jueves, 1 de octubre de 2015

Junction Hut y su Ice Lake


Supongo que esto, de nuevo, acabará en el blog con pelos y señales. Con sus puntos y con sus comas. Porque esta es la misión imposible que se convirtió en posible. Hace algo así como un mes Daphne y yo pretendimos venir a este refugio pero un poco de retraso en el comienzo y las diversas paradas a lo largo del camino nos hicieron quedarnos a dos horas de aquí, a dormir en la famosa roca. No miro a nadie, per cuadno te metes en un lío de este calibre tienes que saber qué profundidad tiene el charco y si la otra persona tiene ganas de saltar charcos y de qué magnitud. Y por ganas no era, porque ¡vaya tía la Daphne! ¡Cómo trotaba! Pero estas patas son más largas, y no sé que tienen, que serán diesel o lo que sea, pero necesitan menos repostaje. Hoy he emprendido la marcha incluso tres cuartos de hora que cuando vine con Daphne, y he llegado al lugar donde hicimos noche aquella vez dos horas antes. Las patas estas no sé de dónde las he sacado, pero andan una barbaridad.

El berenjenal repleto de berenjenas es el mismo que la vez anterior. Creo que estaban hasta las mismas berenjenas, y todo. Creo que la historia ya la conté, pero para los extaviados, los novatos, los que andaban por el océano cibernético y se toparon con esto... el tema es que la vez anterior que intenté llegar aquí fue con Daphne, y lo más que conseguimos fue dormir encima de una roca (preciosa, cómoda y acogedora) en los Barrowman Flat, a dos horas de aquí. Pues nada, que se nos hizo tarde ¡mira tú!

21 de Septiembre tenía tro color. Tenía el color azul cristalino del cielo y el gris de una resaca atacante. Tenía la tonalidad de una invitación muy jugosa de un colega, conocido, compañero de la canción Riptide que él toca con el ukelele y yo con la guitarra. Tenía ya la sensación en el cuerpo de endosarme unos crampones en las botas e irme con Jake y algunos guías más de los Franz Josef Glacier Guides a una expedición al Fox Glacier. Ni más ni menos. A unas cuevas de hielo, y yo como contacto, como invitado, como conocido... Y es que es cierto que en el tiempo que llevo aquí no he socializado demasiado. Lo justo y necesario. Lo que he podido sin ir al bar. Es que no ido “tanto”. Soy más amigo de las cervezas en casa, todo sea dicho. Pero ese es otro cantar. Lo que yo estaba cantando , o contando, o como fuera, es que Jake y sus secuaces, y yo, nos íbamos, en este domingo en que oficialmente empieza la primavera. Pero en ese sábado noche a todo el mundo le hirvió la sangre más de lo normal. Yo acabé no muy pronto liado con la gente del hostel en el hostel. En el bar a unos se les ocurrió coger un tuk-tuk (moto-taxi) y conducir por el pueblo, uno se cayó del tuk-tuk y tuvo que venir un helicóptero a por el por la noche y llevárselo al hospital.

Inciso: En el pueblo hay una alarma de emergencias. La sirena la tenemos en frente del hostel. Y es que como no hay centro de salud ni la poli está de servicio todo el rato, pues están de guardia en casa. Y como las coberturas en los móviles no son las mejores que digamos en este pueblo de Dios, o de quien sea el pueblo, pues en emergencia se activa una sirena desde la central de llamadas, y el que esté de guardia tiene que acercarse, coger la llamada y apagarla. El de guardia se despierta en su casa y corre. Y si no se despierta, como todo el pueblo ya está despierto, pues corren a su casa y le corren a collejas diciéndole: “Paco (Pack, en inglés, que viene de “Paquete”. Pack y Paquete son lo mismo. Y en español Paquete es Paco cariñosamente), que está sonando el timbrazo ese, vete a ver”. Y Pack va y mira a ver qué quieren desde centrar y acude a socorrer lo que haya que socorrer.

En fin, que en el hostel oímos el Pacófono. La gente superapurada porque el Packófono suena como si fueran a caer obuses. O, como dice muy angustiada mi amiga Sue, que es de Arkansas, “como cuando se activa la alarma en mi pueblo por los tornados”. Y es que a Sue le he intentado explicar la broma aquella del monólogo de “Sue, me Arkansas la sal?”, pero nunca la pilla. En fin, que ni obuses ni tornados. La llamada era para los ingeniosos amigos que tengo, que iban en el tuktuk y uno se tiró, con las consiguiente bromas de que como es paracaidista pues que se creyó que estaba en el avión y se tiró. Y con esto quiero decir que tú pones a los “vacones” (gente procedente de un pueblo de Soria llamado Valdeavellano de Tera), o a alguno de ellos que yo me sé aquí en Franz Josef y se llevan de maravilla. Porque esto del tuk-tuk me ha recordado a cuando el Rodri cogió el dumper con otros cuatro descabellados a las 6 de la mañana desde el zurracapote y se estampanarón contra una pared y saltaron por encima al jardín correspondiente. Pues eso, que borricos autóctonos aquí también hay. Como el que subió a un refugio del glaciar a pasar la noche y se le ocurrió tirarse por el hielo con uno de los colchones del refugio. Pues así, dos brazos rotos. ¿Uno? No, no. Los dos.

Total, que me lío. Que el equinocio este ha terminado en que me he levantado y Jake estaba en el salón de mi casa y ha abierto el ojo de casualidad. Me ha contado la historia del tuk-tuk y otras tantas, que la otra no se qué y que ni glaciar ni flowers. Así que he empaquetado (que ahora no tiene nada que ver con Pack) y me he venido al Whataroa Valley. Y joooder cómo estoy escribiendo que entre el té calentito y la chasquita que me he montao estoy todo calentito y la mar de bien. Que miro por la ventana y veo la luna en cuarto creciente. Y esa es otra tontuna que aquí es al revés, y es que la luna tiene C de Creciente y D de Menguante... D de Decreciente.

Los senderos los marca una flecha naranja de plástico pegada a rocas o clavada a árboles, y viene a ser como nuestras línes rojas/amarillas y blancas de los senderos de allá. A vces se ven, a veces no. Ya saben cómo va el tema. El caso es que esta vez yo tenía el terreno ya estudiado, o repasado, o medio leído, de la otra vez. No ha habido tantas tesituras con los ríos, porque la confianza para saltar de roca en roca para cruzarlos tiene un desparpajo ya que, para lo que yo solía ser, abruma. No me he mojado los pes de camino de lo cual me alegro mucho. Pero eso sí, muchos derrapes que han terminado en sentada o restriego de culo por barro. Porque el camino este es todo menos un paseíllo por el campo. Trepando para escalar montes, por raíces y lianas, que ríete tú de Tarzán y Mowgli. Que yo no sé cómo estos dos no aguantaban sin decir ni un “fuck off” cada vez que se tropezaban con una raíz en la selva. O un “me cago en dios”. Será que todo esto es muy “Bohua”. El “fuck off” es una adaptación para que todo el mundo entinda mi frustración al montar una estantería o al darme en el dedo con un martillo. Mi amiga Flo me dice que me queda muy bien cuando lo digo. Se te llena bastante la boca al decirlo. Es bastante gratificante, sin llegar al punto del “me cago en dios”, pero suficiente para expresar lo que siento cuando me tropiezo por enésima vez o se me cae algo de nuevo.

Bueno, pues mucho verde, mucho azul del río Whataroa. Unos cañones, desfiladeros, que ha creado el río durante tantos siglos, horadados con tesón y paciencia, que son para alucinar. Casi me estampano mirando el río, caminando hacia acá. Y es que aquí o caminas o te recreas con el paisaje, pero como estés a las dos cosas te lisias. El lecho del río es mágino, scado de las entrañas de la tierra, masajeado por las aguas glaciares, que me río yo de la expresión “de película”. Porque esto es mejor que cualquier televisión o pantalla. Poder escabullirse de esta manera entiendo que no sea para todo el mundo, pero para mí es es climax. El hecho de haber visto el puente colgante desde la lejanía, que marcaba que el refugio estaba cerca y la misión cerca de cumplirse, no tiene el diccionario suficientes vocablos para transmitir ese momento. Es un momento en el que el río, el puente, y yo, y todo el cosmos, somos uno y únicos. Este Junction Butler Hut, ya digo, era una asignatura pendiente y ahora mismo estoy extasiado con el solo sentimiento de haber llegado hasta aquí. Mira que pido poco. Un valle que lleva aquí milenios. Y un refugio. Y me hace más feliza que un camión, aunque yo para ser feliz quiero también un camión. El runrún del Whataroa es un fluir constante. La Luna en la ventana. Esos picos que se esconden tras las colinas más cercanas. Todos los utensilios y la comida que la gente ha ido dejando. Cuántas historias aquí, desde 1967 que fue construido. El libro de visitas, que todos los refugios tienen, fecha la última el 16/7. Dos meses sin que haya pasado nadie por aquí.

Le voy a echar otro tronquito a la chasca y me voy a meter en el saco. Mañana será otro día. Hoy, 29 de Septiembre de 2015

Le estoy empezando a coger el gustazo a esto de escribir a la luz de una vela, con la estufa de leña a todo trapo, que hasta me quema la oreja. Me esoy calentando un tecito con el campinggas, pero me parece que me voy a la cama que la familia Telerín. Hoy, exacatamente, es cuarto creciente, en forma de C, como decía antes. El tema es que me he olvidado del libro en casa, y por eso estoy tan escritor con estufa a la luz de la vela. Que parece que me siento muy bohemio aquí en el mundo remoto. Y la oferta de libros que otras personas han dejado en la estantería del refugio, aunque más extensa de lo esperado, y llegado el momento de la necesidad lo haría, no es muy exquisita que digamos. Ahí va un análisis:

Descartados desde el primer momento quedan:

Action: La impacatante novela de un apostador compulsivo. Quita, no me vaya yo ahora a enganchar a los casinos o al poker, ahora que no tengo ninguno cerca.

Fuego de Primavera: Con una tía, un tío detrás mirándola y unas montañas nevadas como portada, que bien podrían estar en este refugio haciendo fuego de la primavera. “María, sorprendentemente bella y atrapada en un matrimonio infeliz”. Por eso mira a las montañas, y el marido a su melena.

Las Cadenas del Destino: Con una etiqueta de precio de $1, todo queda dicho. Aunque no me gusta valorar los libros por su precio si no por su encanto literario.

Y con alguna opción quedan:

Él, que mata el dragón: Con una silueta negrade un tío con gabardina en un calejón. Un thriller de refugio.

Los Chacales Negros: “Una panda de hermanos en el caos de una guerra. Para sobrevivir rompieron todas las reglas”. ¿Qué estaban, jugando al Risk? Pues ya sabes, mueren todos y quedan Ryan, que nadie sabe donde está. Copia barata con alguna opción.

Muerto de Miedo: “Alguien te está observando”. ¡No me jodas, eh, no me jodas! Que en casa vale, pego un grito, viene alguien en mi ayuda. Pero aquí no, que me acojono. Y si me estás observando, pasa. No tengas vergüenza que las cosas se hablan y tengo fuego y té para los dos. Pero no andes fuera, con el frío que hace.

El otro día hablaba con mi amiga Sue. Esperábamos, en nuestras vidas de caminantes con refugios en nuestros caminos, no oparnos con ningún personaje extraño. Y no hablo de asesinos, cazadores locos o sádicos con hachas. Decíamos más uno extraño que te puede recordar a todos los anteriores. Un tipo que se encuentre en el refugio cuando llegas... o peor. Un tipo que llega cuando ya estás durmiendo. Ya sabes, de esto que empieza a llover y te compadeces de él porque llega calado hasta los huesos. Le preguntas y responde con síes y noes. Solamente te dirige la vista con un “Hasta mañana, con suerte”, cuando se va a acostar en su saco color camuflaje. De esa te meas, del miedo y de verdad, y sales a mear fuera. Acto involuntario, como reflejo, miras a la entana del regugio y ves, a la luz de la vela que has dejado encendida, al tipo mirándote. Y rápidamente se aparta de la ventana cuando tu mirada se cruza con la suya. Yo ya no vuelvo. Me voy en gayumbos valle abajo. O entro y lo hablamos. “¿Oye, lo hablamos? Espera que llamo al del libro que me miraba antes desde fuera”.

El caso es que esta mañana me he levantado y estaba igual de solo que ayer. Las 6.30 y el Sol ya alumbraba por la ventana aunque no se le veía. Estos valle son cerrados. He barrido un poco todo el tinglao que preparé ayer con tanta leña, que si palito va palito viene. Estaba todo lleno mierda. Me he hecho desayuno, he encendido para mientras me leía el mapa para saber la que me esperaba para ir al Ice Lake. A la larga me pasará factura, porque en mi día de descanso en el refugio me voy a clavar 8 horitas de andanza. Y a ver cómo está el río Butler de alto, que de puente a puente, y este se lo llevó la corriente hace unos años, y solo se puede cruzar cuando hay cauce bajo. Y lleva con Sol cautro días, así que no sé cómo andará el deshielo. Bueno, de momento nada más hasta el siguiente refugio y allá a ver si cruzamos el río.

Cuando he llegado al Top Butler Hut me he sentado dentro a cotillearlo un ratito. Luego me he salido a la puerta y, en un tocón sentado, he desayunado de segundas chocolate y manzanas. Tras ingerir tan glorioso desayuno me he dirigido al río a ver el percal. A la primera ha sido un “no”, incluso después de diez minutos de estudio. Pero creo que más el cansancio que el aventurismo hablaban y pensaban. Un problema de desconfianza en mi torpeza... o confianza en que soy torpe, no sé cómo decirlo. Pero una vez más he cogido el toro... no espera, que no había toro. He cogido el río por los cuer... no, he saltado el río por los pelos. No, he saltado el río por las piedras. ¡Eso! Y ya en la otra orilla, todavía con la sonrisa en la boca porque iba a llegar al Ice Lake, me he dispuesto raudo a seguir camino muy contento con la idea de llegar.

Un camino de cabras es mejor que este despropósito. Diversos “fuck off”s. En algunos lugares un paso en falso y te vas para abajo. Un poco de escalada de piedras y raíces que no falte. Algunos coscorrones con ramas y piedras. En uno de esos me ha parecido que me ha encogido el cuello un poco, como a Fernando Alonso. Me he acordado de los capones de Miguel Ángel en el cole, que te restaban un año de crecimiento. Ha habido diversas colisiones de diversas partes de mi cuerpo contra diversos elementos, pero en un momento he salido del bosque y he topado con esas piedras alpinas agrupadas que me dirigían a orillas del Butler hacia un circo de montañas bajo el que tenía que estar la laguna. La última excursión a la Laguna de Cebollera fue con Javi y Pepo. Refugios son Pepo. Siempre espero que haya un patxarán en los refugios, pero los cazadores de aquí no entienden. Javi son Piedras, rocas y montañas. Mi primer compañero de escalada. Y al borde del circo de piedras, con esas mastodónticas paredes de más de mil metro de altura, con el lago abrazado por y bajo ellas, efectivamente, me he tumbado a echarme la siesta despuś de tomar las fotos que dejan mudas mis palabras.

Esta noche estoy de vuelta en Lower Butler, en Butler Junction Hut de nuevo, escribiendo las memorias de una de las aventuras que por haber tenido una primera parte y una secuela, quedará en mi memoria y en el papelcomo uno de los lugares más bellos que he visitado. No será la última vez que me vean por aquí. Lo prometo.

A Daphne, porque mi cambio está en mi primavera.

22 de Septiembre de 2015

Un buen editor siempe dejaría para el final esta foto, pero si no la pongo la primera, no queda como principal en la página del blog. El Ice Lake, que tanto he buscado.
Reynolds Beach, de camino a Junction Butler Hut

Restos de refugiados anteriores. Atención a las revistas

Baraja de Ron Kraken. ¡Hasta dónde han llegado los colegas!

Portavelas con una lata de judías

He tratado, sin éxito, de busar el nombe de esta planta que, al cruza la línea de boque, de repente todo lo puebla en el paisaje más alpino y rocoso.

Una lagunita previa al Ice Lake, que era un adelanto de su poderío



Ice Lake



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