sábado, 22 de agosto de 2015

Whataroa Valley


 Whataroa, que significa “planicie larga y elevada”, o algo así como “meseta larga”, o lo interpretáis como queráis, porque el maorí a veces no hay quien lo entienda. Whataroa es un pueblo, un río, un valle... Una consecución de accidentes geográficos y geológicos a 30 kilómetros de Franz Josef que siempre me habían llamado la atención. Haciendo hindagaciones topográficas y cortos estudios sobre el terreno en semanas anteriores puede ver un valle muy bello, del que ramifican diversos ríos que dan lugar, a su vez, a nuevas aventuras y planes futuros.

Pero esta vez la aventura estaba decidida a encaminarse a Lower Buttler's Hut, el primer refugio que se puede encontrar subiendo el Whataroa Track a lo largo del río Whataroa. Había estado trasteando con la idea desde hacía semanas, hablando con Josh y con Jeffrey sobre el valle. Los dos me habían dicho que es una pasada. Que ahora mismo me encontraría a mis anchas por allá, y que nadie me encontraría, o que no encontraría a nadie, en aquellas alturas. Que subir el Whataroa, el Perth o el Butler sería como llegar al paraíso. Vi tanta determinación en ellos para que me encaminase hacia allá que, confiando en ellos como confío en este tipo de asusntos, decidí hacerlo.

A última hora, en una andadura de calentamiento hacia Robert's Point un par de días antes, conocí a Daphne, una chica de Taiwan de la que he aprendido un montón de cosas y que en ese momento estaba muy metida en el plan del Whataroa. Tremendo acierto el tenerte conmigo, Daphne, llena de ilusión y de aparatos que capturan el alma, como iPhone, GoPro y cámara fotográfica. Yo también los tengo, pero tengo un límite que no sé si es por vergüenza o por falta de manos. Pero no puedo tener todos los dispositivos en la mano a la vez, o no intento hacer la misma foto con los tres. Facetas asiáticas que no comprendo (física o mentalmente).

El día D partida (o el día de partida) tenía un planazo, que era empezar a andar a las ocho de la mañana. Hace unas semanas me saqué el pase anual de refugios, que todavía no había usado, pero Daphne necesitaba el suyo Así que esperamos a que abriera la oficina del DOC (Department of Conservation) para pillar el suyo. Dos chicas nos explicaron todo lo habido y por haber sobre refugios, caminos, puentes y no puentes. Porque a cierta altura del río hay un puente que ya no existe, pero que a nosotros no nos afecta demasiado.

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A día de hoy, en este preciso momento, me levanto de la enésima siesta intentando escribir este post. Llevo intentando escribirlo durante más de una semana. Siempre digo que en este pueblo hay tiempo para todo. Tanto es así que llevo un mes aprendiendo a tocar la guitarra, leyendo un libro de 850 páginas llamado Shantaram y que os recomiendo muy mucho, y viendo mucho cine, además de las más conocidas aventuras en eternas sagas en bosques, glaciares y ríos. El caso es que, para ser sincero, cada vez me cuesta más escribir, y muchos de vosotros seguramente penséis que este trotakiwis se está olvidando de la lengua, la comunicación y el arte del relato. Es cierto que me cuesta más, es cierto que estoy viviendo aventuras imposiblemente posibles, dignas de mención y de de ser hechas literatura, porque uno siempre quiso escribir un libro o plasmar sus batallas en una especie de autobiografía. Pero este uno no se encuentra inspirado tanto como antes, porque cierto es que cuando uno asienta el culo en un lugar, el tiempo se distribuye de otra manera. La vida sigue siendo apasionante, llamativa, inspiradora (palabra que o nunca había usado o estoy perdiendo el español y me suena muy rara) y llena de... no. Esa es la palabra: Llena.

Simplemente es que me ocupo de otras artes. El arte de la música, el de las eternas conversaciones, los infinitos paseos... El arte de vivir más que el de escribir.

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Furia (el coche, que para mí tiene alma femenina, y en inglés es “she” cuando me refiero a ella o “Fury”) nos lleva por esta mañana en la que todavía la bruma se posa sobre el Lago Mapourika. El calor disipa poco a poco la niebla que hay sobre el lago. El frío de la noche ha hecho que el agua superficial, templada por los rayos del sol del día anterior, se evapore creando ese manto blanco que protege la magia de Mapourika para que no escape nunca. Y esa magia es la que todavía respiramos cuando a la vuelta de una curva le señalo a Daphne nuestro valle. El Valle Whataroa. Ese al que un día saludé con un “encantado de conocerte, hoy no tengo tiempo, pero nos veremos pronto”.

Son ya casi las diez de la mañana cuando empezamos a caminar, y nada nos hace pensar que es demasiado para comenzar. Tenemos ocho horas completas de luz. Completas las horas. Completas de luz. Ocho enteras horas completas de luz. Siempre me ha gustado enrevesar los adjetivos. Y para enrevesado, este vídeo en honor a Les Luthiers y su Rabinobich, fallecido recientemente: https://www.youtube.com/watch?v=jHCnxDFa9Nw#t=161 . Pero no solo los adjetivos se complicarían ese día.

El principio del camino ya lo conocía, porque lo habíamos visto Sarah, Fee y yo unos meses antes. Un bello valle bañado por un azul que nunca había visto antes. Un azul grisaceo. Un gris cristalino, si es que un gris alguna vez pudo ser cristalino. Una trasparencia en la que se detecta ese concepto de que un río nunca es el mismo que fue o que será. De vez en cuando enormes rocas salpican el curso del caudal. Rememoran el deshielo, cuando el cauce devora y cambia cualquier rasgo para que este año el río no sea el mismo que el año anterior, ni que el año que vendrá. Rocas que provienen de la última glaciación, ancladas al pasado; fósiles de la historia de le geología. Es impresionante sentarse frente al río y simplemente imaginar la vida (inerte) de esa roca. ¿De dónde vendrá?

Llegamos a cruzar ese río que nunca superamos la última vez que estuve allí. Nos lleva mucho tiempo encontrar el sitio adecuado para no acabar con un pie dentro. Ayudados por nuestro palos, nuestro escaso equilibrio y confianza, pero una total determinación, acabamos cruzando ese, y todos los que vendrán. Siempre con cuidado, porque pasar una noche en un refugio no da para muchos lujos en lo que a secado de ropa se refire, así que mejor manterner el culo y los pies secos.

Con el camino vendrá el puente colgante, en el que sacarse el móvil del bolsillo para sacar una foto acojona. Ahora estamos en la parte alta del Whataroa, donde el río, a lo largo de siglos y milenios, ha escarpado bellos cañones. El camino serpentea arriba y abajo en la selva para de repente lanzarte a esplanadas de roca que crean playas en los meandros del río. Pequeños triángulos naranjas marcan el camino en los árboles, y no hay muchas de esas piedras apiladas que suelen hacerlo en todos los camininos. En alguna de esas playas de ribera perdemos el sentido y no sabemos dónde tomar el camino de vuelta al interior, porque por la orilla es imposible. Nos debatimos entre delante y detrás hasta al final encontrarlo. Hay bellas y arenosas playas para pasar el día, aunque a tres horas del coche.

A estas alturas, tras cruzar ya más de cinco ríos, adentrarnos en la selva-bosque para esquivar los cañones, sortear piedras resbaladizas, el cutre mapa del que nos fiamos y que difilmente conseguimos leer no nos da muchas pistas de dónde estamos. Las distancias de los senderos en NZ no son distancias, si no que las miden en tiempos. El tiempo es algo muy personal. Tanto es así que cada uno tenemos una percecepción diferente de los que sería un minuto si nos dan a contar un minuto en segundo sin reloj. Cada uno fragmentamos y dedicidmos cómo usamos el tiempo a nuestra manera. El tiempo es nuestro, aunque a veces somos del tiempo. Y la leche, también, del tiempo. Así que nada peor que indicar senderos con el tiempo aproximado, porque las condiciones cambian inevitablemente cada día, cada hora. Rechazando creer que lo que vemos en nuestro frente es actualmente lo que se supone que el mapa refleja, seguimos el río. Siempre creyendo estar en el lugar en el que en realidad no estamos. El optimismo nos transporta, equivocadamente, a otro sitio. Muchas huellas de cabras y ciervos, pero ni un atisbo de ninguna de ellas.

Para las casi seis de la tarde ya nos topamos con la realidad. Lo que de lejos parecía, y queríamos creer, y creímos creer, que era el giro del río, era en realidad un afluente. Un afluente que nos situa, al menos a una hora y media del refugio. Eso es muy tarde para un camino que es difícil de encontrar en el día. Eso es muy tarde para llegar a un sitio que desconocemos en la oscuridad de una noche clara, pero sin luna. Y aquí es donde una aventura torna en una supervivencia. La aventura de sobrevivir a una noche al raso, en un valle que a las seis de la tarde a perdido toda su luz y nos da la bienvenida con cuatro escasos grados. Lo más sensato sería adentrarse en el bosque y buscar un cómodo y mullido lugar en el musgo, pero no tenemos esterillas, y la humedad del suelo nos calaría hasta el interior de nuestros cansados huesos. La opción más sensata, y única posible, es dormir en el antiguo lecho del río, entre el bosque y el agua. Si algo de bueno tiene este poderoso río, es que mueve poderosas piedras. Y al moverlas las pule. De esta manera encontramos una enorme roca, casi plana, donde decidimos hacer campamento. Al raso, rememoro una frase que salió en una conversación en el Copland Track, cuando coqueteabamos con la idea de dormir al raso sin llevar tienda. Entoces decíamos, sin tomarlo en serio para nada, que “la naturaleza sería nuestra tienda de campaña”. Nada más cierto esa misma noche en Whataroa. Empezamos a comer. A comer caliente. A beber todo el té que podemos. Tenemos gas de sobre. Si la naturaleza es nuestra tienda, el cielo es un techo precioso. Ni una nube lo cubre, lo que hará de esta noche una noche fría. Muy fría. Es justo el día anterior al auge de las Perseidas. Intentamos encender un fuego, pero todos los maderos que encontramos están demasiado húmedos como para empezar nada. En un momento dado conseguimos empezar un pequeño fueguito que no nos llevará a ningún lado, porque nada lo lleva más allá de una llamita. Lo hemos intentado. Nos limitamos a enbravecernos con la idea de que esta es una aventura. Con la idea de que las aventuras se crean cuando el plan cambia. Y la idea de dormir sobre esa piedra es una bonita aventura. Calentamos agua y llenamos las botellas con ella, para meterlas en nuestros sacos de dormir. Nuestros pies se mantendrás calientes con ellas durante un rato. Todas las capas que tenemos encapsulan nuestros cuerpos. Por encima, el saco de dormir, y sobre él la funda-chubasquero de la mochila, para que la helada no caiga sobre nosotros. Como decía, es la noche anterior a las Perseidas y en un ataque de valentía asomamos nuestras cabecitas por un ventanuco de nuestros sacos para ver como llueven estrellas mientras, por un momento, nos considereamos incluso afortunados por estar en esa situación. El cielo y el valle son nuestros.

Son las siete de la mañana. El reloj marca dos grados negativos. Es un nuevo día y, no sin despertares continuos, tengo la sensación de que he dormido y descansado más de lo que hubiera pensado en un primer momento. Si, es la hora de desayunar y mis manos y pies tardarán una hora de camino en tomar temperatura, hasta que giramos un meandro de un río y el sol nos espera para alumbrar nuestro camino. La vuelta será larga, pero por fin será la vuelta, para poder contar esta historia con pelos y señales, que siempre dejará grabada en mi piel esa roca, en mi memoria ese azul del río y en mi paladar el sabor de aquella cena con la naturaleza como nuestra tienda de campaña.


El puente sobre el Río Whataroa

Daphne


El agua es así

Y asi



El bulto gris (yo)

Buenos días, Whataroa

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