lunes, 15 de febrero de 2016

French Ridge Hut . Outerdeck Pass (o casi)

De las últimas aventuras más allá de la resaca post-navideña nadie tiene noticias más que unos pocos, pero la verdad es que ha sido un no parar. En realidad es la lluvia que nos mojó las cocorotas la que no dejó un poco lastrados después de las Navidades,y de ahí la resaca sentimental, que los días grises, aunque yo diga que no, si que me dejan alicaído y malherido.

El Sol salió de nuevo hace tres semanas y no se ha vuelto a marchar más que para irse a dormir. Y cuando se va a dormir la luna deja un destello plateado que nos hace olvidar al sol, aullamos juntos a ella, y nos bebemos alguna cervecita para celebrar esa otra parte del día que se llama noche.

Fue después de toda esa amalgama de tormentas, vientos, tempestades y demás aguaceros caídos de arriba hacia abajo cuando me di cuenta de que el Sol nos hace más felices y de que las aventuras tenían que seguir su curso. De esto hace dos semanas ya, que emprendí con mi amiga Emma, a eso de las cuatro y pico de la tarde, el camino hacia el Valle del Matukituki. Aparcamos el coche y comenzamos camino con la intención de lanzarnos lo más largo posible hacia la aventura, hasta que los ojos nos dejasen intuir poco más que nuestras siluetas, y ahí acampar. Porque nuestra meta era el refugio French Ridge, pero no sería posible en esa tarde en la que los dos salimos de trabajar y nos fuimos director para allá.

Salimos por la verja, metimos primera, luego segunda, y luego seguimos hasta que ya no pudimos cambiar más de marchas. Pasadas cuatro horas, y con más hambre que falta de visibilidad acampamos a orillas del río Matukituki, rodeados desde el primer minuto por malditas “sandflies” que nos comieron vivos. A la mañana siguiente no había narices a abrir la cremallera, porque al otro lado de la mosquitera podíamos ver cientos de bichitos preparados para desayunar. Con coraje y alguna palabrota en diversos idiomas nos salimos con la nuestra, empaquetamos, y nos fuimos hacia el French Ridge. Aquí empezaba la parte de camino que no era más camino si no una escalada constante de raíces, alguna cuerda, rocas y terreno escabroso que no nos mantenía si no en alerta todo el rato. Unas dos horas de camino en el bosque que no se hicieron tan largas si no por el sudor que manaba en diversas direcciones, poros y tonalidades.

Yo salí de la tienda un poco antes, porque tenía una misión. Emma llegaría más tarde y me esperaría en el refugio. Para cuando yo ya había comido y tenía todo preparado Emma llegaba al refugio. Nos dimos un abrazo, y yo me encaramé cuesta arriba hacia el Quarterdeck Pass. En cierto momento empezaba una rampa de nieve poco a poco se convertiría en una explanada de hielo. Con botas y crampones no hubo ningún tipo de problema en el acercamiento. Mi misión era llegar a lo alto del Paso Quarterdeck y después enfilar al Norte unos 300m metros para subir al French Peak. Aquello se fue haciendo más empinado, y empecé a necesitar mis piolets. Escalando una cascada congelada, no vertical, pero con ayuda de los piolets, fue ascendiendo hasta que un grieta me impidió el paso. Tuve que dar media vuelta y probar por otro sitio. Ese era el sitio. Ahora todo funcionaba. Todo iba de maravilla y todo iba a funcionar ahora. En vez de ir recto hacia arriba iba en diagonal, porque todo era muy empinado y estaba buscando el final de una grieta que me impedía el paso. Una grieta de hielo azul de esas de los documentales. Y cuanto más enfilaba de izquierda a derecha, más empinado se ponía aquello. Por supuesto que tenía que utilizar los crampones, pero en un momento tuve que clavar los piolets a estilo palos de andar. Y un ratito después el empinado terreno requería andar de lado, clavando los dos picos de los crampones de frente en el hielo, y clavando los piolets fuerte en el hielo de uno en uno. Y recordaba la voz de Henrrich Harrer diciendo “siempre tres puntos de apoyo y uno buscando el nuevo.

Salvo aquella aventura en el Toubkal, en Marruecos, justo antes de irme de Madrid, no he tenido más ocasión de probar y utilizar unos crampones y unos piolets. Y, verdaderamente, en aquel Toubkal que nunca pudo ser y que quedó grabado en mi agenda, ni siquiera tuve que hacer pleno uso de ellos. Era más una basta extensión de nieve. Pero aquí sí; aquí era puro hielo. Aquí la necedad de subir solo se equilibraba, como mi peso en mis pies, con la adrenalina de subir al Quarterdeck Pass y de ver cara a cara Mt Aspiring. Creo que arriesgué lo justo, hasta que esa grieta decidió no menguar si no abrirse y crecer y crecer. Con los crampones bien clavados, con los piolets en el borde y bien asegurado con mi confianza, asomé un poco la cabeza más allá del borde y vi. Vi el azul del hielo de los documentales que había visto antes en las grietas de más abajo. Vi el interminable cañón de hielo desfilando 600 ó 700m hacia mi izquierda, con nada más que azul y un final sin final de color negro. Joe Simpson en mi cabeza. Este era mi límite. Nada más allá sería seguro. Ya había arriesgado, no demasiado. Nunca demasiado, si no lo suficiente para poder descender seguro, porque lo peor siempre está en el descenso.

El camino de vuelta fue más sencillo de lo esperado, y a mi llegada al refugio estaba pletórico, aunque no estaba situando demasiado bien la hazaña. No había podido llegar al paso, no había podido llegar Mt. French, pero el simple hecho de haber escalado en hielo me hacía feliz. Una noche en la tienda de campaña rodeado de Keas alborotando el personal y alborotando mis botas, que se las llevaron y les incidieron unos cuantos bocados. Sí, mis botas nuevas de alpinismo. Ya están cosidas y arregladas.


La vida sigue en las montañas, en las paredes de escalada, en los macutos de la gente y en el riachuelo que pasa por mi casa. Las cervecitas siguen corriendo en la barra del bar, y la música sigue formando parte de la vida diaria. El invierno tiene todavía bastante tiempo para terminar su viaje hasta Nueva Zelanda; hasta Wanaka, pero algo me ronda la cabeza…

Desde Pearl Flat, así se ve la ruta, subiendo por el bosque hasta llegar al final de la línea de árboles, donde hay una hora más de camino hasta la cima donde está el refugio. Desde allí, el camino a la aventura del Overdeck Pass sobre el hielo. Muy tarde en verano para tanto hielo y poca nieve que cubra sus grietas. Otra vez será

French Ridge Hut

Un camino de leyenda con un precipicio de impresión

A la izquierda, Mt French. Enfrente, un camino por recorrer hasta el Outerdeck Pass

Un compañero de viaje en la lejanía

Kea

Nuestra tienda y una oleada de nubes que vienen a acostarse con nosotros


Un váter con vistas

Emma

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