La
resaca supera la ficción, igual que la realidad a veces, pero tengo
que salir de Townsville sea como sea. Un paseito de 20 minutos bajo
el Sol no ayuda demasiado, pero mucha agua y un sandwich para la
espera hacen más amena la llegada de mi siguiente carro. Un coche
amarillo, marca australiana Holden, para y me ofrece sacarme de la
ciudad. Al menos estaré en la carretera principal. De camino hace
una llamada, y al teléfono su exmujer. Está de visita en Townsville
para ver a sus hijos.
Necesitas
el coche – dice él.
No,
¿por qué? - suena la voz de ella al otro lado del teléfono.
Voy a
echar gasolina y me voy a Ingham. Nos vemos a la hora de comer.
¿Todo
bien? - suena preocupada.
Sí,
sí. Todo perfecto. Solo quiero dar una vuelta. Luego nos vemos –
colgando el teléfono y mirando a la carretera.
¿Acabas
de querer decir que me vas a llevar a Ingham? - pregunto con
vergüenza.
Yeh,
fuch it. It's my good day. Siempre he querido llevar a alguien y
siempre iba lleno.
Es mi
día de suerte – digo yo.
De
camino nos encontramos con otra autoestopista que metemos en el coche
también. Es su día de hacer el bien, eso por supuesto. El camino
acaba en Ingham, donde un camión lleva a esta chica hasta Cairns del
tirón, y yo parto en seguida en un viaje de 50km a Cardwell, puerta
de entrada a Hinchinbrook Island. Un parque de caravanas donde
también residen diferentes jovenzuelos que trabajan en la plantación
de plátanos me reciben durante dos días. Cerveza y conciertos en el
pueblo dan la bienvenida en un viernes que para la “Banana Family”
es un nuevo viernes de alcohol y desenfreno. Yo me uno a unas risas,
pero estoy desacostumbrado y abandono rápido.
Llegó
el día de Hinchinbrook, y con él mi nerviosismo por acercarme a esa
isla mágica. Tengo ganas de verla, tocarla y sentirme parte de ella
como de Fraser Island. Aunque sé que esta será diferente. Tres
kilómetros separan Kookaburra, donde resido, de Hinchinbrook Port.
Es domingo y todas las almas que habitan Kookaburra (Banana Family),
menos la chica de la limpieza y un señor que apaña su barco para
una jornada marítima, duermen.
Durante
el tiempo que he estado en Australia solamente he estado en la costa.
Para luego ir y decir que yo soy más un tío de montaña. La verdad
es que he echado de menos bastante la montaña. Pero el caso es que
he decidido tirarme a la costa esta vez. Y creo que es la vez que más
tiempo seguido he estado cerca del mar. en esto pueblos, poblados,
ciudades y carreteras que he estado frecuentando he podido ver
infinidad de caravanas, remolques caravana, caravanas con remolque y
barco, coces con remolque y barco... y es que aquí hasta el más
tonto tiene una caravana, y el menos tonto tiene un barco. Son mucos
los que viajan en caravana instalándose en campings, se lleva mucho
lo de ir de camping dos semanas. No es que se lleve; es un estilo de
vida. Viajan también con el barco, lo que pueden, para explorar
nuevas costas, nuevos arrecifes... Y es este Kookaburra Park el lugar
que los junta a todos, y a un puñado de currelas con el WHV o de
otras Commonwealth con permiso de trabajo para la banana. Pero a mí
que no me pongan a recoger bananas. Yo he venido a otra cosa.
He
venido a patear Hinchinbrook. Después de 45 minutos caminando bajo
el sol de la mañana camino al puerto, lo diviso. Se trata de un
embarcadero, un muelle mínimo, con una rampa de acceso. Al salir del
barco veo a un señor gordo, con camisa hawaiana muy apropiada para
un navegante local. Este señor des... ¿como será el verbo
apropiado? El verbo de marinero... bueno, pues descarga de su
remolque un barquito que dice Hinchinbrook Cruises Tel. 449Blablabla.
Mi papel dice que ese es el barco que me tiene que llevar a
Hinchinbrook. Bajo al embarcadero para preguntarle al “hawaiano”
y le digo: “parece que en mi papel viene el mismo nombre que en su
barco. Yo creo que usted me llevará a esa isla”. Le digo
señalándola. “Exacto. Y parece que vas a tener cuatro días
precisos...
…
Perdón. Pausa en el relato. Aquí en la isla las mesas de merendero,
y también los cofres para guardar la comida, son muy parecidos a
Fraser Island. El caso es que ahora son las 16.07 de la tarde y estoy
solo en una playa que bien podría ser la de Tom Hanks en “Naúfrago”.
Me e metido a una de estas mesas merendero a escribir y pr el rabillo
del ojo, de vez en cuando, me desconcentran un par de siluetas que se
mueven, creyendo que son animales. En realidad son todo el rato un
par de bragas de flores que alguien dejó colgadas de una rama y se
olvidó. Le dan un toque de intriga al ambiente. ¿Serán de la Sra.
Wilson? ¿O de Tom Hanks?
Bien,
ese hombre y ese barco que os comentaba me van a llevar a
Hinchinbrook. Todo el mundo llega, algunos incluso tarde. Acabamos
por salir a las 9.00, pero nada más arrancar el motor se para. Y los
intentos para volver a ponerlo en marcha no parace que vayan a hacer
nada nunca. El capitán del navío dice que instaló el día anterior
no sé que sensor de presión de combustible que debe de ser bastante
sensible y no hace muy bien sus labores. Tres cuartos de hora
tardamos para que venga y nos remolque un menda con una lancha motora
tipo CSI Miami, pero el tipo no es Horacio ni mucho menos. No es ni
parecido a Cocodrilo Dundee. Es más un moreno de pueblo tatuado.
Pero nos lanza al muelle para pasar al plan B, que venga un menda,
pruebe otra vez el Plan A, más tarde un Plan C, y al final todo
vuelva a la normalidad. Nuestro capitán está rojo, las plameras de
su camisa hawiana van a convertirse en un incendio, pero nadie debe
preocuparse porque el sudor que mana del capitán pondrá fin a la
catástrofe del palmeral de su camisa.
Rodeamos
Hinchinbrook por el Norte, acercándonos a una bahía repleta de
manglar. Me recuerda a quel manglar de México. O a un famoso
“manglar” descendiendo el río Sella en piragua, cuando mi amigo
Javi creía que al yo gritar “manglar” cuando veía ramas en el
agua me refería a “remar” en algún tipo de acepción marina de
la palabra “manglar”. Creo que siempre que vea un manglar me
acordaré de ese momento. Una pasarela nos transporta desde la orilla
del mangalr a tierra firme, y ahí cada grupito comienza a su ritmo.
Hay dos
“bushwalkers”, traducido como “caminante de bosque”.
Bushwalker es algo así como senderista de bosque. Alquien que le va
acampar, que le piquen los mosquitos, pasar calor... y ya de paso
apreciar vistas y sensaciones increíbles. Luego hay una pareja de mi
edad que van superenamorados de la vida. Tres marujas “bushwalkers”
que van junto a los dos “bushwalkers” y otros tres por libre. Uno
de estos tres por libre será mi mejor amigo luego. Chris.
Desde
la playa que caminamos desde el principio se ven el Bowen y el Thumb,
dos picos de más de 1.000m que salen propulsados en vertical desde
la playa. Paredes de 400m los sujetan en lo altos, y nubes cubren sus
crestas con pelucas blancas todo el día. Pitt, uno de los más
profesionales, ha hecho el camino varias veces (15 veces. Eso es más
que varias). Una de ellas subió al Bowen. “Vengo a Hinchinbrook
una vez cada año, pero el Bowen una vez y no más – faltó decir
“Santo Tomás”. ¿Como sería eso en inglés? “One and no more,
Roger Moore” o “One and no more, Baltimore”. Pitt (le he puesto
un nombre ficticio, pero Pitt le pega muchíiisimo) es una de esas
personas que te da consejos de acampada mientras atraviesa una
botella a lo largo con una cuerda. “Es para las ratas. Al colgar
las cosas para que se sequen, o hasta la comida, cuando las ratas
intentan llegar a ella se resbalan en la botella dando vueltas”.
Como humor amarillo, pienso para mí. “De aquí no pasan” dice
sonriente dándole un manotazo a la botella, que da vueltas.
An sido
tres horas de andadura, ya a las 13.00 estábamos en Little Ramsey.
Buscar agua, creer que un pez grande en el arroyo es un cocodrilo,
comer, balarme en el mar y echarme una siesta en la arena
despertándome totalmente desorientado ha sido todo lo que he hecho
en mi primer día en la isla. He descubierto una nueva raza de
insecto para odiar. Las “sandflies”. No dejan marca, pero pican
en el momento. ¡Exterminio!
En mi
segundo día he despertado en el campamento viejuno con los paisanos
y las paisanas ya desayunando o desayunados. Aquí las caminatas son
más flojas que en Fraser. Es más el disfrute. No llueve. Es mejor.
“Te puedes bañar aquí, en el río”, me dice Pitt. Y la
conversación deriva en unos minutos a que “hace un par de años
vimos un cocodrilo aquí mismo”. ¡No me puedes decir que me bañe
y luego que has visto cocodrilos, Pitt! ¡No es ni medionormal! Y me
recuerda acto seguido la historia de Warren McDonald, un tipo que
hace diez años intentó subir al Bowen y en su pernoctación en
tienda fue a mear. ¡Fin de la historia! No. Fue a mear, y al
abrazarse a una roca para no caer al río y seguir su camino a su
baño la roca se cayó con él al río aplastándole las piernas. Su
compi fue corriendo a la playa cayéndose varias veces en el camino.
Fue al puerto donde nos dejaron a nosotros el primer día pero no
encontró a nadie y esperó al día siguiente. Tardaron dos o tres
días en ir a por Warren. Cuando llegaron, el doctor dijo que no
saldría de esta por el shock al quitarle la piedra de encima. El tío
no solo resistió, si no que sigue haciendo hazañas locas como subir
montañas en silla de ruedas y ser un mito, escribir libros sobre
ello y el poder de superación. ¡Madre, qué notas más loco!
Acabo
de descubrir un aspecto alucinante de mi escoliosis. Al tener la
espalada abombada y estar boca arriba, esta se endereza creando una
pompa de aire entre la espalda y la esterilla. Esta pompa se va
vaciando en forma de pedorreta ventósica, y lo mismo de vuelta a la
posición original cualdo el aire recupera el terreno dentro, entre
la espalda y la esterilla. Todo eso, más el sudor, crean las más
fascinantes pedorretas cada vez que me muevo. (mis vecinos de
acampada están lejos. Reflexiones de lo absurdo).
Es
cierto que en esta isla me siento menos único. Pero la identidad
única, o el sentirse único, es una acumulación de hechos, de
historias, aventuras y desventuras. La vida que elegimos (o la que
no) nos hace únicos. Lo demás son conjeturas, y la base algo que
adornado seguro que dan lugar a una novela de toque rosa romántico o
en otros casos aventurera. Pero siempre seremos únicos y especiales.
Y este
segundo día me hace único al cruzar ríos saltando de rama en
piedra como nunca había hecho antes por mi estupidez y torpeza
extrema. En la más remota selva, donde me siento en todas las selvas
del mundo y en Hinchinbrook a la vez. Donde las playas se tornan en
infinitas ciudades de cangrejos. Donde los lagartos monitos no me
asustan nunca más. Donde la torpeza me deja sin linterna y el móvil
es la luz que alumbra mi camino. Sol en la noche, agua dulce en el
mar. (Mago de Oz). Cruzando troncos que cruzan ríos. Vuelvo a la
locura del sudor eterno, transpirando felicidad y agotamiento.
El
tercer día de la aventura cuenta con una pequeña lección-receta de
envidia.
Primera
receta. Para empezar bien el día: Prueba a levantarte un día en el
que falten diez minutos para que salga el sol. Que tu despetardor
estuviera programado para ello, para ver su salida, solo para eso,
pero que cuando ha sonado has pulsado el NO de NO REPETIR la alarma.
Sal corriendo hacia la playa en busca del Este. Corre por la playa
hasta que en el horizonte des con un haz de luz más
rojizo-anaranjado que el resto del cielo, adivinando que por ahí
saldrá el sol. Entonces es el momento de mirar atrás y ver cómo
dos montañas, las dos con peluca blanquecina, se elevan únicas por
encima de todo lo que ves desde tus pies, la arena, y el manglar.
Observa el amancer como si fuera el único y el último y, después,
ve a desayunar lo que llevas comiendo los tres últimos días para el
desayuno y la comida (la cena es una manzana), y aún así siénte
pleno y feliz. Camina 600m con tu mocila de caracol y báñate solo
en unas cascadas. Nunca ha sido lo tuyo tirarte de cabeza, pero
pruebas. Eres un miedica, pero sigues probando. Y a tu alrededor,
truchas que te observan, te merodean y te rozan por docenas. Después
cómete una manzana y echa a andar, que es un nuevo día
Segunda
receta. Para llegar a tu destino: De segundo plato te ofrezco caminar
10km más 2km de propina por probar un camino. Sube al punto más
alto de la semana, desde donde se ve Magnetic Island, esa isla que
desechaste por no tener mucho que hacer. Bien, prepara bien las dosis
de agua y anacardos, porque te harán falta. Prepárate para
tropiezos, telas de araa en tu cara y mariposas negras y verdes
fosforecentes que solo aparecen en las revistas. Sube y baja las
colinas que se te presentes, porque al final del... ¡No! ¡Espera!
Supera uno más de tus manías,. Detente y no cruces el río del
todo. ¿No ves que esta piedra es perfecta? Quédate en bañador y
entra al río. Diamantina Creek está fresca. Los pies te lo
agradecen, y la piedra mohosa te toboganiza hacia el fondo del río
sin remedio (¿con cocodrilos?). No. Los cocos son más de estuario.
¡Grita!
Tercera
receta. Para terminar un buen día (a las 15.30 de la tarde): Prueba
a tirarlo todo al lado de un árbol y corre hacia donde se escucha el
agua caer. Y también intenta correr en la misma dirección desde
donde pone “cascadas” en los carteles. Detente un instante a
contemplar el precioso panorama. Da rienda suelta a la tesitura por
un ratito. Camina o lánzate. Hoy es tu día. ¿Qué es eso? Las
trucas aquí son tiburonescas, y hasta ves una tortuga entre ellas.
Zambúllete con ellas, e intenta salir escalando la mohosa piedra,
utilizando las dotes de escalada, de aquel deporte que una vez fue
tuyo (tampoco más de un metro en vertical, sin hacer alardes de la
mejor escalada del mundo). Prepara la comida, monta tu tienda de
campaña, todo mientras los mosqutos te fríen, y vuelve a baarte una
vez más antes de que el sol deje de tintar el musgo de verde y la
sombra lo convierta todo en negro.
Creo
que muchos de los ingredientes, evitandos nombres propios, están al
alcance de todos, en muchos momentos. Se pueden cambiar “andar”
por “bicis” o “cascada” por “lago”. “Tortuga” por
“cualquier tipo de fauna”. Esto es simplemente un día que puede
ser parte del finde de cualquiera. Un empuje a salir del sofá, estés
donde estés.
Creo
que me quedaré un rato más aquí, escuchando el agua caer y viendo
las truchas nadar, que se han convertido en el fuego delante del que
te quedas embelesado de vez en cuando. El resto son imágenes en mi
retina. Un Chris que me llevará a Cairns nada más salir de la isla,
y buena compañía en mi primera noche en Cairns, donde me quedé en
su casa y cenamos tailandés y cerveza con buena conversación.
Quedan buenas personas en el mundo.
| Y desayunando (Gracias Logan por la fotazo) |
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