eso significa que en un día el glaciar puede cambiar mucho. No sin esfuerzo para bordear los nuevos huecos llegamos al lago glaciar. Ya sabemos lo que nos queda. Miramos hacia atrás. Aoraki sonríe al darnos la última lección. Ahora, con los pies en la tierra y con un té con wisky nos miramos y asentimos. Hay que volver. Nos miramos y apreciamos lo absurdo y lo aprendido. Y es que tras el encuentro con Neil y Steph no volvimos a mirar ni el mapa ni hacia arriba. Seguimos sus indicaciones. A ciegas. Suerte que Petra insistió para llevar su tienda. De no haber sido así, la noche hubiera sido muy fría. Demasiado. Entonces, con un té caliente, hubo poca conversación, pero muchas miradas de complicidad.


Al día siguiente, al despertar y desayunar, dijimos “sí” a volver a intentarlo. Hoy, Petra me ha mandado sus día libres. Tal vez no hagamos el Copland Pass, pero seguro que volveremos para encontrar ese refugio. Dentro de dos semanas coinciden nuestros días libres. ¿Capítulo 2?



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