Supongo que esto, de
nuevo, acabará en el blog con pelos y señales. Con sus puntos y con
sus comas. Porque esta es la misión imposible que se convirtió en
posible. Hace algo así como un mes Daphne y yo pretendimos venir a
este refugio pero un poco de retraso en el comienzo y las diversas
paradas a lo largo del camino nos hicieron quedarnos a dos horas de
aquí, a dormir en la famosa roca. No miro a nadie, per cuadno te
metes en un lío de este calibre tienes que saber qué profundidad
tiene el charco y si la otra persona tiene ganas de saltar charcos y
de qué magnitud. Y por ganas no era, porque ¡vaya tía la Daphne!
¡Cómo trotaba! Pero estas patas son más largas, y no sé que
tienen, que serán diesel o lo que sea, pero necesitan menos
repostaje. Hoy he emprendido la marcha incluso tres cuartos de hora
que cuando vine con Daphne, y he llegado al lugar donde hicimos noche
aquella vez dos horas antes. Las patas estas no sé de dónde las he
sacado, pero andan una barbaridad.
El berenjenal
repleto de berenjenas es el mismo que la vez anterior. Creo que
estaban hasta las mismas berenjenas, y todo. Creo que la historia ya
la conté, pero para los extaviados, los novatos, los que andaban por
el océano cibernético y se toparon con esto... el tema es que la
vez anterior que intenté llegar aquí fue con Daphne, y lo más que
conseguimos fue dormir encima de una roca (preciosa, cómoda y
acogedora) en los Barrowman Flat, a dos horas de aquí. Pues nada,
que se nos hizo tarde ¡mira tú!
21 de Septiembre
tenía tro color. Tenía el color azul cristalino del cielo y el gris
de una resaca atacante. Tenía la tonalidad de una invitación muy
jugosa de un colega, conocido, compañero de la canción Riptide que
él toca con el ukelele y yo con la guitarra. Tenía ya la sensación
en el cuerpo de endosarme unos crampones en las botas e irme con Jake
y algunos guías más de los Franz Josef Glacier Guides a una
expedición al Fox Glacier. Ni más ni menos. A unas cuevas de hielo,
y yo como contacto, como invitado, como conocido... Y es que es
cierto que en el tiempo que llevo aquí no he socializado demasiado.
Lo justo y necesario. Lo que he podido sin ir al bar. Es que no ido
“tanto”. Soy más amigo de las cervezas en casa, todo sea dicho.
Pero ese es otro cantar. Lo que yo estaba cantando , o contando, o
como fuera, es que Jake y sus secuaces, y yo, nos íbamos, en este
domingo en que oficialmente empieza la primavera. Pero en ese sábado
noche a todo el mundo le hirvió la sangre más de lo normal. Yo
acabé no muy pronto liado con la gente del hostel en el hostel. En
el bar a unos se les ocurrió coger un tuk-tuk (moto-taxi) y conducir
por el pueblo, uno se cayó del tuk-tuk y tuvo que venir un
helicóptero a por el por la noche y llevárselo al hospital.
Inciso: En el pueblo
hay una alarma de emergencias. La sirena la tenemos en frente del
hostel. Y es que como no hay centro de salud ni la poli está de
servicio todo el rato, pues están de guardia en casa. Y como las
coberturas en los móviles no son las mejores que digamos en este
pueblo de Dios, o de quien sea el pueblo, pues en emergencia se
activa una sirena desde la central de llamadas, y el que esté de
guardia tiene que acercarse, coger la llamada y apagarla. El de
guardia se despierta en su casa y corre. Y si no se despierta, como
todo el pueblo ya está despierto, pues corren a su casa y le corren
a collejas diciéndole: “Paco (Pack, en inglés, que viene de
“Paquete”. Pack y Paquete son lo mismo. Y en español Paquete es
Paco cariñosamente), que está sonando el timbrazo ese, vete a ver”.
Y Pack va y mira a ver qué quieren desde centrar y acude a socorrer
lo que haya que socorrer.
En fin, que en el
hostel oímos el Pacófono. La gente superapurada porque el Packófono
suena como si fueran a caer obuses. O, como dice muy angustiada mi
amiga Sue, que es de Arkansas, “como cuando se activa la alarma en
mi pueblo por los tornados”. Y es que a Sue le he intentado
explicar la broma aquella del monólogo de “Sue, me Arkansas la
sal?”, pero nunca la pilla. En fin, que ni obuses ni tornados. La
llamada era para los ingeniosos amigos que tengo, que iban en el
tuktuk y uno se tiró, con las consiguiente bromas de que como es
paracaidista pues que se creyó que estaba en el avión y se tiró. Y
con esto quiero decir que tú pones a los “vacones” (gente
procedente de un pueblo de Soria llamado Valdeavellano de Tera), o a
alguno de ellos que yo me sé aquí en Franz Josef y se llevan de
maravilla. Porque esto del tuk-tuk me ha recordado a cuando el Rodri
cogió el dumper con otros cuatro descabellados a las 6 de la mañana
desde el zurracapote y se estampanarón contra una pared y saltaron
por encima al jardín correspondiente. Pues eso, que borricos
autóctonos aquí también hay. Como el que subió a un refugio del
glaciar a pasar la noche y se le ocurrió tirarse por el hielo con
uno de los colchones del refugio. Pues así, dos brazos rotos. ¿Uno?
No, no. Los dos.
Total, que me lío.
Que el equinocio este ha terminado en que me he levantado y Jake
estaba en el salón de mi casa y ha abierto el ojo de casualidad. Me
ha contado la historia del tuk-tuk y otras tantas, que la otra no se
qué y que ni glaciar ni flowers. Así que he empaquetado (que ahora
no tiene nada que ver con Pack) y me he venido al Whataroa Valley. Y
joooder cómo estoy escribiendo que entre el té calentito y la
chasquita que me he montao estoy todo calentito y la mar de bien. Que
miro por la ventana y veo la luna en cuarto creciente. Y esa es otra
tontuna que aquí es al revés, y es que la luna tiene C de Creciente
y D de Menguante... D de Decreciente.
Los senderos los
marca una flecha naranja de plástico pegada a rocas o clavada a
árboles, y viene a ser como nuestras línes rojas/amarillas y
blancas de los senderos de allá. A vces se ven, a veces no. Ya saben
cómo va el tema. El caso es que esta vez yo tenía el terreno ya
estudiado, o repasado, o medio leído, de la otra vez. No ha habido
tantas tesituras con los ríos, porque la confianza para saltar de
roca en roca para cruzarlos tiene un desparpajo ya que, para lo que
yo solía ser, abruma. No me he mojado los pes de camino de lo cual
me alegro mucho. Pero eso sí, muchos derrapes que han terminado en
sentada o restriego de culo por barro. Porque el camino este es todo
menos un paseíllo por el campo. Trepando para escalar montes, por
raíces y lianas, que ríete tú de Tarzán y Mowgli. Que yo no sé
cómo estos dos no aguantaban sin decir ni un “fuck off” cada vez
que se tropezaban con una raíz en la selva. O un “me cago en
dios”. Será que todo esto es muy “Bohua”. El “fuck off” es
una adaptación para que todo el mundo entinda mi frustración al
montar una estantería o al darme en el dedo con un martillo. Mi
amiga Flo me dice que me queda muy bien cuando lo digo. Se te llena
bastante la boca al decirlo. Es bastante gratificante, sin llegar al
punto del “me cago en dios”, pero suficiente para expresar lo que
siento cuando me tropiezo por enésima vez o se me cae algo de nuevo.
Bueno, pues mucho
verde, mucho azul del río Whataroa. Unos cañones, desfiladeros, que
ha creado el río durante tantos siglos, horadados con tesón y
paciencia, que son para alucinar. Casi me estampano mirando el río,
caminando hacia acá. Y es que aquí o caminas o te recreas con el
paisaje, pero como estés a las dos cosas te lisias. El lecho del río
es mágino, scado de las entrañas de la tierra, masajeado por las
aguas glaciares, que me río yo de la expresión “de película”.
Porque esto es mejor que cualquier televisión o pantalla. Poder
escabullirse de esta manera entiendo que no sea para todo el mundo,
pero para mí es es climax. El hecho de haber visto el puente
colgante desde la lejanía, que marcaba que el refugio estaba cerca y
la misión cerca de cumplirse, no tiene el diccionario suficientes
vocablos para transmitir ese momento. Es un momento en el que el río,
el puente, y yo, y todo el cosmos, somos uno y únicos. Este Junction
Butler Hut, ya digo, era una asignatura pendiente y ahora mismo estoy
extasiado con el solo sentimiento de haber llegado hasta aquí. Mira
que pido poco. Un valle que lleva aquí milenios. Y un refugio. Y me
hace más feliza que un camión, aunque yo para ser feliz quiero
también un camión. El runrún del Whataroa es un fluir constante.
La Luna en la ventana. Esos picos que se esconden tras las colinas
más cercanas. Todos los utensilios y la comida que la gente ha ido
dejando. Cuántas historias aquí, desde 1967 que fue construido. El
libro de visitas, que todos los refugios tienen, fecha la última el
16/7. Dos meses sin que haya pasado nadie por aquí.
Le voy a echar otro
tronquito a la chasca y me voy a meter en el saco. Mañana será otro
día. Hoy, 29 de Septiembre de 2015
Le estoy empezando a
coger el gustazo a esto de escribir a la luz de una vela, con la
estufa de leña a todo trapo, que hasta me quema la oreja. Me esoy
calentando un tecito con el campinggas, pero me parece que me voy a
la cama que la familia Telerín. Hoy, exacatamente, es cuarto
creciente, en forma de C, como decía antes. El tema es que me he
olvidado del libro en casa, y por eso estoy tan escritor con estufa a
la luz de la vela. Que parece que me siento muy bohemio aquí en el
mundo remoto. Y la oferta de libros que otras personas han dejado en
la estantería del refugio, aunque más extensa de lo esperado, y
llegado el momento de la necesidad lo haría, no es muy exquisita que
digamos. Ahí va un análisis:
Descartados desde el
primer momento quedan:
Action: La
impacatante novela de un apostador compulsivo. Quita, no me vaya yo
ahora a enganchar a los casinos o al poker, ahora que no tengo
ninguno cerca.
Fuego de Primavera:
Con una tía, un tío detrás mirándola y unas montañas nevadas
como portada, que bien podrían estar en este refugio haciendo fuego
de la primavera. “María, sorprendentemente bella y atrapada en un
matrimonio infeliz”. Por eso mira a las montañas, y el marido a su
melena.
Las Cadenas del
Destino: Con una etiqueta de precio de $1, todo queda dicho. Aunque
no me gusta valorar los libros por su precio si no por su encanto
literario.
Y con alguna opción
quedan:
Él, que mata el
dragón: Con una silueta negrade un tío con gabardina en un calejón.
Un thriller de refugio.
Los Chacales Negros:
“Una panda de hermanos en el caos de una guerra. Para sobrevivir
rompieron todas las reglas”. ¿Qué estaban, jugando al Risk? Pues
ya sabes, mueren todos y quedan Ryan, que nadie sabe donde está.
Copia barata con alguna opción.
Muerto de Miedo:
“Alguien te está observando”. ¡No me jodas, eh, no me jodas!
Que en casa vale, pego un grito, viene alguien en mi ayuda. Pero aquí
no, que me acojono. Y si me estás observando, pasa. No tengas
vergüenza que las cosas se hablan y tengo fuego y té para los dos.
Pero no andes fuera, con el frío que hace.
El otro día hablaba
con mi amiga Sue. Esperábamos, en nuestras vidas de caminantes con
refugios en nuestros caminos, no oparnos con ningún personaje
extraño. Y no hablo de asesinos, cazadores locos o sádicos con
hachas. Decíamos más uno extraño que te puede recordar a todos los
anteriores. Un tipo que se encuentre en el refugio cuando llegas... o
peor. Un tipo que llega cuando ya estás durmiendo. Ya sabes, de esto
que empieza a llover y te compadeces de él porque llega calado hasta
los huesos. Le preguntas y responde con síes y noes. Solamente te
dirige la vista con un “Hasta mañana, con suerte”, cuando se va
a acostar en su saco color camuflaje. De esa te meas, del miedo y de
verdad, y sales a mear fuera. Acto involuntario, como reflejo, miras
a la entana del regugio y ves, a la luz de la vela que has dejado
encendida, al tipo mirándote. Y rápidamente se aparta de la ventana
cuando tu mirada se cruza con la suya. Yo ya no vuelvo. Me voy en
gayumbos valle abajo. O entro y lo hablamos. “¿Oye, lo hablamos?
Espera que llamo al del libro que me miraba antes desde fuera”.
El caso es que esta
mañana me he levantado y estaba igual de solo que ayer. Las 6.30 y
el Sol ya alumbraba por la ventana aunque no se le veía. Estos valle
son cerrados. He barrido un poco todo el tinglao que preparé ayer
con tanta leña, que si palito va palito viene. Estaba todo lleno
mierda. Me he hecho desayuno, he encendido para mientras me leía el
mapa para saber la que me esperaba para ir al Ice Lake. A la larga me
pasará factura, porque en mi día de descanso en el refugio me voy a
clavar 8 horitas de andanza. Y a ver cómo está el río Butler de
alto, que de puente a puente, y este se lo llevó la corriente hace
unos años, y solo se puede cruzar cuando hay cauce bajo. Y lleva con
Sol cautro días, así que no sé cómo andará el deshielo. Bueno,
de momento nada más hasta el siguiente refugio y allá a ver si
cruzamos el río.
Cuando he llegado al
Top Butler Hut me he sentado dentro a cotillearlo un ratito. Luego me
he salido a la puerta y, en un tocón sentado, he desayunado de
segundas chocolate y manzanas. Tras ingerir tan glorioso desayuno me
he dirigido al río a ver el percal. A la primera ha sido un “no”,
incluso después de diez minutos de estudio. Pero creo que más el
cansancio que el aventurismo hablaban y pensaban. Un problema de
desconfianza en mi torpeza... o confianza en que soy torpe, no sé
cómo decirlo. Pero una vez más he cogido el toro... no espera, que
no había toro. He cogido el río por los cuer... no, he saltado el
río por los pelos. No, he saltado el río por las piedras. ¡Eso! Y
ya en la otra orilla, todavía con la sonrisa en la boca porque iba a
llegar al Ice Lake, me he dispuesto raudo a seguir camino muy
contento con la idea de llegar.
Un camino de cabras
es mejor que este despropósito. Diversos “fuck off”s. En algunos
lugares un paso en falso y te vas para abajo. Un poco de escalada de
piedras y raíces que no falte. Algunos coscorrones con ramas y
piedras. En uno de esos me ha parecido que me ha encogido el cuello
un poco, como a Fernando Alonso. Me he acordado de los capones de
Miguel Ángel en el cole, que te restaban un año de crecimiento. Ha
habido diversas colisiones de diversas partes de mi cuerpo contra
diversos elementos, pero en un momento he salido del bosque y he
topado con esas piedras alpinas agrupadas que me dirigían a orillas
del Butler hacia un circo de montañas bajo el que tenía que estar
la laguna. La última excursión a la Laguna de Cebollera fue con
Javi y Pepo. Refugios son Pepo. Siempre espero que haya un patxarán
en los refugios, pero los cazadores de aquí no entienden. Javi son
Piedras, rocas y montañas. Mi primer compañero de escalada. Y al
borde del circo de piedras, con esas mastodónticas paredes de más
de mil metro de altura, con el lago abrazado por y bajo ellas,
efectivamente, me he tumbado a echarme la siesta despuś de tomar las
fotos que dejan mudas mis palabras.
Esta noche estoy de
vuelta en Lower Butler, en Butler Junction Hut de nuevo, escribiendo
las memorias de una de las aventuras que por haber tenido una primera
parte y una secuela, quedará en mi memoria y en el papelcomo uno de
los lugares más bellos que he visitado. No será la última vez que
me vean por aquí. Lo prometo.
A Daphne, porque mi cambio está en mi primavera.
22 de Septiembre de
2015
| Un buen editor siempe dejaría para el final esta foto, pero si no la pongo la primera, no queda como principal en la página del blog. El Ice Lake, que tanto he buscado. |
| Reynolds Beach, de camino a Junction Butler Hut |
| Restos de refugiados anteriores. Atención a las revistas |
| Baraja de Ron Kraken. ¡Hasta dónde han llegado los colegas! |
| Portavelas con una lata de judías |
| He tratado, sin éxito, de busar el nombe de esta planta que, al cruza la línea de boque, de repente todo lo puebla en el paisaje más alpino y rocoso. |
| Una lagunita previa al Ice Lake, que era un adelanto de su poderío |
| Ice Lake |
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