lunes, 16 de marzo de 2015

Fast & Nice (Nice & Easy)


Comienza de nuevo el camino. Vamos entrecerrando puertas que nos dejan lazos abiertos a los que llegaré cada vez que quiera con este nuevo blog. Empieza la hazaña en serio, de nuevo. Un paseo apasionante de camino a la tierra de esos kiwis, gallinas torpes que no vuelan. Fruta áspera y con interior de verde esperanza. Y con eso abandonábamos Pepo y yo Berlín, con la esperanza de un “fast and nice” (frase de una película que no recuerdo) movimiento de salida de una ciudad tan tormentosa como el cielo que nos acechaba.

Carteles en mano que durante dos o tres horas no obtuvieron ningún maletero en el que adentrarse, al igual que nuestros culos no fueron agraciados con un buen asiento en el que trasladarse dirección Leipzig o Erfurt. Un amable señor con maletín nos advierte de que ese no es un buen sitio para parar coches. Que es mejor una gasolinera. Ya sabemos, esto es la fría y distante Alemania. Esa misma Alemania que hace un año me hizo desenvolverme con soltura para dormir sobre un par de cartones dentro de mi saco de dormir en una bonita gasolinera, consiguiendo el récord de 24 horas para 300 kilómetros. Esa Alemania.

Esa Alemania nos haría cambiar de lugar. Volver a mirar el mapa y relocalizarnos cogiendo el metro en Nikolassee, cercano al famoso Wansee de Berlín. Allá llegamos con intención de comernos el mundo, y poco más que conseguimos mojarnos los pies así de primeras. Y es que, a parte de la competencia (un tío con un cartel en la misma dirección que la nuestra y un perro), nada nos hacía dudar de nuestro éxito ya dirección enfocada a Leipzig sí o sí. Pero fue un no rotundo del destino de los autoestopistas. Bienafortunados los que fueron llegando al lado de nosotros y fueron consiguiendo irse, y nosotros apegados a aquella gasolinera hasta que un apaullante resultado de 3-0 nos hizo pensar que si tres personas habían conseguido irse preguntando en la gasolinera directamente, nosotros deberíamos agarrar nuestras mochilas a nuestras espaldas para dar pena, y hacer lo mismo. Y si me llego a despistar un poco, Pepo me abandona, porque entré a comprar unas patatas y cuando salí ya tená el macuto en un maletero. Bueno, no nos hacía mucha gracia el acosos a conductores directamente, pero nuestro culo empezaba a oler a mojado.

Aaron, gracias, Aaron, que nos llevaste hasta allá directamente a Erfurt, en tu bonito Volvo ranchera. Gracias por los consejos sobre dónde acampar. Aaron, que tocas en la banda de la Ópera de Erfurr. Aaron, que como en Alemania no hay controles de velocidad vas enciscadísimo. Aaron, gracias de nuevo.

Erfurt nos sorprende con edificios de refinado estilo, parecido a una Praga en miniatura. Con tranvía aparentemente innecesario para lo pequeña que paracce la ciudad, aunque al día siguiente nos demuestre la experiencia todo lo contrario. Misión en Erfurt: Comprar bombona de camping gas, cambiar la que hemos comprado mal en Berlín, compra en el supermercado y búsqueda de un lugar en el que plantar la tienda (parque). Después de un ratito, todas las misiones cumplidas. Mi alemán funciona tan bien como para gestionar la devolución de una bombona y obtener dinero de vuelta. Noodles instantáneos en el bolsillo nos llenarán más tarde el estómago. Y observando el mapa de la ciudad en un panel informativo una voz nos pregunta “¿buscáis un sitio donde dormir?”. Bien, la respuesta es sí. Pero su explicación es, sin rodeos, que hay un parque muy chulo al lado del río donde nadie nos molestará. Se nos ve en la cara que llevamos tienda de campaña. Porque no puede ver a traves de nuestras fundas de macuto, que ya impermeabilizan nuestras pertenencias.

Terreno blandito, tienda controlada, té de camping gas y cansancio hacen una buena mezcla de ingredientes para conseguir un sueño profundo del que nos costará salir.

El frescor y unas obras despliegan nuestros párpados. Hasta que nos recogemos tardamos bastante. El sobrevuelo de un helicóptero y un par de aviones militares me hacen recordar que leí que era una zona de aviación del ejército alemán. Un buen café nos hará olvidar todo esto. La camarera nos recuerda, con sus preguntas, que los mochileros, aunque bienvenidos, no pegan ni con cola en esta ciudad pijita y vestida de domingo toda la semana. Recatada y soleada. Un poco de información turísitca para salir de la ciudad y saber cómo dirijirnos a Häinich, el mayor bosque de hoja caduca de Alemania. Se trata de un hayedo de dimensiones impensables.

Fast and nice” no es nuestro mejor descripción a la hora de salir de las ciudades. Por favor, que alguien nos saque de Erfurt. El tiempo es soleado, pero no nos apetece pasar tanto rato con el dedo levantado y el mismo cartel pegado al brazo. Un chico pasa y nos dice que ese no es el mejor sitio. Tampoc habíamos pensado mucho. Dice que lo vamos a tener difícil, “porque esto es Alemania”. Y cuando no es esto, es “porque los coches no tienen sitio donde parar”, como nos dijo otra. Pero a la pregunta de “y sabes algo mejor”, encoger los hombros y pirarse es muy fácil respuesta. En fin... Esto era Alemania. Esto nos da que pensar, de todas formas, y estudiando nuestro mapa decidimos salir de ese infierno de avenida y dirigirnos, tras diversos paseos, a un punto que no tiene posibilidad de fracaso puesto que vamos al siguiente pueblo, y nos vamos a poner justo antes del desvío de Erfurt que se dirige a nuestro destino. Todo esto enfrente de una guardería en hora punta de salida. Niños, madres, padres y canguros observan como dos descerebrados pelan mandarinas heladas y comen chocolate mientras bailan al son de “llévame a Erfurt”. Resultado: Fracaso asegurado.

Los macutos pesan en nuestra espalda y la resignación en nuestras cabezas. Seis de la tarde. Llegamos a la estación de tren de Erfurt para ir a Bad Langensalza, desde donde al día siguiente podremos tomar un bus hasta el Parque Nacional de Häinich. Pero primero llegaremos a Bad Langensalsa, que siempre me sonará desde que lo escuché la primera vez a Bad Carnensalsa. Nos sorprende de primeras con una oscuridad de Sherlock Holmes entre farolas anaranjadas. Temperatura y humedad post día lloviznoso, pero a su vez nos da la bienvenida con un bonito mapa en la estación de tren donde localizamos más o menos un punto donde dormir. Parque a la orilla de un pequeño río, noodles, té, cenita romántica a la luz de la farola y a la cama, posiblemente a eso de las diez, como buenos habitantes del parque.

Un ruido ensordecedor retruena fuera de la tienda. Tenemos al lado una marmolera que corta, despieza, desplaza, desploma, destroza... bloques de mármol. Parece la guerra. Los aviones del ejército siguen sobrevolando el cielo aquí también, y le dan a todo un tono aún mejor. Un autobús nos llevará hasta la entrada del parque, Thiensburg. Lo que creíamos que era la entrada con un pueblo aledaño, o viceversa, se queda solamente en “entrada del parque”. Centro de información y todo eso. Hasta un horel-restaurante. Y unos baños a todo lujo. Oh my god qué baños! Papel. Agua. Todo lo básico en nuestro segundo día con la casa a cuestas. A lo lejos desde donde nos deja el bus divisamos una casas, al otro lado del parking del parque. Ahí están las que todavía no sabemos que van a ser nuestras casas. No literalmente. Qué me lío. Decidimos dejar los macutos escondidos entre unos árboles. Queda tarde, y nos apetecce hacernos un par de rutitas cortas. Cámara, mapita y palitos. ¡Al camino! Las fotos hablan por sí mismas.

A la vuelta decidiremos que esas casas son buenas para plantar la tienda al lado. Nos abrigarán del aire. El porche de una de ellas es maravilloso. Tiene dos sillas y una mesa. Parecce que hace mucho que nadie pasa por allí. Está será nuestro punto de referencia para dos noches. Dormir en tienda, pero el porche es una maravilla que tenemos que explotar con cuidado. Cenita preciosa a la luz del frontal en una mesa con hule que nos invita a recitarnos poemas con vaho. El termómetro de mi reloj marca 4 grados. No parece que vaya a llover. Al días siguiente decidimos dejar todo ahí y adentrarnos hacia una ruta larga. Serán 25 kilómetros que nos llevarán por terrenos de cultivo, pinares y, sobre todo, por un extenso hayedo en el que la primavera empieza a acariciar su manto y una tímida ardilla roja se cruzará con nosotros. El clima, el ambiente, la soledad del parque nos retratan escenarios de “Sleepy Hollow” en nuestra retina. Siniestro y bello nos rodea ese bosque de hayas cuando, tras horas andadas, mantenemos un paso ligero en un valle con ligera bajada. El silencio lo abarca todo tras un pequeño sonido de hojas, al que le sigue un gruñido de jabalí imbisible que retiembla en todo el valla. Si la cara de Pepo al darse la vuelta y mirarme era la misma que la que tenía yo, entonces el aire entre los dos era un espejo. Quietos, empezando a pensar a qué árbol subirnos, empezamos a caminar ligeritos, sin querer aparentar canguelo el uno al otro. Sabemos que un jabalí en época de cría puede estocarte una buena defensa, mejor que la de Pepe en el Real Madrid. Bien, ligeritos acabaremos el día, que nos llevará a nuestra casa, en la que podremos disfrutar de las últimas horas del día con sol y buen tiempo, antes de irnos cansados y satisfechos a la cama a las ocho de la tarde.

La cremallera se abre para dar la bienvenida a una meadita mañanera. Hemos oído gotas por la noche. Habrá chispeado. Pero ahora lo que nos sorprende es la nieve en copitos que empieza a caer, y que mientras desayunamos se convierte en copos de tamaño decente. Ese es el principio de un bonito y lluvioso día que nos llevará, en cuatro etapas no demasiado agotadoras, a Frankfurt. Bis Bald Alemania

Sacadme de aquí

Erfurt



Aflora la primavera



Casa

Esperando que caiga el rayo


Vuelve de paseo

Vaya dos... ¡Qué bohemios!

Camino a la perdición
 

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