Después de una
bonita cirugía a mi portátil, que no es excusa para la tardanza en
volver a poner al día algunos relatos, vuelvo con una pequeña
entrega de los últimos tiempos. Y es que las últimas semanas por
aquí han sido de un no parar estrepitoso de esto que miras para
atrás y dices “vaya tela, la de kilómetros que he andado y el
tiempo que ha pasado, y yo aquí y los otros allá, y todo lo que ha
acontece, como decía Jack”.
Y es que la última
batalla es que me subí a un helicóptero, y de esa ya casi que ni me
acuerdo, porque desde entonces ha habido pateos, bebercios, viajes en
coche, despedidas y acogidas de todos los tipos. Y es cuando, sin
darte cuenta, las semanas pasan de dos en dos en vez de de una en
una, llenas de cositas en las estanterías de tu vida, y ni te has
enterado. Solamente miras hacia atrás y todos los huecos están
llenos de buenas historias.
Y resulta que un día
te sientas delante del ordenador a tratar de contarlo todo y resulta
que no tienes nada que escribir, porque tu vida está llena de
emociones que se suceden unas a otras como si tal cosa, como si nada
pasase, y como si fuera lo más normal del mundo. Y hay que sentarse
a escribir para dase cuenta de que no todo son pamplinas y de que
esto no es un paseo por el parque, si no una caminata en condiciones.
Y es que vamos muy
bien, increiblemente bien, de maravilla, mirando atrás y temblando
de la adrenalina y el placer.
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