Comienza
de nuevo el camino. Vamos entrecerrando puertas que nos dejan lazos
abiertos a los que llegaré cada vez que quiera con este nuevo blog.
Empieza la hazaña en serio, de nuevo. Un paseo apasionante de camino
a la tierra de esos kiwis, gallinas torpes que no vuelan. Fruta
áspera y con interior de verde esperanza. Y con eso abandonábamos
Pepo y yo Berlín, con la esperanza de un “fast and nice” (frase
de una película que no recuerdo) movimiento de salida de una ciudad
tan tormentosa como el cielo que nos acechaba.
Carteles
en mano que durante dos o tres horas no obtuvieron ningún maletero
en el que adentrarse, al igual que nuestros culos no fueron
agraciados con un buen asiento en el que trasladarse dirección
Leipzig o Erfurt. Un amable señor con maletín nos advierte de que
ese no es un buen sitio para parar coches. Que es mejor una
gasolinera. Ya sabemos, esto es la fría y distante Alemania. Esa
misma Alemania que hace un año me hizo desenvolverme con soltura
para dormir sobre un par de cartones dentro de mi saco de dormir en
una bonita gasolinera, consiguiendo el récord de 24 horas para 300
kilómetros. Esa Alemania.
Esa
Alemania nos haría cambiar de lugar. Volver a mirar el mapa y
relocalizarnos cogiendo el metro en Nikolassee, cercano al famoso
Wansee de Berlín. Allá llegamos con intención de comernos el
mundo, y poco más que conseguimos mojarnos los pies así de
primeras. Y es que, a parte de la competencia (un tío con un cartel
en la misma dirección que la nuestra y un perro), nada nos hacía
dudar de nuestro éxito ya dirección enfocada a Leipzig sí o sí.
Pero fue un no rotundo del destino de los autoestopistas.
Bienafortunados los que fueron llegando al lado de nosotros y fueron
consiguiendo irse, y nosotros apegados a aquella gasolinera hasta que
un apaullante resultado de 3-0 nos hizo pensar que si tres personas
habían conseguido irse preguntando en la gasolinera directamente,
nosotros deberíamos agarrar nuestras mochilas a nuestras espaldas
para dar pena, y hacer lo mismo. Y si me llego a despistar un poco,
Pepo me abandona, porque entré a comprar unas patatas y cuando salí
ya tená el macuto en un maletero. Bueno, no nos hacía mucha gracia
el acosos a conductores directamente, pero nuestro culo empezaba a
oler a mojado.
Aaron,
gracias, Aaron, que nos llevaste hasta allá directamente a Erfurt,
en tu bonito Volvo ranchera. Gracias por los consejos sobre dónde
acampar. Aaron, que tocas en la banda de la Ópera de Erfurr. Aaron,
que como en Alemania no hay controles de velocidad vas enciscadísimo.
Aaron, gracias de nuevo.
Erfurt
nos sorprende con edificios de refinado estilo, parecido a una Praga
en miniatura. Con tranvía aparentemente innecesario para lo pequeña
que paracce la ciudad, aunque al día siguiente nos demuestre la
experiencia todo lo contrario. Misión en Erfurt: Comprar bombona de
camping gas, cambiar la que hemos comprado mal en Berlín, compra en
el supermercado y búsqueda de un lugar en el que plantar la tienda
(parque). Después de un ratito, todas las misiones cumplidas. Mi
alemán funciona tan bien como para gestionar la devolución de una
bombona y obtener dinero de vuelta. Noodles instantáneos en el
bolsillo nos llenarán más tarde el estómago. Y observando el mapa
de la ciudad en un panel informativo una voz nos pregunta “¿buscáis
un sitio donde dormir?”. Bien, la respuesta es sí. Pero su
explicación es, sin rodeos, que hay un parque muy chulo al lado del
río donde nadie nos molestará. Se nos ve en la cara que llevamos
tienda de campaña. Porque no puede ver a traves de nuestras fundas
de macuto, que ya impermeabilizan nuestras pertenencias.
Terreno
blandito, tienda controlada, té de camping gas y cansancio hacen una
buena mezcla de ingredientes para conseguir un sueño profundo del
que nos costará salir.
El
frescor y unas obras despliegan nuestros párpados. Hasta que nos
recogemos tardamos bastante. El sobrevuelo de un helicóptero y un
par de aviones militares me hacen recordar que leí que era una zona
de aviación del ejército alemán. Un buen café nos hará olvidar
todo esto. La camarera nos recuerda, con sus preguntas, que los
mochileros, aunque bienvenidos, no pegan ni con cola en esta ciudad
pijita y vestida de domingo toda la semana. Recatada y soleada. Un
poco de información turísitca para salir de la ciudad y saber cómo
dirijirnos a Häinich, el mayor bosque de hoja caduca de Alemania. Se
trata de un hayedo de dimensiones impensables.
“Fast
and nice” no es nuestro mejor descripción a la hora de salir de
las ciudades. Por favor, que alguien nos saque de Erfurt. El tiempo
es soleado, pero no nos apetece pasar tanto rato con el dedo
levantado y el mismo cartel pegado al brazo. Un chico pasa y nos dice
que ese no es el mejor sitio. Tampoc habíamos pensado mucho. Dice
que lo vamos a tener difícil, “porque esto es Alemania”. Y
cuando no es esto, es “porque los coches no tienen sitio donde
parar”, como nos dijo otra. Pero a la pregunta de “y sabes algo
mejor”, encoger los hombros y pirarse es muy fácil respuesta. En
fin... Esto era Alemania. Esto nos da que pensar, de todas formas, y
estudiando nuestro mapa decidimos salir de ese infierno de avenida y
dirigirnos, tras diversos paseos, a un punto que no tiene posibilidad
de fracaso puesto que vamos al siguiente pueblo, y nos vamos a poner
justo antes del desvío de Erfurt que se dirige a nuestro destino.
Todo esto enfrente de una guardería en hora punta de salida. Niños,
madres, padres y canguros observan como dos descerebrados pelan
mandarinas heladas y comen chocolate mientras bailan al son de
“llévame a Erfurt”. Resultado: Fracaso asegurado.
Los
macutos pesan en nuestra espalda y la resignación en nuestras
cabezas. Seis de la tarde. Llegamos a la estación de tren de Erfurt
para ir a Bad Langensalza, desde donde al día siguiente podremos
tomar un bus hasta el Parque Nacional de Häinich. Pero primero
llegaremos a Bad Langensalsa, que siempre me sonará desde que lo
escuché la primera vez a Bad Carnensalsa. Nos sorprende de primeras
con una oscuridad de Sherlock Holmes entre farolas anaranjadas.
Temperatura y humedad post día lloviznoso, pero a su vez nos da la
bienvenida con un bonito mapa en la estación de tren donde
localizamos más o menos un punto donde dormir. Parque a la orilla de
un pequeño río, noodles, té, cenita romántica a la luz de la
farola y a la cama, posiblemente a eso de las diez, como buenos
habitantes del parque.
Un
ruido ensordecedor retruena fuera de la tienda. Tenemos al lado una
marmolera que corta, despieza, desplaza, desploma, destroza...
bloques de mármol. Parece la guerra. Los aviones del ejército
siguen sobrevolando el cielo aquí también, y le dan a todo un tono
aún mejor. Un autobús nos llevará hasta la entrada del parque,
Thiensburg. Lo que creíamos que era la entrada con un pueblo
aledaño, o viceversa, se queda solamente en “entrada del parque”.
Centro de información y todo eso. Hasta un horel-restaurante. Y unos
baños a todo lujo. Oh my god qué baños! Papel. Agua. Todo lo
básico en nuestro segundo día con la casa a cuestas. A lo lejos
desde donde nos deja el bus divisamos una casas, al otro lado del
parking del parque. Ahí están las que todavía no sabemos que van a
ser nuestras casas. No literalmente. Qué me lío. Decidimos dejar
los macutos escondidos entre unos árboles. Queda tarde, y nos
apetecce hacernos un par de rutitas cortas. Cámara, mapita y
palitos. ¡Al camino! Las fotos hablan por sí mismas.
A
la vuelta decidiremos que esas casas son buenas para plantar la
tienda al lado. Nos abrigarán del aire. El porche de una de ellas es
maravilloso. Tiene dos sillas y una mesa. Parecce que hace mucho que
nadie pasa por allí. Está será nuestro punto de referencia para
dos noches. Dormir en tienda, pero el porche es una maravilla que
tenemos que explotar con cuidado. Cenita preciosa a la luz del
frontal en una mesa con hule que nos invita a recitarnos poemas con
vaho. El termómetro de mi reloj marca 4 grados. No parece que vaya a
llover. Al días siguiente decidimos dejar todo ahí y adentrarnos
hacia una ruta larga. Serán 25 kilómetros que nos llevarán por
terrenos de cultivo, pinares y, sobre todo, por un extenso hayedo en
el que la primavera empieza a acariciar su manto y una tímida
ardilla roja se cruzará con nosotros. El clima, el ambiente, la
soledad del parque nos retratan escenarios de “Sleepy Hollow” en
nuestra retina. Siniestro y bello nos rodea ese bosque de hayas
cuando, tras horas andadas, mantenemos un paso ligero en un valle con
ligera bajada. El silencio lo abarca todo tras un pequeño sonido de
hojas, al que le sigue un gruñido de jabalí imbisible que retiembla
en todo el valla. Si la cara de Pepo al darse la vuelta y mirarme era
la misma que la que tenía yo, entonces el aire entre los dos era un
espejo. Quietos, empezando a pensar a qué árbol subirnos, empezamos
a caminar ligeritos, sin querer aparentar canguelo el uno al otro.
Sabemos que un jabalí en época de cría puede estocarte una buena
defensa, mejor que la de Pepe en el Real Madrid. Bien, ligeritos
acabaremos el día, que nos llevará a nuestra casa, en la que
podremos disfrutar de las últimas horas del día con sol y buen
tiempo, antes de irnos cansados y satisfechos a la cama a las ocho de
la tarde.
La
cremallera se abre para dar la bienvenida a una meadita mañanera.
Hemos oído gotas por la noche. Habrá chispeado. Pero ahora lo que
nos sorprende es la nieve en copitos que empieza a caer, y que
mientras desayunamos se convierte en copos de tamaño decente. Ese es
el principio de un bonito y lluvioso día que nos llevará, en cuatro
etapas no demasiado agotadoras, a Frankfurt. Bis Bald Alemania
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| Vaya dos... ¡Qué bohemios! |
| Camino a la perdición |
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