jueves, 7 de mayo de 2015

Hinchinbrook Island, de vuelta a donde me gusta


La resaca supera la ficción, igual que la realidad a veces, pero tengo que salir de Townsville sea como sea. Un paseito de 20 minutos bajo el Sol no ayuda demasiado, pero mucha agua y un sandwich para la espera hacen más amena la llegada de mi siguiente carro. Un coche amarillo, marca australiana Holden, para y me ofrece sacarme de la ciudad. Al menos estaré en la carretera principal. De camino hace una llamada, y al teléfono su exmujer. Está de visita en Townsville para ver a sus hijos.

Necesitas el coche – dice él.
No, ¿por qué? - suena la voz de ella al otro lado del teléfono.
Voy a echar gasolina y me voy a Ingham. Nos vemos a la hora de comer.
¿Todo bien? - suena preocupada.
Sí, sí. Todo perfecto. Solo quiero dar una vuelta. Luego nos vemos – colgando el teléfono y mirando a la carretera.
¿Acabas de querer decir que me vas a llevar a Ingham? - pregunto con vergüenza.
Yeh, fuch it. It's my good day. Siempre he querido llevar a alguien y siempre iba lleno.
Es mi día de suerte – digo yo.

De camino nos encontramos con otra autoestopista que metemos en el coche también. Es su día de hacer el bien, eso por supuesto. El camino acaba en Ingham, donde un camión lleva a esta chica hasta Cairns del tirón, y yo parto en seguida en un viaje de 50km a Cardwell, puerta de entrada a Hinchinbrook Island. Un parque de caravanas donde también residen diferentes jovenzuelos que trabajan en la plantación de plátanos me reciben durante dos días. Cerveza y conciertos en el pueblo dan la bienvenida en un viernes que para la “Banana Family” es un nuevo viernes de alcohol y desenfreno. Yo me uno a unas risas, pero estoy desacostumbrado y abandono rápido.

Llegó el día de Hinchinbrook, y con él mi nerviosismo por acercarme a esa isla mágica. Tengo ganas de verla, tocarla y sentirme parte de ella como de Fraser Island. Aunque sé que esta será diferente. Tres kilómetros separan Kookaburra, donde resido, de Hinchinbrook Port. Es domingo y todas las almas que habitan Kookaburra (Banana Family), menos la chica de la limpieza y un señor que apaña su barco para una jornada marítima, duermen.

Durante el tiempo que he estado en Australia solamente he estado en la costa. Para luego ir y decir que yo soy más un tío de montaña. La verdad es que he echado de menos bastante la montaña. Pero el caso es que he decidido tirarme a la costa esta vez. Y creo que es la vez que más tiempo seguido he estado cerca del mar. en esto pueblos, poblados, ciudades y carreteras que he estado frecuentando he podido ver infinidad de caravanas, remolques caravana, caravanas con remolque y barco, coces con remolque y barco... y es que aquí hasta el más tonto tiene una caravana, y el menos tonto tiene un barco. Son mucos los que viajan en caravana instalándose en campings, se lleva mucho lo de ir de camping dos semanas. No es que se lleve; es un estilo de vida. Viajan también con el barco, lo que pueden, para explorar nuevas costas, nuevos arrecifes... Y es este Kookaburra Park el lugar que los junta a todos, y a un puñado de currelas con el WHV o de otras Commonwealth con permiso de trabajo para la banana. Pero a mí que no me pongan a recoger bananas. Yo he venido a otra cosa.

He venido a patear Hinchinbrook. Después de 45 minutos caminando bajo el sol de la mañana camino al puerto, lo diviso. Se trata de un embarcadero, un muelle mínimo, con una rampa de acceso. Al salir del barco veo a un señor gordo, con camisa hawaiana muy apropiada para un navegante local. Este señor des... ¿como será el verbo apropiado? El verbo de marinero... bueno, pues descarga de su remolque un barquito que dice Hinchinbrook Cruises Tel. 449Blablabla. Mi papel dice que ese es el barco que me tiene que llevar a Hinchinbrook. Bajo al embarcadero para preguntarle al “hawaiano” y le digo: “parece que en mi papel viene el mismo nombre que en su barco. Yo creo que usted me llevará a esa isla”. Le digo señalándola. “Exacto. Y parece que vas a tener cuatro días precisos...
… Perdón. Pausa en el relato. Aquí en la isla las mesas de merendero, y también los cofres para guardar la comida, son muy parecidos a Fraser Island. El caso es que ahora son las 16.07 de la tarde y estoy solo en una playa que bien podría ser la de Tom Hanks en “Naúfrago”. Me e metido a una de estas mesas merendero a escribir y pr el rabillo del ojo, de vez en cuando, me desconcentran un par de siluetas que se mueven, creyendo que son animales. En realidad son todo el rato un par de bragas de flores que alguien dejó colgadas de una rama y se olvidó. Le dan un toque de intriga al ambiente. ¿Serán de la Sra. Wilson? ¿O de Tom Hanks?

Bien, ese hombre y ese barco que os comentaba me van a llevar a Hinchinbrook. Todo el mundo llega, algunos incluso tarde. Acabamos por salir a las 9.00, pero nada más arrancar el motor se para. Y los intentos para volver a ponerlo en marcha no parace que vayan a hacer nada nunca. El capitán del navío dice que instaló el día anterior no sé que sensor de presión de combustible que debe de ser bastante sensible y no hace muy bien sus labores. Tres cuartos de hora tardamos para que venga y nos remolque un menda con una lancha motora tipo CSI Miami, pero el tipo no es Horacio ni mucho menos. No es ni parecido a Cocodrilo Dundee. Es más un moreno de pueblo tatuado. Pero nos lanza al muelle para pasar al plan B, que venga un menda, pruebe otra vez el Plan A, más tarde un Plan C, y al final todo vuelva a la normalidad. Nuestro capitán está rojo, las plameras de su camisa hawiana van a convertirse en un incendio, pero nadie debe preocuparse porque el sudor que mana del capitán pondrá fin a la catástrofe del palmeral de su camisa.

Rodeamos Hinchinbrook por el Norte, acercándonos a una bahía repleta de manglar. Me recuerda a quel manglar de México. O a un famoso “manglar” descendiendo el río Sella en piragua, cuando mi amigo Javi creía que al yo gritar “manglar” cuando veía ramas en el agua me refería a “remar” en algún tipo de acepción marina de la palabra “manglar”. Creo que siempre que vea un manglar me acordaré de ese momento. Una pasarela nos transporta desde la orilla del mangalr a tierra firme, y ahí cada grupito comienza a su ritmo.

Hay dos “bushwalkers”, traducido como “caminante de bosque”. Bushwalker es algo así como senderista de bosque. Alquien que le va acampar, que le piquen los mosquitos, pasar calor... y ya de paso apreciar vistas y sensaciones increíbles. Luego hay una pareja de mi edad que van superenamorados de la vida. Tres marujas “bushwalkers” que van junto a los dos “bushwalkers” y otros tres por libre. Uno de estos tres por libre será mi mejor amigo luego. Chris.

Desde la playa que caminamos desde el principio se ven el Bowen y el Thumb, dos picos de más de 1.000m que salen propulsados en vertical desde la playa. Paredes de 400m los sujetan en lo altos, y nubes cubren sus crestas con pelucas blancas todo el día. Pitt, uno de los más profesionales, ha hecho el camino varias veces (15 veces. Eso es más que varias). Una de ellas subió al Bowen. “Vengo a Hinchinbrook una vez cada año, pero el Bowen una vez y no más – faltó decir “Santo Tomás”. ¿Como sería eso en inglés? “One and no more, Roger Moore” o “One and no more, Baltimore”. Pitt (le he puesto un nombre ficticio, pero Pitt le pega muchíiisimo) es una de esas personas que te da consejos de acampada mientras atraviesa una botella a lo largo con una cuerda. “Es para las ratas. Al colgar las cosas para que se sequen, o hasta la comida, cuando las ratas intentan llegar a ella se resbalan en la botella dando vueltas”. Como humor amarillo, pienso para mí. “De aquí no pasan” dice sonriente dándole un manotazo a la botella, que da vueltas.

An sido tres horas de andadura, ya a las 13.00 estábamos en Little Ramsey. Buscar agua, creer que un pez grande en el arroyo es un cocodrilo, comer, balarme en el mar y echarme una siesta en la arena despertándome totalmente desorientado ha sido todo lo que he hecho en mi primer día en la isla. He descubierto una nueva raza de insecto para odiar. Las “sandflies”. No dejan marca, pero pican en el momento. ¡Exterminio!

En mi segundo día he despertado en el campamento viejuno con los paisanos y las paisanas ya desayunando o desayunados. Aquí las caminatas son más flojas que en Fraser. Es más el disfrute. No llueve. Es mejor. “Te puedes bañar aquí, en el río”, me dice Pitt. Y la conversación deriva en unos minutos a que “hace un par de años vimos un cocodrilo aquí mismo”. ¡No me puedes decir que me bañe y luego que has visto cocodrilos, Pitt! ¡No es ni medionormal! Y me recuerda acto seguido la historia de Warren McDonald, un tipo que hace diez años intentó subir al Bowen y en su pernoctación en tienda fue a mear. ¡Fin de la historia! No. Fue a mear, y al abrazarse a una roca para no caer al río y seguir su camino a su baño la roca se cayó con él al río aplastándole las piernas. Su compi fue corriendo a la playa cayéndose varias veces en el camino. Fue al puerto donde nos dejaron a nosotros el primer día pero no encontró a nadie y esperó al día siguiente. Tardaron dos o tres días en ir a por Warren. Cuando llegaron, el doctor dijo que no saldría de esta por el shock al quitarle la piedra de encima. El tío no solo resistió, si no que sigue haciendo hazañas locas como subir montañas en silla de ruedas y ser un mito, escribir libros sobre ello y el poder de superación. ¡Madre, qué notas más loco!

Acabo de descubrir un aspecto alucinante de mi escoliosis. Al tener la espalada abombada y estar boca arriba, esta se endereza creando una pompa de aire entre la espalda y la esterilla. Esta pompa se va vaciando en forma de pedorreta ventósica, y lo mismo de vuelta a la posición original cualdo el aire recupera el terreno dentro, entre la espalda y la esterilla. Todo eso, más el sudor, crean las más fascinantes pedorretas cada vez que me muevo. (mis vecinos de acampada están lejos. Reflexiones de lo absurdo).

Es cierto que en esta isla me siento menos único. Pero la identidad única, o el sentirse único, es una acumulación de hechos, de historias, aventuras y desventuras. La vida que elegimos (o la que no) nos hace únicos. Lo demás son conjeturas, y la base algo que adornado seguro que dan lugar a una novela de toque rosa romántico o en otros casos aventurera. Pero siempre seremos únicos y especiales.

Y este segundo día me hace único al cruzar ríos saltando de rama en piedra como nunca había hecho antes por mi estupidez y torpeza extrema. En la más remota selva, donde me siento en todas las selvas del mundo y en Hinchinbrook a la vez. Donde las playas se tornan en infinitas ciudades de cangrejos. Donde los lagartos monitos no me asustan nunca más. Donde la torpeza me deja sin linterna y el móvil es la luz que alumbra mi camino. Sol en la noche, agua dulce en el mar. (Mago de Oz). Cruzando troncos que cruzan ríos. Vuelvo a la locura del sudor eterno, transpirando felicidad y agotamiento.

El tercer día de la aventura cuenta con una pequeña lección-receta de envidia.

Primera receta. Para empezar bien el día: Prueba a levantarte un día en el que falten diez minutos para que salga el sol. Que tu despetardor estuviera programado para ello, para ver su salida, solo para eso, pero que cuando ha sonado has pulsado el NO de NO REPETIR la alarma. Sal corriendo hacia la playa en busca del Este. Corre por la playa hasta que en el horizonte des con un haz de luz más rojizo-anaranjado que el resto del cielo, adivinando que por ahí saldrá el sol. Entonces es el momento de mirar atrás y ver cómo dos montañas, las dos con peluca blanquecina, se elevan únicas por encima de todo lo que ves desde tus pies, la arena, y el manglar. Observa el amancer como si fuera el único y el último y, después, ve a desayunar lo que llevas comiendo los tres últimos días para el desayuno y la comida (la cena es una manzana), y aún así siénte pleno y feliz. Camina 600m con tu mocila de caracol y báñate solo en unas cascadas. Nunca ha sido lo tuyo tirarte de cabeza, pero pruebas. Eres un miedica, pero sigues probando. Y a tu alrededor, truchas que te observan, te merodean y te rozan por docenas. Después cómete una manzana y echa a andar, que es un nuevo día

Segunda receta. Para llegar a tu destino: De segundo plato te ofrezco caminar 10km más 2km de propina por probar un camino. Sube al punto más alto de la semana, desde donde se ve Magnetic Island, esa isla que desechaste por no tener mucho que hacer. Bien, prepara bien las dosis de agua y anacardos, porque te harán falta. Prepárate para tropiezos, telas de araa en tu cara y mariposas negras y verdes fosforecentes que solo aparecen en las revistas. Sube y baja las colinas que se te presentes, porque al final del... ¡No! ¡Espera! Supera uno más de tus manías,. Detente y no cruces el río del todo. ¿No ves que esta piedra es perfecta? Quédate en bañador y entra al río. Diamantina Creek está fresca. Los pies te lo agradecen, y la piedra mohosa te toboganiza hacia el fondo del río sin remedio (¿con cocodrilos?). No. Los cocos son más de estuario. ¡Grita!

Tercera receta. Para terminar un buen día (a las 15.30 de la tarde): Prueba a tirarlo todo al lado de un árbol y corre hacia donde se escucha el agua caer. Y también intenta correr en la misma dirección desde donde pone “cascadas” en los carteles. Detente un instante a contemplar el precioso panorama. Da rienda suelta a la tesitura por un ratito. Camina o lánzate. Hoy es tu día. ¿Qué es eso? Las trucas aquí son tiburonescas, y hasta ves una tortuga entre ellas. Zambúllete con ellas, e intenta salir escalando la mohosa piedra, utilizando las dotes de escalada, de aquel deporte que una vez fue tuyo (tampoco más de un metro en vertical, sin hacer alardes de la mejor escalada del mundo). Prepara la comida, monta tu tienda de campaña, todo mientras los mosqutos te fríen, y vuelve a baarte una vez más antes de que el sol deje de tintar el musgo de verde y la sombra lo convierta todo en negro.

Creo que muchos de los ingredientes, evitandos nombres propios, están al alcance de todos, en muchos momentos. Se pueden cambiar “andar” por “bicis” o “cascada” por “lago”. “Tortuga” por “cualquier tipo de fauna”. Esto es simplemente un día que puede ser parte del finde de cualquiera. Un empuje a salir del sofá, estés donde estés.

Creo que me quedaré un rato más aquí, escuchando el agua caer y viendo las truchas nadar, que se han convertido en el fuego delante del que te quedas embelesado de vez en cuando. El resto son imágenes en mi retina. Un Chris que me llevará a Cairns nada más salir de la isla, y buena compañía en mi primera noche en Cairns, donde me quedé en su casa y cenamos tailandés y cerveza con buena conversación. Quedan buenas personas en el mundo.

Y desayunando (Gracias Logan por la fotazo)

Y más selfies

Little Ramsey Bay


Enamorado de los selfies




Mariposas galácticas

Pies fresquitos


WTF - What The Fuck

La salida de la luna

Y la salida del sol

Trucheando

Pelicaneando



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