Fraser Island (K'Gari en butchulla, los aborígenes de la isla, que significa “isla paraíso”) era una leyenda en la boca de todos que no podía resistirme a pisar. Es de esos lugares a los que todo el mundo va. Lugares protegidos al alcance de todo el mundo. La aventura que todo el mundo puede tocar. Desde aquel que necesita un resort para sus momentos de descanso, como para esa familia con 4x4 y remolque con casa a cuestas que pasa tres semanas fuera de casa caracoleando. Y una de sus puertas de entrada es Rainbow Beach. Atractivo nombre para un sitio que antes se llamaba “Back Beach” (La playa de atrás). Más llamativo Rainbow.
Salí de Brisbane pronto por la mañana y no tardé mucho más de 20 minutos en que un conductor de pelo teñido, talludito, con una camión de caja trasera fija me agitase la mano para que subiese. Sucia. Vieja. 80Km/h de media. Suficiente. Jockey de caballos hace 30 años en Noruega durante tres años, jockey en Nueva Zelanda. En toda ciudad por la que pasamos en una hora había vivido o conocía a alguien. Allí había un hipódromo. Allá lo sigue habiendo. Más allá gané. Un caso interesante de un tipo que al preguntarme por mi piercing de la nariz hizo el gesto de arrancármelo. De un tipo que al preguntarle por qué hace 47 años decidió emigrar de Nueva Zelanda a Australia su respuesta fuera porque en Australia había menos inmigración. Un tipo curioso, cuanto menos.
Bajada de camión en un desvio que me lleva a andar por la autovía hasta la incorporación a la misma del mismo devío. Más allá hay una gasolinera, pero aquí hay suficiente tráfico. Diez minutos y alguien sale al arcén en un flamante Saab 93 granate. Un brazo blanquito, pequeño y delgado se agita por la ventanilla. Corro y se presente Monika. “Soy Monika. No me vas a apuñalar ¿verdad?”. Soy su primer autoestopista. Noruega emigrada a Australia con su familia a los doce. Parece que es el día de Noruega.
La conversación y dos horas de viaje me llevan a pensar que si ella va a Hervey Bay, yo también voy para allá. Es otra puerta de entrada a Fraser Island. Los planes, para cambiarlos. Comemos juntos al llegar y acabamos en el mismo hostel. Woodshed Hostel. Si en algún momento consigo permiso de trabajo en este país, después de Nueva Zelanda, me vengo aquí de cabeza. El paraíso al lado de la Isla Paraíso. Una noche bonita.
Al día siguiente es tiempo de preparación para la aventura del momento. Siete días en el paraíso solamente con lo puesto y la mochila. Me decido a hacer todo y ponerlo en marcha para salir el viernes. Compras, permisos, reservas de ferry... Todo en orden. Estoy nervioso. Duermo poco. Es algo grande. Apartir de aquí, en la mayoría copiaré mi diario, mi compañero de viaje junto con “The Beckoning Silence” the Joe Simpson.
DÍA 1 Kingfisher Bay – Lake McKenzie (14km aprox): Al llega rodo se muesra com Parque Jurásico. Tengo la impresión de ver los mimos jeeps dirigidos por gente del parque o por compañías, llenos de gente que desea visitarlo. “Aquí un T-Rex, aquí un velocirrapor”, solo que aquí trata de una isla de 750.000 años creada por las corriente de la costa Este de Sur a Norte, que arrastrando sedimentos la han creado. Es la gran protectora de las grandes corrientes para la Gran Barrera de Coral. Sin su creación, la Gran Barrera de Coral no existiría. K'Gari (Fraser Island) es la isla de arena más grande del mundo. En la arena no suele crecer nada, pero con la ayuda de una bacteria la tierra es fértil y ha dado lugar a algo inaudito. Una selva y muchísima vegetación. Hay hasta setas.
El día comienza saliendo del masivo centro de interpretación-resort-información, donde he obtenido mi permiso de campista para seis noches. De ahí para adelante podré alterarlo. Tengo billete abierto de vuelta. No worries! Pero el permiso ha costado un poco, aunque aquí la atención al cliente es especialmente amable y... vaya, que de verdad atienden al cliente. Me dispongo, guiado por mi mapa, a salir de ese centro y camino por la costa. Diversas arañas cruzan el camino, y un lagarto monitor se cruza en mi camino y sube a un árbol, siendo mi primer “dinosaurio” avistado. Son una especie de dinosaurios en realidad.
Para el primer día, sin calentamiento, el caminar por un fondo de arena de playa, aunque cubierto por hojas caídas que hacen que sea algo más estable y menos movedizo. Ecl tobillo derecho está resentido. La mochila pesa como un muerto o dos. Me he cerciorado de llevar solamente lo necesario, pero sigue siendo lo necesario para 7 días. Manzanas, barritas de muesli y fideos chinos instantáneos. Muchos. Agua en el camino. Pero la llegada al que es mi destino final del día, el Lago McKenzie (Boorangoora), lo cura todo. Aguas cristalinas de agua dulce acumuladas por la lluvia sin afluentes, porque obviamente una isla creada por sedimentos no tiene acuíferos.
En la zona de acampada hay un grupo de jovenzuelos. Los habrán depositado los padres para que acampen. No llegan a los 18. Y las 18.00 tampoco llega cuando empieza a llover. Los primeros noodles se cocinan dentro de la tienda. Me ha dado tiempo a asentarme, bañarme en el lago, tomando conciencia de lo que serán las duchas de los próximos días. Eso mismo, baños en los lagos viendo atardecer. No puedo explicarlo con palabras. Un sentimiento de atractiva soledad y primitivismo que me devuelve a un estado anterior del ser humano. Muy profundo, pero muy cierto. Será el primer día, el cansancio, la lluvia que no cesa... A las 19.00 creo que es la última vez que he mirado el reloj.
DÍA 2 Lake McKenzie-Lake Wabby (15km aprox): La mañana nos regala más lluvia cuando pretendía recoger. Hoy parece que tengo más energía. En algunos momentos río y sonrío solo de la emoción del momento, cosa que ayer no. El camino de ayer tampoco lo merecía tanto. Hoy he visto los árboles más grandes que nunca he visto. El Lago al que me dirijo lo utilizan los butchulla como pila de bautismo para los hijos. Dicen que hay sirenas que te llaman y te atraen a las profundidades. He tenido la suerte de encontrar a un “ranger” (guarda forestal) que me ha explicado todas estas cosas. Cómo era el lago, cómo son los butchulla, porque el nació aquí. Él es butchulla. Me dice que le gusta la gente como yo, que explora la isla andando, para así sentirla de pleno. Si yo cuido la K'Gari, K'Gari cuidará de mí. Algo de lo que me daré cuenta más tarde.
Ahora, mirando alrededor, a las 17.15 con la última claridad del día, sonrío y digo “esto es lo que he venido a hacer”. Oyendo de fondo pájaros y lagartos reptando el suelo, es aquí donde quiero estar. “If only the weather holds”. “Solamente si el tiempo aguantara”. Lo único que tengo que hacer es ir a por agua y hacer la cena. El agua en los servicios es de un tanque de lluvia. No se sabe cuanto lleva ahí estancada. A veces es más amarilla. Tengo pastillas purificadoras. Me hace gracia el nombre. Son pastillas beatificadoras. Pastillas evangelizadoras de agua. Me recuerdan al anuncio aquel que decía “La llama. Te purifica! Andá llama, purificálo!”. Para cuando termine mis tareas la luz se habrá esfumado y mi frontal y yo leeremos un capútulo más de Joe Simpson, estudiaremos el mapa por enésima vez para ver que efectivamente vamos al Valley of de Giants (Valle de los Gigantes, por sus árboles).
Acepto que esto se me ha venido un poco grande, pero empiezo a verme inmerso en esta aventura. Hay sitios donde comprar más comida. No worries!
“Haz lo que quieras con tú vida. Yo haré lo que quieras con la mía. Y, al final, todos nos veremos en el cementerio”
El sonido de la soledad es estremecedor
DÍA 3 Lake Wabby-Valley of Giants (16,2km): El da comienza con más optimismo, aunque con una larga traveía que afrontar. Sigo tenéndo miedo al agua. Simplemente un cierto recelo y sensación de incomodidad al estar mojado. Esa sensación de pegajosidad en mi cuerpo me es extremadamente incómoda. Tanto, que a ratos odio esta trávesía por lo húmeda que es. Múy húmeda. Sudo como no la había hecho hasta hoy.
Pero mi miedo al agua viene de mi miedo a que llueva. A que me empape andando. A llegar mojado y... otra vez, a la incomodidad. Luego me siento, o al menos mi cabeza se asienta. Yo sigo andando Mi cabeza, sentada, reflexionando, piensa. Piensa que nada cambia el hech de la lluvia en mí. Solamente algo de prisa por montar un lugar. Desplegar el campamento. Poner la comidad a salvo de los dingos. ¿Dónde? Colgada de un árbol. Las zonas de acampada tienen cofres para guardar la comida. Nunca dentro de la tienda.
Bien, el día comienza así, pero en realidad me dirijo, entre los árboles que me ocultan del sol, pero no de la humedad, hacia un nuevo lago. El sabor de los fideos Magi llena todavía mi boca. Hoy habrá que tener cuidado con el agua. Hay que aguantar todo el día de hoy y la mitad de mañana. En mi parada en Valley of de Giants no hay posibilidad de rellenar.
En este terreno , con esta humedad y este suelo de arena de playa todo el rato, aunque cubierto de hojas en su mayor parte, la media de km/h se reduce. El calor también reduce ese ratio. A más calor, más paradas, más fatiga. Igualmente, también he notado que a medida que me hago con el terren y el ecosistema, también sube el ratio de cara de felicidad por hora. Esto quiere decir que el primer día me encontré con un alarmante estado de mala leche y recelo hacia lo que me encontraba. McKenzie deshizo cualquier malhumor anterior con un bonito baño y una buena comida (fideos). Pero llovió durante toda la noche. En comparación ahora es mucho mejor, que cuando canse cojo caminito de vuelta, pero mi emoción crece cada día. Y la cómoda incomodidad de la humedad y la lluvia también.
Viniendo desde Wabby he gritado alarmado por mi torpeza unas cuantas veces, otras cuantas por las moscas, y por una mosca en particular que era del tamaño de una uña, muy gris, con los ojos muy rojos. Me rondaba zumbona. Muy zumbona porque su tamaño era muy exagerado. Muy alarmado porque en un momento he sentido un picotazo en la pierna y, de lo fuerte, he creído que era un tábano. Pero la misma mosca ha salido zumbando. Era ella. No sé, ni lo quiero saber, pero no ha dejado marca y no duele. Hoy he visto, subiendo el récord, lo árboles más grande que he visto nunca. Al menos los más grandes que recuerdo. La memoria para esto es selectiva y te hace verlo todo más grande que nunca.
Cuando ya estaba llegando a la acampada de Valley of the Giants el cielo ha empezado a dejar caer una fina lluvia. Me he encontrado a mí mismo, como otras muchas veces, hablando a algo. Es lo que tiene esta tan apreciada soledad. A veces hablas solo, a veces hablas con las cosas, y muchas veces no sé si he hablado en alto o solamente lo he pensado. Pero esta vez estaba hablando en alto, a la isla o a quien quiera que sea el dios de la metereología o la lluvia. A quien quiera que regula las nubes y los claros. A quien quiera que yo le haya faltado al respeto para traerme un aguacero a un kilómetro de mi llegada. De acabar mi día. Y le he dicho: ¡No! ¡Dame dos minutos de tregua! Y después me he dado cuenta de que eso era poco, y me he arrepentido, y también en alto he dicho “Bueno, ¡20! hasta que llegue y ponga la tienda”.
De repente el aguacero ha parado y yo, sintiéndome algo más parte de esta isla, he caminado más contento. Pero mi gozo ha durado dos minutos, hasta que el aguacero ha comenzado con más ímpetu. Ha debido de hacer caso a mi primer ruego, a mi primera plegaria. A la segunda ya había colgado. Tendrían que poner un cartel: “Por cada senderista es necesario un permiso de acampada por noche. Se recuerda que los ruegos se reducen a uno por día. De ser necesarios más, deberan dirigirse al Cuartel General de los Rangers – Queensland Government”.
El caso es que me he calado bastante. De esa mi ropa nunca se recuperó. Y entre improperios he montado la tienda y me he echado la siesta. Me han despertado unas voces. Las primeras desde que ayer abandoné la playa de Wabbi. 24 horas sin nadie, y me han despertado de la siesta. Mojada, pero siesta. Una amable familia me ha saludado. Yo, en la puerta de mi casa, en gayumbos, con una cara de sobado que alucinas, he gritado “people!”. Llevan 15 días en la isla y la han visto enterita. Me han dado a enhorabuena. En dos días, si me ven por la playa andando hacia el sur, a lo mejor e hacen un favor y me recogen con el coche. O con una pala. Eso, y el descubrimiento de un váter (ya digo que he llegado, he montado, y me he echado la siesta...) me han llevado hasta el anochecer (oscurecer).
Son las 17.30. Ayer me acosté a las 18.00. Hoy creo que no le anda lejos. Al ir a coger la almohada (funda de saco rellena de gayumbos, calcetines y una sudadera) e encontrado una sanguijuela en mi talón. Me ha deido estar chupando un buen rato, porque estaba gorda la cabrona. Como un boli Bic. Larga como el capuchón del boli. Un buen enjendro he alimentado y creado yo mismo. Recuerdos de Laos en mi cabeza. Saldremos de esta, lo más seguro.
“If only the weather holds...” Eso dijo Andras Hinterstroisser antes de subir el Eiger, al fotógrafo. Desgraciadamente para el y para Kurz, el tiempo no aguantó. Pero esa solamente fue una de las razones para el desastre.
Solamente si el tiempo aguantara...
Solamente si el tiempo se parara...
Si se parara el tiempo, solamente...
Si solamente el tiempo se parara...
Si solamente se parara el tiempo...
Si el tiempo se parara solamente...
Si el tiempo solamente se parara...
Si se parara el tiempo...
Si se parara solamente...
Si se parara...
Es espeluznante escuchar todo lo que pasa más allá de esta lona. Un leve chasquido de una leve corteza de árbol que cae al suelo, a la que una vez caída golpea un fruto del mismo árbol. Para mí, un dingo hambriento. Ahí fuera, nada más que un gruto maduro. Después de la lluvia los sonidos se multiplican. Los árboles crecen, y con ellos sus troncos y sus ramas. Parece que puedes oir sus hojas crecer. La suave brisa las mece. Y ellas, con su ronrroneo, te mecen a tía también. Un par de grillos. Las cacatúas ya se cayaron con la caída de la noche. Solo un par de grillos y un pitido constante de fondo, muy suave, somnoliento, de algún otro insecto. Y,, por lo demás, y los árboles en el único momento del día en el que se les permite hablar y se les escucha. ¿Es la noche un momento del día? Eso es una paradoja.
Haciendo recuento mentar continuamente. Toda la comida en el baúl todas mis cosas en el baúl. Agua, libro.... nada más conmigo. ¿Saco de dormir? Sí, debajo de mí. Debajo de todo mi cuerpo tumbado. ¿Ruidos? Fuera. ¿Tranquilidad? Dentro. Un pájaro echa a volar y el batir de sus alas es, en volumen, lo más notable en ese momento. Como alguien sacudiendo cartones. Evoco sentimientos de peligro cuando no hay peligro ninguno. Simplemente lo desconocido y la oscuridad. ¡Ah sí!¡Pilas! También aquí conmigo.
Hoy, si cabe, tengo el sentimiento de encontrarme aún más remoto a todo. Aun más olvidado. Aun más rodeado. Una especie de buho nocturno se une a mis reflexiones. Para él una noche como troa cualuiera. Los árboles no dejan de desprender hojas, frutos, ramas que me acobardan a cada instante. La herida creada por la sanguijuela ha dejado de sangrar. De una de estas no te desangras. No es cabe tanta sangre pero lo que hacen es inyectarte un anestésico y un anticoagulante. Asñ solamente te das cuenta de que está ahí cuando la ves. Y al quitarla el anticoagulante sigue haciendo efecto, así que hay que hacer presión constante sobre una herida diminuta. Ya está todo bien. Antes se utilizaban para que las heridas abiertas en una operación no cicatrizaran. Luego se extrajo la fórmula del anticoagulante y la anestesia, que todavía se utilizan.
Y ahora recuerdo una frase de Tom: “Si lo vas a hacer, deja tus miedos en la orilla”. Refiriéndose a los tiburones, lo que pase es inevitable. O dentro o fuera. Pero los miedos siempre fuera. Es una buena forma de verlo. Si entras, con todo. Si no, vas a estar temiendo constantemente. Adelante con las decisiones, aunque es cierto que en ocasiones no sabes bien lo que has hecho hasta que estás dentro, y hay miedos que te llevas contigo y afloran dentro. Es el momento de vencerlos in situ. Dejarlos pasar por la cabeza tantas veces como vengan. Pero normalemente los miedos que tenemos son a cosas que no controlamos, por lo que lo único que lo solucionarías es sobreponerse o no estar ahí. El caso era claro con las playas y los tiburones de Tom. Si estás dentro y ocurre, nada que puedas hacer. Lo único que puedes controlar es quedarte fuera. Pero de verdad quieres estar dentro. Solamente es cuestión de probabilidad. O de tener colgado un filete del bañador.
Salí de Brisbane pronto por la mañana y no tardé mucho más de 20 minutos en que un conductor de pelo teñido, talludito, con una camión de caja trasera fija me agitase la mano para que subiese. Sucia. Vieja. 80Km/h de media. Suficiente. Jockey de caballos hace 30 años en Noruega durante tres años, jockey en Nueva Zelanda. En toda ciudad por la que pasamos en una hora había vivido o conocía a alguien. Allí había un hipódromo. Allá lo sigue habiendo. Más allá gané. Un caso interesante de un tipo que al preguntarme por mi piercing de la nariz hizo el gesto de arrancármelo. De un tipo que al preguntarle por qué hace 47 años decidió emigrar de Nueva Zelanda a Australia su respuesta fuera porque en Australia había menos inmigración. Un tipo curioso, cuanto menos.
Bajada de camión en un desvio que me lleva a andar por la autovía hasta la incorporación a la misma del mismo devío. Más allá hay una gasolinera, pero aquí hay suficiente tráfico. Diez minutos y alguien sale al arcén en un flamante Saab 93 granate. Un brazo blanquito, pequeño y delgado se agita por la ventanilla. Corro y se presente Monika. “Soy Monika. No me vas a apuñalar ¿verdad?”. Soy su primer autoestopista. Noruega emigrada a Australia con su familia a los doce. Parece que es el día de Noruega.
La conversación y dos horas de viaje me llevan a pensar que si ella va a Hervey Bay, yo también voy para allá. Es otra puerta de entrada a Fraser Island. Los planes, para cambiarlos. Comemos juntos al llegar y acabamos en el mismo hostel. Woodshed Hostel. Si en algún momento consigo permiso de trabajo en este país, después de Nueva Zelanda, me vengo aquí de cabeza. El paraíso al lado de la Isla Paraíso. Una noche bonita.
Al día siguiente es tiempo de preparación para la aventura del momento. Siete días en el paraíso solamente con lo puesto y la mochila. Me decido a hacer todo y ponerlo en marcha para salir el viernes. Compras, permisos, reservas de ferry... Todo en orden. Estoy nervioso. Duermo poco. Es algo grande. Apartir de aquí, en la mayoría copiaré mi diario, mi compañero de viaje junto con “The Beckoning Silence” the Joe Simpson.
DÍA 1 Kingfisher Bay – Lake McKenzie (14km aprox): Al llega rodo se muesra com Parque Jurásico. Tengo la impresión de ver los mimos jeeps dirigidos por gente del parque o por compañías, llenos de gente que desea visitarlo. “Aquí un T-Rex, aquí un velocirrapor”, solo que aquí trata de una isla de 750.000 años creada por las corriente de la costa Este de Sur a Norte, que arrastrando sedimentos la han creado. Es la gran protectora de las grandes corrientes para la Gran Barrera de Coral. Sin su creación, la Gran Barrera de Coral no existiría. K'Gari (Fraser Island) es la isla de arena más grande del mundo. En la arena no suele crecer nada, pero con la ayuda de una bacteria la tierra es fértil y ha dado lugar a algo inaudito. Una selva y muchísima vegetación. Hay hasta setas.
El día comienza saliendo del masivo centro de interpretación-resort-información, donde he obtenido mi permiso de campista para seis noches. De ahí para adelante podré alterarlo. Tengo billete abierto de vuelta. No worries! Pero el permiso ha costado un poco, aunque aquí la atención al cliente es especialmente amable y... vaya, que de verdad atienden al cliente. Me dispongo, guiado por mi mapa, a salir de ese centro y camino por la costa. Diversas arañas cruzan el camino, y un lagarto monitor se cruza en mi camino y sube a un árbol, siendo mi primer “dinosaurio” avistado. Son una especie de dinosaurios en realidad.
Para el primer día, sin calentamiento, el caminar por un fondo de arena de playa, aunque cubierto por hojas caídas que hacen que sea algo más estable y menos movedizo. Ecl tobillo derecho está resentido. La mochila pesa como un muerto o dos. Me he cerciorado de llevar solamente lo necesario, pero sigue siendo lo necesario para 7 días. Manzanas, barritas de muesli y fideos chinos instantáneos. Muchos. Agua en el camino. Pero la llegada al que es mi destino final del día, el Lago McKenzie (Boorangoora), lo cura todo. Aguas cristalinas de agua dulce acumuladas por la lluvia sin afluentes, porque obviamente una isla creada por sedimentos no tiene acuíferos.
En la zona de acampada hay un grupo de jovenzuelos. Los habrán depositado los padres para que acampen. No llegan a los 18. Y las 18.00 tampoco llega cuando empieza a llover. Los primeros noodles se cocinan dentro de la tienda. Me ha dado tiempo a asentarme, bañarme en el lago, tomando conciencia de lo que serán las duchas de los próximos días. Eso mismo, baños en los lagos viendo atardecer. No puedo explicarlo con palabras. Un sentimiento de atractiva soledad y primitivismo que me devuelve a un estado anterior del ser humano. Muy profundo, pero muy cierto. Será el primer día, el cansancio, la lluvia que no cesa... A las 19.00 creo que es la última vez que he mirado el reloj.
DÍA 2 Lake McKenzie-Lake Wabby (15km aprox): La mañana nos regala más lluvia cuando pretendía recoger. Hoy parece que tengo más energía. En algunos momentos río y sonrío solo de la emoción del momento, cosa que ayer no. El camino de ayer tampoco lo merecía tanto. Hoy he visto los árboles más grandes que nunca he visto. El Lago al que me dirijo lo utilizan los butchulla como pila de bautismo para los hijos. Dicen que hay sirenas que te llaman y te atraen a las profundidades. He tenido la suerte de encontrar a un “ranger” (guarda forestal) que me ha explicado todas estas cosas. Cómo era el lago, cómo son los butchulla, porque el nació aquí. Él es butchulla. Me dice que le gusta la gente como yo, que explora la isla andando, para así sentirla de pleno. Si yo cuido la K'Gari, K'Gari cuidará de mí. Algo de lo que me daré cuenta más tarde.
Ahora, mirando alrededor, a las 17.15 con la última claridad del día, sonrío y digo “esto es lo que he venido a hacer”. Oyendo de fondo pájaros y lagartos reptando el suelo, es aquí donde quiero estar. “If only the weather holds”. “Solamente si el tiempo aguantara”. Lo único que tengo que hacer es ir a por agua y hacer la cena. El agua en los servicios es de un tanque de lluvia. No se sabe cuanto lleva ahí estancada. A veces es más amarilla. Tengo pastillas purificadoras. Me hace gracia el nombre. Son pastillas beatificadoras. Pastillas evangelizadoras de agua. Me recuerdan al anuncio aquel que decía “La llama. Te purifica! Andá llama, purificálo!”. Para cuando termine mis tareas la luz se habrá esfumado y mi frontal y yo leeremos un capútulo más de Joe Simpson, estudiaremos el mapa por enésima vez para ver que efectivamente vamos al Valley of de Giants (Valle de los Gigantes, por sus árboles).
Acepto que esto se me ha venido un poco grande, pero empiezo a verme inmerso en esta aventura. Hay sitios donde comprar más comida. No worries!
“Haz lo que quieras con tú vida. Yo haré lo que quieras con la mía. Y, al final, todos nos veremos en el cementerio”
El sonido de la soledad es estremecedor
DÍA 3 Lake Wabby-Valley of Giants (16,2km): El da comienza con más optimismo, aunque con una larga traveía que afrontar. Sigo tenéndo miedo al agua. Simplemente un cierto recelo y sensación de incomodidad al estar mojado. Esa sensación de pegajosidad en mi cuerpo me es extremadamente incómoda. Tanto, que a ratos odio esta trávesía por lo húmeda que es. Múy húmeda. Sudo como no la había hecho hasta hoy.
Pero mi miedo al agua viene de mi miedo a que llueva. A que me empape andando. A llegar mojado y... otra vez, a la incomodidad. Luego me siento, o al menos mi cabeza se asienta. Yo sigo andando Mi cabeza, sentada, reflexionando, piensa. Piensa que nada cambia el hech de la lluvia en mí. Solamente algo de prisa por montar un lugar. Desplegar el campamento. Poner la comidad a salvo de los dingos. ¿Dónde? Colgada de un árbol. Las zonas de acampada tienen cofres para guardar la comida. Nunca dentro de la tienda.
Bien, el día comienza así, pero en realidad me dirijo, entre los árboles que me ocultan del sol, pero no de la humedad, hacia un nuevo lago. El sabor de los fideos Magi llena todavía mi boca. Hoy habrá que tener cuidado con el agua. Hay que aguantar todo el día de hoy y la mitad de mañana. En mi parada en Valley of de Giants no hay posibilidad de rellenar.
En este terreno , con esta humedad y este suelo de arena de playa todo el rato, aunque cubierto de hojas en su mayor parte, la media de km/h se reduce. El calor también reduce ese ratio. A más calor, más paradas, más fatiga. Igualmente, también he notado que a medida que me hago con el terren y el ecosistema, también sube el ratio de cara de felicidad por hora. Esto quiere decir que el primer día me encontré con un alarmante estado de mala leche y recelo hacia lo que me encontraba. McKenzie deshizo cualquier malhumor anterior con un bonito baño y una buena comida (fideos). Pero llovió durante toda la noche. En comparación ahora es mucho mejor, que cuando canse cojo caminito de vuelta, pero mi emoción crece cada día. Y la cómoda incomodidad de la humedad y la lluvia también.
Viniendo desde Wabby he gritado alarmado por mi torpeza unas cuantas veces, otras cuantas por las moscas, y por una mosca en particular que era del tamaño de una uña, muy gris, con los ojos muy rojos. Me rondaba zumbona. Muy zumbona porque su tamaño era muy exagerado. Muy alarmado porque en un momento he sentido un picotazo en la pierna y, de lo fuerte, he creído que era un tábano. Pero la misma mosca ha salido zumbando. Era ella. No sé, ni lo quiero saber, pero no ha dejado marca y no duele. Hoy he visto, subiendo el récord, lo árboles más grande que he visto nunca. Al menos los más grandes que recuerdo. La memoria para esto es selectiva y te hace verlo todo más grande que nunca.
Cuando ya estaba llegando a la acampada de Valley of the Giants el cielo ha empezado a dejar caer una fina lluvia. Me he encontrado a mí mismo, como otras muchas veces, hablando a algo. Es lo que tiene esta tan apreciada soledad. A veces hablas solo, a veces hablas con las cosas, y muchas veces no sé si he hablado en alto o solamente lo he pensado. Pero esta vez estaba hablando en alto, a la isla o a quien quiera que sea el dios de la metereología o la lluvia. A quien quiera que regula las nubes y los claros. A quien quiera que yo le haya faltado al respeto para traerme un aguacero a un kilómetro de mi llegada. De acabar mi día. Y le he dicho: ¡No! ¡Dame dos minutos de tregua! Y después me he dado cuenta de que eso era poco, y me he arrepentido, y también en alto he dicho “Bueno, ¡20! hasta que llegue y ponga la tienda”.
De repente el aguacero ha parado y yo, sintiéndome algo más parte de esta isla, he caminado más contento. Pero mi gozo ha durado dos minutos, hasta que el aguacero ha comenzado con más ímpetu. Ha debido de hacer caso a mi primer ruego, a mi primera plegaria. A la segunda ya había colgado. Tendrían que poner un cartel: “Por cada senderista es necesario un permiso de acampada por noche. Se recuerda que los ruegos se reducen a uno por día. De ser necesarios más, deberan dirigirse al Cuartel General de los Rangers – Queensland Government”.
El caso es que me he calado bastante. De esa mi ropa nunca se recuperó. Y entre improperios he montado la tienda y me he echado la siesta. Me han despertado unas voces. Las primeras desde que ayer abandoné la playa de Wabbi. 24 horas sin nadie, y me han despertado de la siesta. Mojada, pero siesta. Una amable familia me ha saludado. Yo, en la puerta de mi casa, en gayumbos, con una cara de sobado que alucinas, he gritado “people!”. Llevan 15 días en la isla y la han visto enterita. Me han dado a enhorabuena. En dos días, si me ven por la playa andando hacia el sur, a lo mejor e hacen un favor y me recogen con el coche. O con una pala. Eso, y el descubrimiento de un váter (ya digo que he llegado, he montado, y me he echado la siesta...) me han llevado hasta el anochecer (oscurecer).
Son las 17.30. Ayer me acosté a las 18.00. Hoy creo que no le anda lejos. Al ir a coger la almohada (funda de saco rellena de gayumbos, calcetines y una sudadera) e encontrado una sanguijuela en mi talón. Me ha deido estar chupando un buen rato, porque estaba gorda la cabrona. Como un boli Bic. Larga como el capuchón del boli. Un buen enjendro he alimentado y creado yo mismo. Recuerdos de Laos en mi cabeza. Saldremos de esta, lo más seguro.
“If only the weather holds...” Eso dijo Andras Hinterstroisser antes de subir el Eiger, al fotógrafo. Desgraciadamente para el y para Kurz, el tiempo no aguantó. Pero esa solamente fue una de las razones para el desastre.
Solamente si el tiempo aguantara...
Solamente si el tiempo se parara...
Si se parara el tiempo, solamente...
Si solamente el tiempo se parara...
Si solamente se parara el tiempo...
Si el tiempo se parara solamente...
Si el tiempo solamente se parara...
Si se parara el tiempo...
Si se parara solamente...
Si se parara...
Es espeluznante escuchar todo lo que pasa más allá de esta lona. Un leve chasquido de una leve corteza de árbol que cae al suelo, a la que una vez caída golpea un fruto del mismo árbol. Para mí, un dingo hambriento. Ahí fuera, nada más que un gruto maduro. Después de la lluvia los sonidos se multiplican. Los árboles crecen, y con ellos sus troncos y sus ramas. Parece que puedes oir sus hojas crecer. La suave brisa las mece. Y ellas, con su ronrroneo, te mecen a tía también. Un par de grillos. Las cacatúas ya se cayaron con la caída de la noche. Solo un par de grillos y un pitido constante de fondo, muy suave, somnoliento, de algún otro insecto. Y,, por lo demás, y los árboles en el único momento del día en el que se les permite hablar y se les escucha. ¿Es la noche un momento del día? Eso es una paradoja.
Haciendo recuento mentar continuamente. Toda la comida en el baúl todas mis cosas en el baúl. Agua, libro.... nada más conmigo. ¿Saco de dormir? Sí, debajo de mí. Debajo de todo mi cuerpo tumbado. ¿Ruidos? Fuera. ¿Tranquilidad? Dentro. Un pájaro echa a volar y el batir de sus alas es, en volumen, lo más notable en ese momento. Como alguien sacudiendo cartones. Evoco sentimientos de peligro cuando no hay peligro ninguno. Simplemente lo desconocido y la oscuridad. ¡Ah sí!¡Pilas! También aquí conmigo.
Hoy, si cabe, tengo el sentimiento de encontrarme aún más remoto a todo. Aun más olvidado. Aun más rodeado. Una especie de buho nocturno se une a mis reflexiones. Para él una noche como troa cualuiera. Los árboles no dejan de desprender hojas, frutos, ramas que me acobardan a cada instante. La herida creada por la sanguijuela ha dejado de sangrar. De una de estas no te desangras. No es cabe tanta sangre pero lo que hacen es inyectarte un anestésico y un anticoagulante. Asñ solamente te das cuenta de que está ahí cuando la ves. Y al quitarla el anticoagulante sigue haciendo efecto, así que hay que hacer presión constante sobre una herida diminuta. Ya está todo bien. Antes se utilizaban para que las heridas abiertas en una operación no cicatrizaran. Luego se extrajo la fórmula del anticoagulante y la anestesia, que todavía se utilizan.
Y ahora recuerdo una frase de Tom: “Si lo vas a hacer, deja tus miedos en la orilla”. Refiriéndose a los tiburones, lo que pase es inevitable. O dentro o fuera. Pero los miedos siempre fuera. Es una buena forma de verlo. Si entras, con todo. Si no, vas a estar temiendo constantemente. Adelante con las decisiones, aunque es cierto que en ocasiones no sabes bien lo que has hecho hasta que estás dentro, y hay miedos que te llevas contigo y afloran dentro. Es el momento de vencerlos in situ. Dejarlos pasar por la cabeza tantas veces como vengan. Pero normalemente los miedos que tenemos son a cosas que no controlamos, por lo que lo único que lo solucionarías es sobreponerse o no estar ahí. El caso era claro con las playas y los tiburones de Tom. Si estás dentro y ocurre, nada que puedas hacer. Lo único que puedes controlar es quedarte fuera. Pero de verdad quieres estar dentro. Solamente es cuestión de probabilidad. O de tener colgado un filete del bañador.
| Valley of the Giants |
| Mc Kenzie Jetty |
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